sábado, 19 de junio de 2010

Quién lo iba a decir...

Allí sentado, en aquella sala de espera de maternidad, me sentía el hombre más desafortunado del mundo. Mi cara compungida debía contrastar bastante con la cara de expectación y emoción que brillaba en el rostro de los presentes. Desde luego, no había elegido el mejor día para contarle mis penas a Pablo. Me acababa de dejar mi novia y él iba a ser padre. Tenía la sensación de que no pintaba nada allí, pero había insistido en que lo acompañara. Siempre tenía tiempo para mí. Se lo agradecí enormemente. Era mi mejor amigo, y yo necesitaba el desahogo que supone sentirse escuchado. Y allí estaba él, en el momento más importante de su vida, aguantando mis lamentos. 

Era la segunda novia que me dejaba en dos años. Lo cierto es que esta vez había dolido más. Estaba completamente colado por sus huesos. Me preguntaba qué parte de mi relación con ella no había terminado de funcionar. En el justo momento en que había decidido poner un nuevo aliciente a nuestra vida en común proponiéndole matrimonio, un simple “creo que no te quiero lo suficiente” había acabado con año y medio de ilusiones y proyectos. Sabía que lo superaría antes o después, como la vez anterior, pero en ese momento necesitaba sumergirme en mi propio sufrimiento.

Levanté los ojos y contemplé en silencio a las personas que tenía alrededor. Absorto en mi propia frustración, no me había dado cuenta de que la familia de Pablo había ido llegando a la sala poco a poco. Eran caras familiares la mayoría; Pablo y yo nos conocíamos desde que éramos niños. Estaban sus padres y su hermana mayor, de la que había estado secretamente enamorado en mi adolescencia, y que ahora estaba felizmente casada con un senegalés de dos metros de altura. Aún recordaba la que se había formado en su casa el día que apareció de su viaje por África con Satú, dispuesta a empezar una nueva vida con él. Por suerte para todos la cosa había terminado bien. 

La mujer de Pablo estaba ya en el paritorio. Su hijo iba ser un niño precioso. Imposible que no fuera así, teniendo en cuenta la belleza de su madre. Lo envidié cuando empezó a salir con ella en nuestro último curso en la universidad. Todos los chicos nos moríamos por aquella chica de pelo rubio y enormes ojos azules. Siempre había sido un tipo con suerte.

En medio de mis recuerdos, apareció la matrona informando de que todo había ido bien. Entre sus brazos llevaba un arrullo con el que cubría al bebé. Pablo se levantó de un salto y se dirigió a su hijo con una enorme sonrisa. Cuál fue nuestra sorpresa cuando la enfermera desvió sus pasos y, con gran diligencia, colocó al recién nacido en los brazos de Satú. En ese momento la mantita se abrió para dejar a la vista al negrito más hermoso y saludable que jamás había visto. Nunca olvidaré la cara de estupor de mi amigo.

Un tranvía para Ana

Mi primer relato. Mi primer desafío en las rondas de Travesía Literaria. De todos los continentes en sorteo, me tocó Norteamérica. Estado escogido: California. Y la premisa para empezar esta aventura: describir este lugar desde los ojos de un recién llegado.











From: Claire Petterson 
Sent: Sunday, 12 de septiembre de 2010 9:43:25
To: a.s.uca@gmail.com

“Hola, Ana:
Finalmente, la Universidad te enviará los pasajes en unos días. Insisto en que te quedes con nosotros el tiempo que desees. Estaremos encantados de alojarte en Sausalito hasta que encuentres casa. Matt estará de vacaciones cuando llegues, y estoy segura de que será un buen guía.
No puedes imaginar las ganas que tengo de continuar juntas con este proyecto. Nos vemos la próxima semana.
Un abrazo.
Claire”




En ocasiones el destino te coloca en lugares que no esperas. Por un tiempo, te atreves a pensar que eres tú quien elige donde llevar tus emociones o quizás donde huir de ellas. Pero la realidad es, que cuando sientes que necesitas escapar de tu vida, surge una salida, un camino que se ha ido dibujando poco a poco. Sabes dónde está el punto de partida, pero ignoras si existe un retorno.
Miré el reloj. Eran las ocho de la mañana y el aeropuerto internacional de San Francisco estaba abarrotado. Tuve la sensación de que todo el mundo sabía hacia dónde ir, excepto yo. Las trece horas de vuelo me habían dejado las piernas entumecidas, la coleta despeinada, y la cabeza dando vueltas. Ajusté las manecillas del reloj al nuevo huso horario con la secreta esperanza de que mi mente convenciera a mi cuerpo de que el agujero en el tiempo no había sido real. 
Imaginé que sería el hijo de Claire quien vendría a buscarme a petición de su madre. Lo único que sabía de él era que había terminado recientemente el doctorado en arquitectura en la Universidad de Berkeley y que volvería a Los Ángeles en un par de semanas. A juzgar por las veces que su madre lo había mencionado en sus correos, debía sentirse inmensamente orgullosa de él. Sentí una punzada de dolor en el pecho; mi pensamiento había vuelto a Cádiz, a Juan, a la indiferente expresión de su rostro cuando le dije que me marchaba. Él no se había sentido orgulloso de mí. En absoluto.
En un intento de apartar la tristeza, me rehice el peinado anudando mis rizos de nuevo y, tomando aire, avancé a paso ligero hacia la salida. A pocos metros, un chico alto de pelo castaño y cara expectante sostenía un papel blanco con mi nombre en grandes letras.

—¡Vamos! ¡Sujétate fuerte! —Matt me cogió la mano con fuerza y tiró de mí hacia el interior del tranvía.
—Por los pelos. —Resoplé, todavía jadeando, por la corta pero agotadora carrera. —No termino de cogerle el truco a esto —me quejé—. ¿No podríamos esperar en la parada como el resto del mundo?
Él comenzó a reír al ver mi cara de circunstancias. 
—¡Pero, Ana! ¡Entonces perdería todo el encanto! ¿No crees? Prometí llevarte de aventura, y bueno… ―dijo, guiñando un ojo—, digamos que no hay aventura sin emociones —y con una amplia sonrisa añadió—: Sé buena y agárrate bien al estribo. No quisiera tener que bajar a buscarte; la cuesta es demasiado pronunciada. 

El tranvía iba atestado de turistas, como las veces anteriores. Era evidente que la ciudad había rendido su transporte más pintoresco a los visitantes. Me abracé a la agarradera exterior del vehículo. Llevaba medio cuerpo fuera. Me gustaba ir así. Podía sentir el aire fresco en la cara y disfrutar del olor a pan Sourdough recién hecho que impregnaba el centro de San Francisco. Escuchar el tintineo de la campanilla, para avisar a los viandantes de su proximidad, y el incesante traqueteo que acompañaba todo su trayecto, me hacía volver a otra época en aquel mismo lugar. Miré a Matt. Parecía un turista más disfrutando del paseo. Observé sus rizos castaños y su tez morena. No se parecía físicamente a sus padres. Sospeché de algún antecedente familiar misterioso. Eso, o la genética había  jugado al despiste con él. 

Azahar

     









Tu esencia permanece en mí y 
se desliza por cada poro de mi piel,
embriagando mis sentidos.
Abrazas mi silueta con cadencia silenciosa
y te haces más yo que mi ser mismo.
Es amor rezumando aroma de azahar,
abriendo sus pétalos a tu mirada;
es mi corazón de nácar
rendido al roce de tus manos…
Despliego las alas 
y entrego mi vida en este vuelo,
para llegar a tus pies 
y ofrecerte mi último aliento.
Respírame, amor… esta es mi alma… mi naturaleza.
Despierto al día tras el ensueño
con aire fresco de naranjas en los labios,
abro los ojos, ya no duermo.
Inspiro. La vida fluye.

Reconciliación

 Tu mirada en un 
segundo prolongado
de preguntas sin respuesta.
El alma esquiva 
y la palabra muda,
que vuelve gris 
este juego azulado.
Míranos: uno libre; 

otro, atrapado.
La presencia dulce 
de tu voz perdida;
el hallazgo hambriento 
de mi piel fundida.
Calla la verdad.
Grita la herida.
Se dispersan los deseos
en la yema de tus dedos…
más te miro… más me miras…
Quiebra el tallo 

y haz néctar la savia 
de esta rama erguida,
borracha de amor y de caricias.
Tu mirada en un segundo 
prolongado de susurros 
enredados en mi pelo.
Calla el mundo.
Grita el fuego 
de tus labios llenos.