lunes, 24 de diciembre de 2012

Mi nombre es Gabriel

 
He ejercido muchas profesiones a lo largo de mi vida. Fui pastor en la región de Galilea, cultivé tierras a las faldas del monte Tabor, y recorrí el sur de Israel poniendo mis manos y mi trabajo al servicio de quienes lo necesitaban. Parece que esta vida agradó a mi último jefe y, cuando en mi aliento final temí por mi alma, Él me dio unas alas y la eternidad. A cambio, sólo debía acompañarlo en una importante misión.

Pensó que alguien con mis cualidades sería un buen candidato para anunciar buenas nuevas. Al principio supe desenvolverme con soltura en las tareas encomendadas. Mas, poco después, fue obvio que me había sobrevalorado. Pero es que nadie me advirtió del riesgo al que me exponía. No supe del verdadero peso de mis alas, hasta que María me sonrió.

Eso me costó el puesto de trabajo. He de reconocer que aquel percance me abrió nuevos horizontes: me asocié con un tipo extremadamente listo y, de unos siglos a esta parte, soy el responsable del departamento de recursos humanos. Mi nuevo puesto supuso un leve cambio de imagen: un oscurecimiento progresivo de mis alas y, cómo no, convertirme en una deseable tentación para la predecible debilidad humana. 



Inspirada en la frase de El Cuentacuentos: "He ejercido muchas profesiones en mi vida."

lunes, 10 de septiembre de 2012

Tiempo detenido


Lorea espera, como cada día, sentada sobre las rocas. Los dedos de sus pies apenas rozan la superficie del agua,  dejando suaves ondas concéntricas que se expanden hasta desaparecer. El tiempo se detiene en ese lugar; por eso no le pesan los minutos ni las horas transcurridas junto al mar. Sabe que, más adelante, él regresará. Solo al ocaso, las alas de Lorea apagan su luz y ella se vuelve casi terrenal.

Es en ese breve instante cuando siente con más fuerza la ausencia de su viejo amigo. Añora las intensas conversaciones llenas de preguntas.  Los eternos silencios,  pacientes, sin respuestas, sentados en la cima del mundo. Ella mira al fondo del océano intentando leer en su azul y, a veces, adivina sobre las olas escenas de su vida, y lo siente feliz. La naturaleza libre del Calamarada se sumergió plácida en las rutinas del mar; derrochando  su cálido encanto sobre los seres marinos que, atrapados en su magia, conviven en perfecta sincronía.  

Adormecida en un sueño mortal, permanece su posada abisal,  y en ese mundo  él entrega cada jirón de su piel. Aprende a nadar en un mar en calma,  mientras Lorea  aún se agita con las mareas, sin atreverse a sumergirse en su busca. Los seres del aire temen empaparse más allá de la cintura por miedo a dejar de volar. Quizás él lo recuerde, y extrañe, por un segundo, respirar de nuevo junto a ella. Lorea sonríe; presiente que hoy el chapoteo de sus pies desnudos conseguirá alcanzarlo, donde quiera que esté.


sábado, 18 de agosto de 2012

El ladrón de besos


Había una vez un ladrón que tenía la habilidad de robar, de los tiernos labios de las doncellas despistadas, dulces besos prohibidos. Lo hacía una sola vez, garantizando el encanto del inesperado asalto.
Pero aquel día, deslumbrado por la belleza de una joven, cometió el error de repetir su osadía. Cuál fue su sorpresa al saberse asaltado. En el breve instante de un suspiro, le robaron el corazón.

lunes, 13 de agosto de 2012

La sopa boba


El hambre lo devoró todo; ni siquiera quedaron las buenas ideas. Cuando volvió la bonanza, nadie sabía alimentarse. Unos murieron de indigestión; otros, al borde de la inanición, siguen flotando en medio de la  sopa, esperando que alguien les dé una cuchara.

lunes, 6 de agosto de 2012

Las pequeñas cosas


              Nadie repara en los detalles que convierten a las personas que queremos en una necesidad cotidiana. Nos damos cuenta de ello cuando un día, sin esperarlo, desaparecen de nuestro lado.
Eso pensaba Sofía, sentada en la cama de su hermano, sin dejar de apretar en la mano el capuchón del boli que Miguel mordisqueaba sin parar cuando hacía las tareas.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Perspectivas


Miguel hizo girar el globo terráqueo, y con su dedito lo frenó en seco. El mundo no era demasiado grande. Encontrarían  a mamá. Su padre, encerrado en su propio universo, sentía que ante él se abría un abismo infinito.

martes, 24 de julio de 2012

El origen del ego masculino

Afrodita llevó al joven mortal hasta su lecho, donde solía devorar la voluntad de los hombres, y se inundó de placeres jamás probados. Al despertar, lejos de encontrarlo a su lado, halló un pergamino con una oda a sus encantos y un escueto "ya te llamaré".

jueves, 19 de julio de 2012

La cruda realidad

Hoy mi hija y yo saldremos a tomarnos una copa, juntas, por ahí. Eso me hace sentir joven y moderna, y me eleva el ego. Iremos a la inauguración  de un bar "retro" en el centro.
—Mamá, ¿eso qué es? 
—¡Un tocadiscos, hija!  
—¿Un toca qué?
—(¡ Mierda!)

domingo, 15 de julio de 2012

Baile de páginas

—¡Rebanadle  el pescuezo! —gritó Garfio a la pobre Alicia. La chica se giró sorprendida al comprobar que la reina de corazones había desaparecido y que, en su lugar, había un pirata mal encarado. 
Mientras, Peter no lograba comprender por qué Su Majestad estaba empeñada en hacer rodar su cabeza. Pese a todo, Daniel terminó de colocar las hojas que se habían desprendido de su libro de cuentos. 
Obviamente, todas las decapitaciones le parecían iguales.

viernes, 13 de julio de 2012

La renuncia de Gabriel

Necesitaba sentir el tacto de su piel, mil veces acariciada con el pensamiento, y supo que no resistiría aquella agonía.
—Quiero ser libre —suplicó. Solo el sabor de su boca y de su cuerpo alivió el dolor de las heridas sufridas cuando le arrancaron las alas.

jueves, 12 de julio de 2012

Vocación


           
La noche más oscura, cuando el dolor y el miedo lo llenaban todo, el diablo le ofreció la salvación a cambio de su alma.
—Llegas tarde —respondió el mortal—, ya no me pertenece.
El hombre regresó al hospital de campaña del campo de refugiados.
Mientras, un jeep se alejaba hacia el helipuerto.

martes, 10 de julio de 2012

Phyllobates terribilis

Cuenta la leyenda que ni el más feroz de los ejércitos indígenas pudo detenerlo. Aquel dios blanco arrasó cientos de poblados a orillas del Amazonas. Solo un pequeño ser dorado logró vencerle usando las mismas armas que una mujer: su hechizante belleza y el veneno de su piel.


domingo, 8 de julio de 2012

La geografía de Mirabeau

—¿Dices quererme y no puedes vivir conmigo por mi ideología?
—Nuestros  pensamientos caminan en direcciones opuestas.
—Pero el amor nos mantendrá unidos.
—No si nos une espalda con espalda. Entonces habremos de recorrer todo el planeta para llegar a encontrarnos.


lunes, 2 de julio de 2012

No quiero ser infiel

Venció durante días  la tentación de sus labios rojos, el cruel castigo de su generoso escote y la sensual invitación de su corta falda. Pero cuando ella echó la llave del despacho y dejó caer su agenda, lo aceptó resignado. ¿Quién puede luchar contra las estadísticas?


miércoles, 27 de junio de 2012

Rutina

Encontró a su hermosa ninfa flotando sobre las tranquilas aguas del lago. La amó, y le prometió amor eterno. Una "eternidad" después,  una rana  dormita sobre un nenúfar.


lunes, 4 de junio de 2012

Dieta desequilibrada









Llegó al poder queriendo comerse el mundo. Sació su apetito con todos los placeres inventados. Se alimentó del desaliento ajeno. Al final le falló un órgano vital: su corazón murió de inanición.


miércoles, 30 de mayo de 2012

Matemática aplicada








Cinco encuentros,  cuatro copas, tres besos, dos palabras y un clímax. Entonces los planetas se alinearon en ecuación perfecta,  y él se convirtió en el centro de su universo.
Una promesa, dos anillos, tres hermanos mayores, cuatro  meses juntos y cinco comidas familiares. Entonces él supo que acabaría dejándola. 
Para que luego digan que la vida no es una ciencia exacta.

lunes, 21 de mayo de 2012

Sádica redención


Cuando veo a las doncellas morder con deleite mis manzanas, mis raíces se estremecen de placer. Grabados en mi corteza persisten el olor de la sangre tibia y el calor del último aliento. Muchas vidas habré de renacer aún para olvidar el insaciable apetito de quien fui.

lunes, 14 de mayo de 2012

Inocencia




Adormilado aún, adivinó la silueta de su padre junto a la cama y, estupefacto, lo descubrió rebuscando bajo su almohada. Menudo chasco. ¿Cómo iba a explicarle ahora al ratoncito Pérez que papá era un ladrón de dientes?

sábado, 21 de abril de 2012

Tal vez



Los ojos cerrados.
Calima de mayo. 
Me añoras. 
¿Cuánto?
Los ojos abiertos.
No ves frente a ti. Más lejos.
Atrás la desidia. Rutina. 
Delante. El pulso en la sien.
La sed delirante. 
Aún no. 
Mantienes la sonrisa.
En tu paz sosegada.
Tibia. Entregada.
Resistes visita obligada. 
Libertad en mi piel. 
En tu piel, telarañas.
Sin ti no existo.
En tu imaginación tatuada.
Si real, me sueñas.
Espera. Aún no.
Quiero tu mente agitada.
De mis palabras. Nostalgia.
La impaciencia desbocada.
Enfermo de mí.
De tus ganas.
Incierto amante.
Certeras alas.
Si punzada, cercana. 
El pensamiento agota.
Tu calma. Tu alma.
Entonces, puede.
Los ojos cerrados.
Calor de Triana.
Me añoras.
¿Cuánto?

miércoles, 28 de marzo de 2012

Cuenta la leyenda...




Venus aguardaba impaciente en aquella estancia con olor a madera vieja. La luz de la tarde apenas entraba por las ventanas circulares que rodeaban la torre, proyectando las sombras de los extraños artilugios que se amontonaban  por doquier. El joven inventor, aún temblando por la visión de aquella diosa de infinita hermosura, trataba de mantener  la mente ocupada rebuscando dentro de un enorme baúl, temiendo dirigir de nuevo la mirada en su dirección y sucumbir al deseo de sus terrenales instintos. Ella, sabedora de la turbación que ocasionaba su presencia en el débil espíritu de los mortales, instó al hombre a agilizar su búsqueda y entregar su encargo.

Miró a su adorado hijo, Cupido, que parecía aún más ansioso que ella misma por recibir su regalo. Cada vez le resultaba más difícil tenerlo atado a los encantos del Olimpo, y deseaba encontrar la manera de controlar mejor sus dones, como siempre había hecho. En medio de la eternidad, se le antojaba insuficiente el resultado que las flechas de su arco, que ella le había regalado, estaban teniendo sobre sus caprichos particulares. Bastaba su ruego de madre para que el joven Cupido lanzara sus flechas con punta de oro sobre los mortales que ella elegía. Disfrutaba viéndolos rendir su alma sin remisión mientras sus amadas recibían del diestro arquero la flecha con punta de plomo impregnada de olvido. Aquel obsequio encerraba, por encima de la complacencia del hijo de Marte, una necesidad aún mayor de sentirse poderosa.

Allí estaba al fin el objeto ansiado: una impresionante ballesta de oro preparada para cargar dos flechas a la vez. Dispuesta a vencer su lánguida existencia, ideaba tornar el enamoramiento platónico de sus entregados pretendientes  en un amor tan intenso que hiciera de ellos perpetuos esclavos de su pasión. Dos flechas de oro para un mismo mortal. Venus evolucionaba hacia una deidad devoradora.

Cupido, en su adolescente agitación, acertaba a ver en aquel  novedoso ingenio la solución al dilema que le planteaba su cometido en el noble arte de amor: cuando el ingrato destino decidía, en el lapsus de tiempo en el que volvía a cargar su arco,  que fuera el humano equivocado el que se cruzara delante de la mirada embriagada de su víctima.  Ahora un solo disparo bastaría para alcanzar dos incautos a un tiempo, que, al mirarse, ardieran en el mutuo deseo.

Ignoraba la intención escondida de su madre hasta que sus pensamientos se encontraron en medio de aquella habitación. El hermoso dios alado, condescendiente, tomó el arma entre sus manos y la cargó con dos de sus flechas, corrigiendo su trayectoria. El obsequio bien merecía ceder al capricho de su progenitora. Apuntó hacia el genial creador de aquel invento, que apenas tuvo tiempo de intuir el dulce ataque. Un certero disparo, y las dos saetas atravesaron su pecho para luego evaporarse en la nada. El instante del disparo fue suficiente. Ambos se habían dado cuenta del error. Una de las puntas era de plomo. Demasiado tarde. Cupido, temiendo la ira de su madre por su torpeza, desplegó sus alas y abandonó el lugar llevando la ballesta consigo.
           
Venus permanecía inmóvil, en medio de la estancia, preguntándose qué efectos ocasionarían la mezcla de ambas naturalezas en su cuerpo y en su voluntad. La manera en que él empezaba a mirarla la hacían intuir que la fuerza del amor vencería al olvido y la ingratitud que acompañaban el oscuro metal.

          Así fue como  la diosa de la belleza llevó al joven mortal hasta su lecho y  se dejó inundar de nuevas pasiones y placeres terrenales que la hicieron sucumbir al fuego de aquel humano.  Y así fue como el deleite del despertar la llevó hasta la mayor sorpresa de su existencia. Lejos de encontrarle aún junto a ella, solo halló un pergamino escrito. Una oda a sus encantos, y la débil promesa de regresar pronto a su lado.

La humanidad no tardaría en descubrir las consecuencias del descuido de Cupido: el comienzo de una nueva era.



Para El Cuentacuentos:  "Una habitación, tres personas y un disparo."

lunes, 19 de marzo de 2012

El jardín de las delicias

 

     —No estoy en peligro. Yo soy el peligro. La inmortalidad no me vencerá, porque los hombres necesitáis más de mí  que de la propia vida. Sé de quienes vendrán en mi busca para sentir el vértigo del miedo. En él hallarán el placer de tentarme y jugar conmigo al juego más difícil. Pobres ingenuos. Verán mi rostro de soslayo, y hablarán a otros de cómo el valor aguzaba sus sentidos y oprimía sus pulmones en extraño regocijo. Ignorarán, en su osadía, que yo nunca los elegía como compañeros. Los escogidos aguardarán mi sombra en la distancia. La espera calma y silenciosa de aquellos que me nombren en un susurro. Ellos me reconocerán, y yo abrazaré sus almas como justa propietaria. Pero habrá de ser el mayor de mis disfrutes el rostro pálido y demudado de los inquietos mortales que, sin intuir siquiera mi presencia, me descubran en la penumbra de un instante trágico.

      Alejandro se arrodilló junto al manantial y vació el recipiente con el elixir de la vida, que instantes antes había llenado. Lo contempló durante unos segundos, perdido en la transparencia del líquido mágico. Volvió a mirar a la joven que, sentada sobre la hierba, había pronunciado aquellas palabras. Pensó que jamás había visto una mujer tan hermosa y, casi al instante, quedó hipnotizado por la dulce sonrisa que dibujaba su rostro.
Sintió que su voluntad se alejaba de sus pensamientos y, en cada inspiración, el alma se le escapaba en dirección al dulce ser que seguía mirándolo en silencio. Necio y confiado, había olvidado cerrar sus oídos al mantra de aquella voz, tal y como le advirtieron los sabios. Subió de nuevo a su montura y se alejó despacio de aquel lugar sagrado, mientras su memoria olvidaba cada uno de los pasos desandados. En su mente solo quedaba congelado el deseo indeleble de volver a encontrarse con aquella extraña y sucumbir a un destino que ya habían dibujado las estrellas.

     La Muerte sonrió de nuevo al ver alejarse al incauto caballero.



De la frase de El Cuentacuentos: "No estoy en peligro. Yo soy el peligro."

martes, 13 de marzo de 2012

Chandrika

      



    Empujo con cuidado la puerta de cristales cerrándola tras de mí, y en seguida percibo cómo la húmeda atmósfera empapa suavemente mi piel oscura. Me adentro con paso firme por el pasillo central dejando, a cada lado, largas hileras de macetas cargadas de flores y plantas. Este domingo de junio el invernadero está especialmente luminoso y lleno de vida.
Siempre que entro en este lugar encantado, siento que me falta un poco el aire y tardo unos minutos en acostumbrarme a un clima tan diferente al que hay en el exterior. Podría ir con los ojos cerrados  hasta donde crece la vegetación más salvaje. En este lugar no necesito orientarme, no se ve bien más que con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos. 
Allí está lo que busco. Mi árbol de la canela. Un vínculo que me une de manera casi sobrehumana con mi pasado. El único recuerdo que trajeron mis padres cuando fueron a buscarme a Sri Lanka, veinte años atrás. Paso mis dedos sobre las verdes hojas de este árbol que ahora se eleva más de cuatro metros sobre mi cabeza y, como un ritual,  deslizo mi mano por su tronco para sujetarlo firmemente durante unos segundos; como si este simple gesto me atara a una identidad que me niego a olvidar: la isla que me vio nacer, el mundo de mis orígenes, retales de una historia que apenas ocupan un pequeño espacio en mi memoria, pero cuyos olores y sabores han quedado impregnando mis sentidos de manera indeleble. 
Jamás arrebataría de sus tallos el tesoro más valioso, condenando a muerte un bien tan preciado. Sé que no habré de hacerlo nunca. Mamá, como cada domingo, se encargará de proteger los recuerdos de mi niñez preparándome deliciosas tortas de canela horneadas con amor, mientras yo, como siempre, jugaré sobre la mesa de la cocina a desmenuzar con mis dedos, de manera instintiva, las delicadas capas de sabiduría que abrazan mi adorada especia.



Para El Cuentacuentos: "Una frase de cine  (Para ti que te paseas por mi jardín).”

lunes, 27 de febrero de 2012

Al descubierto

   

      Queríamos ser libres. Alzar el vuelo para no sentir que nuestros pies estaban demasiado anclados a tierra. Hallamos un lugar para narrar historias de mundos inventados, de risas, de juegos, de manos enlazadas. Y así, nadábamos en el silencio de los deseos, creando un universo paralelo que ensanchábamos a nuestro antojo, cuando el nuestro era demasiado pequeño.
Tiraste de mí hacia el cielo, para que mis alas se desplegaran por primera vez, y tú dejaste atrás tu mar, para escribir nuevas aventuras en tu cuaderno de batalla. Nada era comparable a esos instantes de cordura. Donde éramos quienes somos. Donde un leve roce quebraba en dos la sensatez y despertaba el ingenio. Allí estaba nuestra libertad. Viva, ardiente, audaz.
      No calculé que, al cruzar el umbral de una mirada y sellar el destino con un beso, volvería a quedarme atrapada de nuevo. Queríamos ser libres y, ahora que el tiempo se detiene, estoy a punto de dejarte caer de nuevo sobre las olas, para devolverte tus sueños imposibles.



De la frase de El Cuentacuentos: "Queríamos ser libres."

martes, 14 de febrero de 2012

Cuenta atrás

   




      



      Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma. Te había esperado durante toda la vida. Ahora que había probado tus caricias, tu piel, tu sabor, no podía pensar que la tarde tuviera un final.  Consciente de lo efímero de aquel instante, te observaba dormir desde aquel ángulo de la habitación. Con las piernas cruzadas sobre la silla, dejando que el sol del atardecer calentara mi espalda, apenas podía pensar, solo sentir y presentir que la felicidad que se acomodaba con tanta facilidad en mi interior no estaría allí por mucho más tiempo.


Nunca antes había besado tus labios y, sin embargo, ya conocía tu alma. Me quedé atrapada en las palabras que me regalaron tu mundo y, en el segundo en que nuestras miradas se cruzaron, me adentraste en él para siempre. Te miraba una y otra vez, en el gesto placentero que dibujaba tu rostro. En tu sueño sereno, añoraba tu despertar, donde apenas minutos antes habías devorado el deseo, tanto tiempo guardado. Y donde la dicha te susurraba más amor, la verdad de mi universo iba rasgando mis entrañas. Nunca serías para mí. Yo nunca sería para nadie más. Allí se quedaron prendidos nuestros sueños, esperando nuestro regreso.

De la frase de El  Cuentacuentos: " Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma."

martes, 7 de febrero de 2012

Falsas señales.

     

      El globo rojo trataba de esquivar aquella multitud sobre la acera. Finalmente consiguió doblar la primera esquina y, tras él, en una inesperada carrera multicolor, le fueron siguiendo tres globos azules, dos naranjas, otro morado... Elena estaba sentada en uno de los bancos de la plaza, en la parte trasera de la catedral, y observaba sorprendida cómo aquel colorido grupo ascendía vertiginosamente en dirección al cielo. Pensó que tal vez aquello era una señal. El preámbulo de un día emocionante y feliz. No importaba si él llegaba algo tarde a la cita. Estaba segura de que aparecería.
Martín y ella tenían muchas cosas de las que hablar. Millones de palabras que habían mantenido en silencio durante los últimos dos años. Dos años compartiendo horas de oficina, proyectos interminables e infinitos cafés. Demasiado lejos de la vida real. Al menos eso pensaba ella. Hasta el día anterior. Aún no entendía cómo no se había dado cuenta de que en aquellas pequeñas confidencias, diluidas en la rutina del trabajo, había entregado algo más que su tiempo. Tal vez ese viernes la reunión estaba condenada a ser un desastre, y el agotamiento, al final del día, la arrastró hasta su sonrisa reconfortante. No había previsto, en el escaso margen de un cruce de miradas y un viaje en ascensor, que acabaría derritiéndose en su boca antes de llegar a la puerta de salida. Por eso estaba allí, a escasas horas de aquel beso, esperando que él apareciera.
      —Una cita de verdad en un contexto diferente —le había susurrado al despedirse.
      Pero ahora Elena dudaba de que él la hubiera oído. Miró el reloj para comprobar la hora. El retraso había devorado el tiempo cortés de espera, y empezaba a tragarse una a una las expectativas de la chica. Lo conocía lo bastante bien como para aceptar tamaña impuntualidad como una opción posible. Volvió a mirar hacia el azul de aquella soleada mañana, y observó que ya no quedaba ni rastro de aquellos falsos mensajeros de colores. Pensó que se habían evaporado, al igual que sus ilusiones. Entendió que aquel era el momento de regresar a casa.

      Mientras cruzaba la plaza, ensimismada en su propia decepción, no llegó a percatarse de la multitud que seguía arremolinada una calle más abajo. Tal vez, si lo hubiera hecho, hubiera podido descubrir a Martín, malherido y aún en el suelo junto a su moto, maldiciendo a aquel vendedor de globos que se había cruzado en su camino.

De la frase de El Cuentacuentos: "El globo rojo trataba de esquivar aquella multitud sobre la acera".

lunes, 30 de enero de 2012

Estigma


        







        Sobre sus pupilas había quedado flotando la imagen del fuego abrazando cada estigma. Embriagado aún por el sabor de los manjares degustados en la noche, el extranjero andalusí la vio abandonar su lecho. Contemplaba cómo el roce de su piel había teñido su propio cuerpo de aquel naranja intenso, y deseó llevar consigo el origen de su descubrimiento. Nunca olvidaría a la esclava que prendía en su pelo la flor del azafrán y el secreto de su oro rojo.

martes, 10 de enero de 2012

La mano que te empuja





Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración. Percibió un inconfundible olor a rancio que se colaba por sus fosas nasales estrechando el paso de su ya seca garganta. Por un instante, el pánico la paralizó a punto de hacerla volver sobre sus pasos; pero una inesperada descarga de adrenalina masacró inmisericorde cualquier atisbo de duda. Ignoró el vértigo inicial y, con las manos húmedas, se adentró en aquella sala de muebles viejos y polvo acumulado. Los libros se apilaban en estanterías y, sobre la mesa de escritorio, montones de papeles amenazaban con deslizarse hasta el suelo delatando la presencia de una intrusa.

Si descubrían que había entrado en aquel lugar prohibido... Le resultaba difícil orientarse allí dentro. La intensidad con la que su pulso bombeaba la sangre hacia sus sienes apenas le dejaba ver con claridad. Y aquel maldito ruido ensordecedor… Le llevó unos segundos comprobar que el sonido venía subiendo desde su pecho, llevando el latido de su corazón hasta el interior de su cerebro. Debía ser el miedo. Un miedo cerval que volvía a paralizarla. Intentó alejar por un segundo aquella sensación de ahogo que mantenía su estómago pegado al diafragma y bloqueaba sus reflejos. Lo suficiente para permitir que sus pies se movieran hacia aquella delgada carpeta gris que había localizado en una esquina de la mesa. Estaba cerca. Solo necesitaba conocer los secretos que escondía  en su interior. Un calor abrasador subía por su cuello encendiendo su rostro. Un minuto. Solo necesitaba un minuto. Quizás demasiado tiempo. El pomo de la puerta ya había empezado a girar.

Miró su reflejo en los cristales para recomponerse un poco. Nunca antes había saltado por una ventana. El instinto de supervivencia a veces te abre caminos impensables en un estado de buena salud mental. Sin daños importantes que lamentar, se dirigió hacia la parte de atrás del edificio. Allí estaba él, esperándola.

“El Tratado de Versalles y la Revolución Industrial”.

Él la besó con intensidad, premiando su osadía. Sin duda había merecido la pena. Decididamente, no sería la última vez que robara las preguntas de un examen.




De la frase de El Cuentacuentos: "Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración".