sábado, 19 de julio de 2014

Lealtad inquebrantable



Envolvió el cáliz de ónice con un paño de lino y se lo entregó, confiada, a su vasallo. Nuño jamás había fallado a su señora, y cumpliría las órdenes recibidas, entregando su vida si fuera necesario. Aquel regalo llegado de Egipto debía salir de la ciudad con prontitud. Montó sobre su cabalgadura, antes del amanecer, y salió al galope dejando atrás el monasterio de San Isidoro. Tenía que alejarse de allí y alcanzar la espesura del bosque leonés esa misma noche.
La reina, acompañada del abad, lo observaba marcharse.
—¿Estáis segura de lo que hacéis? ―preguntó él.
—Padre —respondió con firmeza—, vos sabéis, igual que yo, que no podemos permitir que ese tesoro continúe en esta cripta. Las consecuencias pueden ser terribles; por eso es necesario que permanezca escondido hasta que llegue el momento de traerlo de vuelta en condiciones seguras.
—Tenéis razón —asintió—, y sin duda habéis acertado en la elección del caballero. Solo alguien con el corazón puro podrá vencer cualquier tentación.
—¿A qué os referís? —preguntó ella, con curiosidad.
—La vida y la muerte están demasiado cerca la una de la otra cuando se trata de desafiar a la inmortalidad, Majestad.
El jinete llegó al lugar indicado poco antes de que se pusiera el sol, lo que le permitió hallar la gruta junto al manantial. Contempló el preciado encargo entre sus manos y, en un impulso irrefrenable, llenó aquel recipiente con el agua que manaba de la piedra. Estaba tan cerca de ser invencible... Entonces la vio: una hermosa doncella sentada sobre la hierba. Extrañado de su presencia en aquel paraje solitario, detuvo sus pensamientos.
—¿Estáis en peligro? —preguntó, alerta.
Ella soltó una sonora carcajada.
—Mucho me temo que sois vos el que os andáis jugando la propia existencia. Yo soy el peligro. No sabéis lo que vais a hacer. Estáis a punto de perder la oportunidad de conocerme, y después ya será tarde. Habrá quienes vengan hasta mí buscando el vértigo del miedo, y en él hallarán el placer de jugar conmigo. ¡Pobres ingenuos! Seré yo la que decida quién me acompañará en el viaje. Los escogidos aguardarán mi sombra en la distancia; será la espera silenciosa de aquellos que me nombran en un susurro. Pero no olvidéis jamás que los hombres necesitaréis de mí tanto como de la propia vida.
Nuño se arrodilló junto al manantial y miró hipnotizado el sagrado elixir contenido en el Grial. Lo contempló durante unos segundos, perdido en la transparencia del líquido mágico. Volvió la vista hacia la joven de sonrisa cautivadora que había pronunciado aquellas palabras. Nunca antes había visto una mujer tan bella. Sintió que su voluntad se alejaba de sus pensamientos y, en cada inspiración, el alma se le escapaba en dirección al dulce ser que seguía observándolo en silencio.
En su mente solo había quedado congelada la secreta promesa de volver a encontrarse con aquella desconocida. Así decidió entregarse a la noble tarea que le había sido encomendada. Derramó con decisión el agua santa a sus pies, y se adentró en la cueva para depositar allí la valiosa joya. Subió de nuevo a su montura y fue alejándose despacio a través de la arboleda mientras su memoria iba olvidando cada uno de los pasos andados.
Cuando volvió a atravesar las puertas de la muralla, ya no recordaba el lugar de donde regresaba. La reina supo así que su secreto permanecería oculto durante siglos. El abad, curtido de experiencia, acertó a vislumbrar la figura encapuchada que había seguido al caballero. La Muerte sonrió al anciano.


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