martes, 14 de octubre de 2014

De embrujos y debilidades


Yo, Ernesto Valenzuela, hombre serio y cabal por parte de padre, me dejé embaucar como un niño por una chiquilla de pueblo. Enamorado de los usos y costumbres de ciertos lugares con encanto, me aventuré a indagar en las leyendas que acontecían en los frondosos parajes de Villaperdida del Campo.
Encandilado con el peculiar entorno, me fui a topar, en medio de una vereda, con la más aburrida de las nietas de la aldea. Una jovencita de pelo bravío y torneadas curvas, sometida al castigo de un impuesto veraneo rural. Sin más entretenimiento que mi persona, andaba zascandileando todas las mañanas, observando mis movimientos, hasta que, finalmente, enterada por otros de mis intereses de cuajado erudito, me salió al paso con una historia del todo inusual.
Por boca de su abuela y lengua del diablo, me vino a relatar la extraña costumbre de las mujeres del lugar de reunirse en aquelarre las noches de luna llena junto al estanque de los juncos. Sin nada que perder, y movido por la curiosidad, me dispuse a asistir, sin invitación previa, a tal acontecimiento. Mas, después de un buen rato de espera, no vi trajín alguno por la zona indicada; tan solo un chapoteo en el agua me descubrió, bajo la claridad más indecente, el cuerpo desnudo de la muchacha, que me sonreía con absoluto descaro.
No me pregunten si fue el influjo de la luna o los calores de la noche, pero sin saber cómo, perdí la cabeza y el pudor entre los brazos de esa fiera. Allí, ni meigas, ni calderos,  ni hechizos. Me había engañado. La muy bruja.

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