domingo, 29 de marzo de 2015

La nueva Resistencia




          Una lámina delgada de metal se deslizó hacia un lado, dejando al descubierto un enorme ventanal. El anciano contempló el entramado gris que formaban las vías por donde circulaban las cápsulas escolares. Un vehículo se detuvo, y de él bajaron los escasos alumnos que acudían hasta allí para recibir sus lecciones. La gente apenas se desplazaba ya de sus casas, pues no había nada ahí fuera que no pudieran hacer a través del circuito tecnológico que gobernaba sus vidas. 
           Pero el Centro Cognitivo Conmemoración era un espacio fuera de lo común; una institución capaz de proporcionar a los niños unos conocimientos que no adquirirían en ningún otro lugar. Él escogía pupilos despiertos y receptivos, preparados para experimentar las sensaciones que la ciencia había arrancado del corazón humano. Sabedor de ser el último eslabón de una cadena que estaba a punto de romperse, había logrado encontrar, fruto de las investigaciones de media vida, la manera de devolver al mundo las emociones perdidas. Él era el creador del Sintetizador de Nostalgias, una máquina que garantizaría la permanencia de la verdadera esencia humana.
      Los estudiantes fueron recostándose en las cabinas acolchadas de la sala donde el maestro los esperaba y, cuando se hizo el silencio, este redujo al mínimo la intensidad de los leds, y salió sin hacer ruido. Se dirigió al exterior del enorme edificio del CCC, y contempló el cielo. Probablemente, la enorme bóveda azul era lo único que no había cambiado en el paisaje que se abría ante sus ojos. Ahora, todo cuanto le rodeaba era metal, vidrio e innovadoras aleaciones. Los colores se habían vuelto demasiado artificiales. Añoraba las tonalidades que la naturaleza siempre había proporcionado, pero aquello quedaba demasiado lejos, justo al otro lado de la enorme muralla que rodeaba la ciudad.
       Pensó que, tal vez, la raza humana hubiera debido permitir que aquel inmenso agujero en la capa de ozono terminara destruyéndolo todo para dar paso a otras formas de vida menos destructivas, pero era obvio que el instinto de supervivencia los habría llevado a alcanzar una solución: consiguieron desarrollar una barrera protectora para su deteriorado planeta. Ahora, el nuevo Estado era quien controlaba todos los ciclos ambientales. La euforia del momento no les permitió calcular los efectos de todo aquello. Si el hombre había estado a punto de destruir las fuentes fundamentales de la vida, ahora tendría que mantenerse alejado de ellas. 
     El mar, los ríos, los bosques y las montañas quedarían fuera del alcance de la población. Para entonces, el mundo virtual había absorbido de tal manera la atención general, que nadie miró hacia fuera ni se percató de los cambios que se estaban generando alrededor de sus espacios reales. Estaban siendo sitiados. El viejo maestro suspiró, resignado; la mayoría de su congéneres ni siquiera se había dado cuenta de ello. Con movimientos pausados regresó al interior. Se sentía especialmente cansado.
Sus alumnos le esperaban en la Sala de Recuperación Sensorial. Uno de ellos se sacudía los pies descalzos con las manos.
    ―¿Dónde estuviste hoy, Ulises? ―preguntó al chico. 
    ―En la playa, maestro. Caminar por la arena húmeda ha sido muy agradable.
     El hombre sonrió. Recordaba aquel momento como si hubiera sucedido el día anterior, y ya hacía más de sesenta años. Cada uno de ellos fue relatando las sensaciones del día: la brisa del amanecer en la cima de una montaña, el sabor de la fruta recién cogida, una siesta sobre un campo de hierba, un chapuzón en un manantial de agua clara, el calor de una fogata... El hombre atendía complacido a cada una de las emociones que aquellos chicos habían experimentado gracias a su invento. 
    Finalmente, había logrado que sus recuerdos quedaran fijados con imágenes y percepciones para poder compartir aquellas vivencias. Pero no solo creaba, en el interior de aquellos cerebros, recuerdos ajenos que incorporaba en sus memorias; era algo mucho más trascendental: generaba añoranza, la necesidad de revivirlo todo, una vez desconectados de sus receptores. Cuando su generación desapareciera, ya no quedaría la posibilidad de dejar más nostalgias repartidas por el planeta. Confiaba en que Conmemoración tuviera el mismo éxito en el resto de las ciudades. 
     Se retiró cansado a su despacho; una cama ergonómica le invitaba a dejar caer su fatigado cuerpo. Por un instante, sintió la necesidad de incorporar una última sensación, ya olvidada, a su almacén de vivencias. Del interior de una caja, sacó una vieja pipa, una lata de picadura y una cajetilla de cerillas; los tres objetos se mantenían intactos. Con un estudiado ritual, procedió a encender la cazoleta y la intensa calada impregnó el aire de un olor inconfundible, deleitando cada célula de su cuerpo. Como era previsible, un dispositivo de alarma se iluminó en lo alto de la habitación, y comenzó a sonar. La autoridad estatal no tardaría en aparecer para localizar la presencia de humos no autorizada.
     En seguida se conectó al emisor central de su máquina y, con los ojos cerrados, se concentró en el aroma a menta y tabaco que aún persistía en el ambiente. Se vio acompañando a su padre en una de aquellas fabulosas tardes de pesca. A él le encantaba encenderle su preciosa cachimba de madera. El viejo maestro iba sintiendo cómo las luces a su alrededor se difuminaban poco a poco, y un resplandeciente camino se abría ante él. Una voz paternal golpeaba su conciencia al mismo ritmo que los latidos de su corazón se iban ralentizando. Había llegado el momento; su muerte estaba cerca. Si su última emisión conseguía transmitir aquella transición, todos los discípulos del CCC sabrían lo que se siente al pasar al otro lado. Podrían acabar su formación.
     En esta era sin libertad, el mundo estaba hambriento de hombres sin miedo a la muerte, ansiosos por recuperar aquellas experiencias de las que fueron privados. Una nueva generación de guerreros surgiría en aquel lugar, un ejército dispuesto a vivir como verdaderos seres humanos. Ellos conseguirían derrumbar la descomunal fortaleza. Eran la única esperanza. 
    Un pitido intenso y continuo indicó que el Sintetizador de Nostalgias había finalizado la grabación con éxito.

1 comentario:

  1. María, una distopia con tintes nostálgicos, en el que me imagino no sería sencillo vivir, si has conocido los placeres que ahora, a pesar de todo, disfrutamos.

    Yo, llegado el momento, me pediría para reyes un Sintetizador de Nostalgias.

    Buen relato.

    Abrazos.

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