martes, 19 de mayo de 2015

La verdad del espejo


                 Es mi deber, como hombre de honor e impelido por mi propia conciencia, dejar constancia, en estos pliegos que ahora escribo, de los acontecimientos que he vivido en estos últimos meses. Me dispongo a desaparecer durante un tiempo, aún por determinar, pues tal incógnita no le compete resolverla a mi voluntad, sino a los deseos de quien me lleva a entregar mi cuerpo y mi alma a partir de este momento: Naisha. No puedo desvelar mi destino, ni el camino para llegar hasta él, pues pondría en peligro su vida y la de quienes junto a ella conforman un mundo recién descubierto a mis ojos. 
Pero es, sin duda, de vital importancia que deje instrucciones precisas para aquellos que, comprendiendo el cambio que se avecina, deseen contribuir a una convivencia próspera y pacífica, a pesar de los que, indiferentes, han decidido hacer de esta realidad que vivimos un universo reservado a los diestros. No hace mucho que llegué a observar, en mi adorada Florencia, cómo mis más aventajados discípulos de la escuela de pintura iban ausentándose de las clases y del resto de las actividades culturales que se estaban desarrollando en la ciudad. Curiosamente, estos alumnos eran los que, con una soltura prodigiosa, usaban su mano izquierda para mostrar sus habilidades. Inquieto por tal descubrimiento, empecé a indagar en otros talleres y academias, obteniendo como resultado la certeza de la existencia de un movimiento similar entre otros pensadores y artistas. 
Lo que al principio me pareció una peculiar casualidad, llegó a perturbarme seriamente al comprobar que, además de sus desapariciones del ambiente bohemio que antes solían frecuentar, apenas quedaban pistas claras sobre sus respectivos paraderos. Fue en aquellos primeros días de mi investigación cuando recordé a mi amigo Luciano, un sastre de gran prestigio que trabajaba para buena parte de la nobleza italiana. Podría decir que aquel reconocimiento lo había conseguido por ser un diestro virtuoso en el antiguo arte del patronaje, si no fuera porque jamás conocí a zurdo más evidente que este. Hasta aquel momento no me había percatado de que la palabra “destreza” convertía en torpes a quienes no tenían el hábito de usar la mano derecha.
Apenas le relaté la historia que me tenía sumido en este desconcierto, cuando observé que su gesto, más que sorpresa, denotaba cierto aire de satisfacción. 
―Mi buen Mateo ―comenzó a decir―, sois muy perspicaz. Mirad en derredor: lo que está sucediendo es el resultado de una profecía que empieza a cumplirse. 
Sus palabras me resultaban aún más confusas que los propios hechos que empezaba a constatar. 
Observad mi mano ―ordenó, mostrando su palma derecha completamente abierta. En ella podían apreciarse las cicatrices que el uso de sus útiles de corte habían ocasionado sobre su carne―. Ninguno de los instrumentos que hay en este taller está pensado para los que son como yo. Estas tijeras han sido diseñadas para ser utilizadas con la mano diestra, y eso hace que deba adoptar una postura inverosímil y que no consiga ver la línea de corte. Acostumbrarme a trabajar así ha abierto más heridas en mi orgullo que en mi piel, creedme. 
―Pensé que era una cuestión de adaptación ―respondí completamente perdido con aquel pensamiento.
¿Acaso el ser minoría ha de obligarnos a ver ante nosotros un mundo invertido? ―me espetó con indignación―. Atended a mi consejo, joven amigo, cuando os digo que, ni siquiera conformarnos con lo que la vida nos ofrece, es una solución lo bastante eficaz para compensar nuestro malestar. ―¡Seguidme! ―me pidió. 
Yo fui tras él, intentando comprender aquellas ideas que por primera vez aparecían frente a mí. En la trastienda del taller encontramos a una joven de tez oscura y ojos rasgados que vestía un peculiar vestido de seda. Un pañuelo, de tejido similar, cubría parte de su nariz y de su boca. A pesar de ello, se podía intuir una belleza exótica e inusual bajo aquel velo. Un punto rojizo sobre su frente llamó mi atención. 
―Esta muchacha es Naisha. La encontré en uno de mis viajes a la India en busca de nuevas telas. Trabaja para mí desde hace dos años. Es capaz de dibujar los arabescos más complicados y exquisitos sobre mis gasas y tules. ¿La veis bien? Pues yo rescaté a esta criatura de una muerte segura en las calles de Bombay. Fue repudiada por su marido cuando descubrió que era zurda. En ese país te obligan a comer con la mano derecha porque, según su religión, todas las cosas buenas provienen de ese lado. 
―Soy impura para los míos ―puntualizó ella en mi idioma. El sonido de su voz la mostró aún más hermosa. 
―Podéis estar segura, mujer, de que, a pesar del disimulo que hay en nuestro entorno, denominar a esta conducta diferente como siniestra, tampoco dice mucho de la tolerancia occidental ―matizó Luciano―. Si bien los musulmanes cortan la derecha en señal de castigo, para luego obligar a vivir con la mano maldita destinada a limpiar sus inmundicias, los cristianos nos colocan al lado izquierdo de Dios, donde jamás seremos escuchados. El Diablo es zurdo ―soltó a bocajarro el sastre―. Ha llegado la hora de salir del infierno en el que los diestros más radicales nos han colocado. 
Tras aquella reveladora explicación, mi desasosiego se hizo patente, pero aún más mi ya desbordada curiosidad. No es necesario relatar aquí las razones que me llevaron a visitar de manera más asidua el taller de Luciano; aunque he de confesar que no fue solo mi necesidad de desentrañar el misterio, sino motivos tan poderosos como los que atañen a los asuntos del corazón. Enamorado como un loco de la deliciosa Naisha, dejé que ella me mostrara los entresijos de aquella corriente que comenzaba a remover los cimientos de la cultura. El viejo sastre le advirtió que debía guardar aquel secreto más allá de sus sentimientos por mí, pero ese amor correspondido la empujó a ceder a mi enfervorizada petición. Necesitaba saber más, o terminaría desquiciándome. No he de arrepentirme nunca de haber insistido, pues su temeridad me obligó desde entonces a mantenerme ligado a ella para salvaguardar su vida. 
Una noche cálida, hace apenas dos lunas, me condujo hasta los pasadizos subterráneos que discurrían bajo la ciudad. Como arquitecto en ciernes, ya conocía la existencia de esos túneles, aunque ignoraba que tras sus muros enmohecidos existían compuertas secretas. El dibujo de un hombre desnudo con los brazos abiertos, tallado en el interior de dos figuras geométricas,mostraba la ubicación de aquellas entradas. Una imagen que me resultó tremendamente familiar. No puedo precisar en este instante el intrincado recorrido de pasajes y escaleras que seguimos hasta alcanzar una enorme sala cubierta por una bóveda acristalada. Pequeñas filtraciones de luz solar, procedentes de la superficie, se reflejaban en la cúpula y mantenían el lugar iluminado durante el día, mientras que el fulgor de las antorchas lo hacía por la noche. Quedé ensimismado ante la actividad que allí se desarrollaba. Rodeados de altas estanterías repletas de libros, grupos de alumnos de distintas edades prestaban atención a los discursos de sus maestros y tomaban apuntes. 
―Esta es nuestra Academia ―explicó orgullosa mi acompañante―. No difiere mucho de las enseñanzas de una escuela normal, pero aquí permitimos que los estudiantes elijan cómo aprender. 
―No comprendo lo que decís ―respondí intrigado. 
―Naisha se acercó a una de las mesas y solicitó uno de los escritos. Lo que pude ver alertó todo mi entendimiento, pues no supe interpretar ni uno solo de los signos que aparecían en el papel. Ella sonrió y, tomándome de la mano, me llevó a un lado apartado de la sala. 
―Nadie debe saber que no sois uno de los nuestros ―susurró―. Si ven lo que voy a mostraros, os descubrirán. 
Acto seguido, puso aquellas notas frente a un espejo circular, colgado en uno de los muros. Lo que vi me dejó perplejo. Ante mis ojos, aquellos extraños símbolos se convirtieron en frases claramente legibles, cargadas de sentido. 
―¡Escritura especular! ―casi grité. Era algo sorprendente.  
Nashira me mandó callar, aunque mi excitación por ese hallazgo, tan evidente para ella, le provocó una mueca divertida. Tiempo atrás ya me había cruzado con ese tipo de insólita grafía. Un genio en las artes y en las ciencias había desafiado al mundo mostrando su propio lenguaje: Leonardo da Vinci. Como una perdida pieza de puzzle que por fin encuentra su lugar, volvió a mi memoria aquel dibujo representado en la entrada principal. Se trataba del Hombre de Vitruvio. Entonces estuve tentado de golpear mi testa contra la pared, al constatar mi torpeza. He de confesar que todo cuanto mis sentidos y mi bella cicerone me iban revelando, no hacía más que acrecentar mi extrañeza por un peligro que no era capaz de percibir, y del que tanto me alertaban mi hermosa hindú y el viejo Luciano. 
―Aún no sois consciente ―comenzó a decir, conocedora de mis dudas― de la repercusión que esta nueva expresión del conocimiento tendrá en nuestra sociedad. Muchos de los que aquí se han ilustrado ya se dirigen a otros territorios del país, e incluso han empezado a traspasar fronteras. Hay algo en nuestra anatomía que nos distingue más allá del uso de nuestra mano; cualidades que, además de hacer funcionar de manera inversa nuestros hemisferios, diferencian nuestra forma de ver el mundo. Entre esta gente que ahora veis, hay artistas e inventores con un ingenio fuera de lo común, jóvenes y niños con ideas sorprendentes para su edad. El Estado nos presiente como una amenaza, pues ya hemos empezado a rebelarnos ante la naturaleza impuesta y deseamos que se nos mire desde el lado adecuado del espejo. Anhelamos que nuestra realidad también exista y poder vivir sin estar sujetos a los cánones establecidos. Si hemos de ser capaces de ver en el universo de los diestros, también demandamos ser admitidos y reconocidos en el que nos pertenece legítimamente. 
―Pero, ¿cómo estáis seguros de que vuestra demanda no será escuchada? ―inquirí. 
―Muchos de los que defienden esta nueva forma de aprendizaje han desaparecido sin dejar rastro, y otros tantos viven bajo la amenaza constante de represalias si se descubre que son partidarios decambio ―Se giró para señalar al grupo de niños reunidos a poca distancia de donde nos hallábamos―. Miradlos: ellos apenas pasan unas horas aquí, pero fuera han empezado a ser vigilados para evitar que se alejen del orden instaurado. Observad sus manos. Sus puños ya no están sucios por la tinta de sus plumas, pues la dirección de sus textos no tiende a emborronar las palabras. Escriben tal y como su cerebro les ordena. Eso les da una claridad de pensamiento asombrosa, pero al mismo tiempo los pone en el punto de mira. Hemos comenzado a establecer estrategias para ocultar su pertenencia a nuestra corriente, incluso manchando de manera intencionada el dorso de sus manos para no levantar sospechas. Mientras nosotros trabajamos para dar libertad a su intelecto, en la superficie instalan una feroz dislexia en su vocabulario y acrecientan el tartamudeo. 
―¿Y no existe manera de disimular la zurdera? Me consta que tenéis una capacidad especial para usar ambas manos por igual―. Naisha suspiró y se encogió de hombros. 
―Esa conducta aprendida no puede esconder nuestra condición. Es algo innato. Observad a ese muchacho aplaudiendo ―dijo al instante―. Fijaos qué mano golpea a la otra y la manera en que aquel cruza sus brazos. Hay cosas difíciles de controlar. No nos queda mucho tiempo para permanecer aquí ―lamentó―. Nos preparamos para abandonar este lugar y coger aún más impulso. La intolerancia de los diestros está poniendo en peligro toda esta misión. Por eso nadie debe saber que os he traído conmigo, me considerarían una traidora; por la misma razón, vos seríais un proscrito para el Estado, si ellos os descubrieran ―concluyó. 
Fueron aquellas palabras que pronunció, en las que hablaba de amenazas y retirada, las que me hicieron comprender tal campaña como una posibilidad de verla desaparecer ante mis ojos. Y en el silencio de nuestro camino de regreso al exterior, me juré a mí mismo que habría de combatir en el mismo bando en el que ella lo hiciera, aunque ello me obligara a cruzar al otro lado y entregar mi propio entendimiento. 
―¿Por qué Leonardo? ―pregunté al dejar atrás la última marca junto a la puerta secreta. 
No puedo describir, sin atentar contra el pudor, el intenso temblor de mi cuerpo al contemplar cómo la decidida Naisha retiraba su larga cabellera oscura hacia un lado y dejaba descender por sus hombros el sari que la cubría de pies a cabeza. Hipnotizado por la visión de su hermosa espalda, acerté a fijarme, al fin, en la leyenda que aparecía tatuada sobre su piel. Incapaz de traducir semejante revelación, más por la agitación de mi espíritu masculino que por aquella compleja caligrafía invertida, ella desentrañó el misterio, susurrando para mí: "Los castigados a vivir en el lado equivocado del espejo iniciaremos la cruzada. Nada más dañará nuestro cuerpo o nuestra mente, y se ensalzará a los verdaderos genios. Pondremos vuestro mundo al revés y entonces, al fin, será el nuestro".
No he sido consciente, hasta este mismo día en que desgrano este confuso testimonio, de la enorme envergadura de la batalla que hoy comienza. A punto de iniciar nuestro éxodo hacia el norte de Europa, donde se instaurará un Nuevo Orden, los más jóvenes han empezado a tatuar también sobre su piel la profecía siniestra que Da Vinci dejó escrita para ellos. Sin saber hasta dónde llegaré en esta odisea en la que me aventuro, solo espero mantenerme al lado de la mujer que amo. Con ella he de condenarme, aunque sea caminando a su siniestra.


2 comentarios:

  1. Es un placer comprobar cómo, partiendo de una idea embrionaria plasmada en cincuenta palabras, eres capaz de articular un relato de esta extensión, con el tono perfectamente adecuado a la circunstancia, y sin renunciar por ello a tu innata tendencia a reflejar emociones y sentimientos. En definitiva, cada día escribes mejor, y eso va siendo cada vez más difícil.

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  2. María, un relato muy intenso con una distopía muy cercana a la realidad, con esos zurdos y diestros que bien podrían ser un paralelismo de la política actual, con un Leonardo da Vinci tan visionario como polémico y todo ello aderezado por una historia de amor, que va mucho más allá de la razón.

    Si mal no recuerdo, en este relato aparece un textito de una tal Helena, que leí una vez del revés y que sospecho ha servido de inspiración para esta historia.

    Y para terminar, de envidiar lo fluido que se lee y, por tanto, lo bien hilvanado que está el texto.

    ¡Buen relato!

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