domingo, 5 de julio de 2015

La llamada del talismán




Ángela permanece en pie, tan estática y silenciosa como la figura que contempla al otro lado del cristal. Tras la vitrina, el ciervo de bronce con boca de pez parece reconocerla. Su exterior ya no devuelve los reflejos del agua que lo recorría cuando era un surtidor. En el museo se atesoran las nostalgias de historias antiguas. La muchacha las lleva tatuadas en su memoria, pero no comprende por qué se llenan sus recuerdos del aroma de azahar que inunda las calles de Córdoba.
Cada noche pasea en sueños por rectas calles de adoquines, y el sonido de una fuente la conduce hasta un jardín cuajado de naranjos, junto a un palacio. Sus labios se empapan del cristalino líquido que mana del hocico de uno de los cérvidos de metal que ornamentan el venero. Al tocarlo percibe en la piel el delicado grabado que se dibuja en su rígido cuerpo. Sobre el mármol en el que descansan las estatuas de aquellos animales, se sienta a esperar.
Al llegar la mañana, Ángela presiente que alguien calmó su impaciencia, pero no acierta a recordar qué deparó aquel encuentro. Por eso vuelve a la exposición en busca de las respuestas que la vigilia le roba. Sabe que el cervatillo es testigo mudo de sus ensoñaciones y le exhorta a confesar una verdad que nunca llega. Perdida la mirada, una visión la atrapa hasta hacer desaparecer la sala. Ya no existe el grueso vidrio que se alzaba entre ella y el objeto, sino una celosía tallada, desde donde observa a un joven de tez oscura que trabaja con su buril.
Ella reconoce la estancia, recuerda haber deambulado por aquel taller en alguno de sus sueños, pero entonces no sentía los aromas de las especias ni de las maderas nobles. No puede apartar los ojos del muchacho que labra las detalladas hojas circulares inscritas sobre el lomo del animal; quiere ver su rostro, no logra entender por qué el corazón le golpea con tanta fuerza. Al percatarse de que es observado, se detiene y alza la cabeza. La ha descubierto y sonríe. Ellos ya se conocen.
Cuando la luna invita al descanso, Ángela cierra los ojos esperando a Morfeo. Apenas transcurren unos minutos hasta que cae en la inconsciencia. Casi al instante, corre escaleras abajo desde el salón califal. Ahora ya sabe por qué adora esa fuente y al cervatillo que ornamenta el fluir de sus aguas. Es su obra. Él ya la está esperando. Después de mil noches de preguntas, al fin puede tocar sus manos y entregarle sus caricias; pero la extraña punzada del miedo no la abandona. Por primera vez descubre que su rico vestido contrasta sobremanera con el sencillo lino de la túnica que lo cubre. Intenta recordar quién es, pero, cuando él vuelve a besarla, se olvida del mundo que la rodea.
El tiempo transcurre lento en la vida de Ángela; añora los instantes de irrealidad, perdidos en algún lugar del pasado, que propician los encuentros con Omar. Acude ansiosa a la galería en horas cada vez más tempranas, buscando el hechizo de la figura. Espera ver brotar de su boca el manantial que cada noche calma su sed. Con la vista fija en su borde circular, sus pupilas se dilatan de súbito. La primera gota vertida surge teñida de un brillante carmesí. Las paredes se desploman transformadas en una cortina de humo, y su cuerpo se transporta al salón oriental, oculto tras una enorme columna de mármol.
Escucha el eco de la voz iracunda del Califa. Planifica con su Visir una venganza terrible contra el ingrato súbdito que ha osado poner sus ojos en la princesa. Cuando nombran la fuente del jardín alto, descubre aterrada que están hablando de su persona. Ella es Salima, o lo fue; ese es su nombre. Un chasquido en el interior de su cabeza la devuelve al mundo real. Aún temblando, regresa a casa. Con la vista puesta en la sierra, mira angustiada las ruinas de la antigua medina. Tiene que llegar a tiempo.
Se va a dormir con el corazón desbocado. Debe alcanzarlo antes de que lo hagan ellos para advertirle del peligro. Un somnífero la ayuda a pasar al otro lado, pero ya es demasiado tarde. No puede llegar a su destino sin ser vista: al cruzar encuentra el camino flanqueado de antorchas. El cielo estrellado se derrumba sobre su cabeza cuando contempla la escena. Omar está allí. Ha acudido, como cada noche, al reclamo de sus besos. Lo han hecho prisionero y permanece atado a las patas de uno de los cervatillos. Ella lo reconoce entre todos. Salima y Omar cruzan la mirada y, mientras ella refleja en sus ojos el miedo, él solo irradia valentía. Apenas un parpadeo, una promesa de amor eterno, y la cimitarra cae sin piedad sobre el cuello erguido de su amante.
Ángela llora desconsolada en la puerta del museo. Sabe que ya no volverán sus ensoñaciones. Habrá de esperar a otra vida para que su espíritu se reencarne, y entonces irá a buscarlo de nuevo. No importa cuántos siglos hayan de pasar. La mágica figura de cobre seguirá arraigada en su alma, y acudirá a su llamada.

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