martes, 9 de enero de 2018

Cazadores de libros


Cuando el vagón se cerró, descubrí aquel ejemplar abandonado sobre el asiento. Tenía las cicatrices de los libros audaces que anhelan ser cazados y en su interior, como el preámbulo de una aventura, se leían los nombres de quienes habían hecho suya aquella historia de corsarios y galeones. Esas firmas cambiaron su naturaleza muerta, pues, sumergido en el primer capítulo, una enorme ola me arrastró hasta mi parada, a cuatro mareas de distancia. Cada día, al traspasar el umbral de la estación, el tiempo se detenía en mis manos, cómplice de infinitas travesías marítimas.
Cuando la última página me devolvió a la realidad, de mis bolsillos aún salía arena, que hizo difícil la búsqueda de un lápiz con el que dejar mi huella sobre el papel. Y, como quien se desprende de un tesoro, volví a darle alas en el mismo lugar donde lo encontré.
No tardé en comprobar que el libro había sido presa fácil para una cazadora avispada. Lo supe al cruzarme con aquella chica que, desorientada, caminaba por el andén empapada de mar.

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