domingo, 11 de marzo de 2018

Nostalgia acústica



En el actual edificio del Rectorado los ecos de ultratumba rebotan por las paredes de mosaico, sea de día o de noche. Los que pasean por la imponente construcción mudéjar no atinan a descifrar las extrañas cacofonías que se escuchan intramuros. Pero ya nadie se inquieta por tan singular fenómeno, pues es sabido que el ruido de los vivos siempre termina ahogando cualquier vestigio del pasado en medio de la frenética actividad. 
Hoy, con la curiosidad y la nostalgia llenando mis bolsillos, observo en silencio el reloj de la fachada y, como si una mano invisible hiciera girar sus agujas, regreso veinte años atrás, hasta el último curso que cerró la historia de este lugar como la Facultad de Veterinaria con más solera del mundo.
Aunque los naranjos de la entrada siguen impertérritos al paso del tiempo, todo parece haber cambiado en el interior, como si la pátina que cubre todo lo antiguo hubiera desaparecido con la pulcra capa de la modernidad. Se ha disipado el olor a formol y desinfectante que impregnaba las batas blancas en el bullicioso ir y venir de los estudiantes, aunque, al cerrar los ojos, aún se escuchan chirriar las viejas puertas de madera de las aulas.
En el patio trasero un par de vacas, tan viejas como el establo, mugen resignadas al trasiego de alumnos inexpertos. O lo hacían, pues, con las emociones a flor de piel, los sonidos parecen retornar al espacio que una vez ocuparon. Al abrir los ojos el aire se percibe más espeso, y a la densa atmósfera se unen los golpes de unos cascos al trote sobre el mármol blanco. Como si uno de los jinetes del Apocalipsis hubiera perdido su montura, un caballo de sospechosa tonalidad deja ver su recio esqueleto bajo capas de lacerada musculatura. Tras él otro jamelgo, tan hinchado y verde como un gigantesco globo infantil, se lanza al galope desde el viejo Departamento de Anatomía. Aún recuerdo el día en que decidió explotar en la sala de autopsias bajo el bisturí de aquel aprendiz temerario. Nadie más parece verlos campar a sus anchas, aunque sus relinchos hacen menear la cabeza del bedel, que se sacude la extraña contaminación acústica abriendo los ventanales.
Un grupo de ranas, algo chamuscadas, huye del que fue el antiguo laboratorio de Fisiología. Las descabezadas saltan de lado a lado frente a la puerta del Rector, bastante desorientadas y, en su croar, acompañan a las que quedaron indultadas en aquel barreño y terminaron muertas de aburrimiento como ya anunciaba algún alumno con ganas de enchufarles la corriente.
Las ovejas, que tenían su aprisco en uno de los descampados del exterior, pastorean en los jardines del nuevo parque infantil. Desde la ventana del primer piso puedo verlas en su ingravidez; igual que las descubren un puñado de chiquillos que corren tras ellas imitando sus balidos. Las madres se miran desconcertadas intentando entender el extraño juego de sus criaturas, que ríen y saltan tras figuras invisibles.
Con los sentidos de nuevo atentos al encuentro con otra época, camino intrigada por el corredor principal de la primera planta, donde un grupo de asistentes a la Universidad de Mayores conversa animadamente. Su manoteo al aire me resulta extraño hasta que, al aproximarme, descubro el zumbido persistente de un ejército de moscas espectrales. Sonrío al comprobar que los minúsculos insectos alados, que consiguieron aparearse hasta el infinito en entregados experimentos genéticos, lograron salir de sus tarros y volar hacia la luz, aunque esta provenga del tímido haz que se filtra por los cristales.
Siguen aquí. Todos ellos. Los espíritus olvidados de los seres que habitaron este lugar e ilustraron mi aprendizaje. Se resisten a marchar, igual que mis recuerdos. Y como esa alma en pena del eterno estudiante que envejeció en la Facultad más sabio que el Decano, y rondaba a las niñas como el tuno más veterano de todos los tiempos. Los cambios de la Historia lo dejaron atrapado en este lugar, no mucho más fantasma de lo que ya lo fue en vida.

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