lunes, 15 de febrero de 2021

Recetario para la melancolía

 


Mi abuelo, Don Enrique como solían llamarlo en el pueblo que le vio nacer, dejó atrás Aracena acompañado de su esposa, para abrir una librería en Madrid.

Cuentan que a mi abuela Soledad la consumía la nostalgia de su tierra, y él, no sabiendo cómo consolar su pesar, mandó trasladar una encina desde la antigua finca hasta el patio del nuevo domicilio, junto con un gorrino que comía las bellotas que de aquella caían. Mas tan titánico trasplante no bastó, pues en las tardes de lectura ella seguía regando con lágrimas de añoranza las raíces del árbol con cuyos frutos engordaba el cerdo.

Quiso mi abuelo, cuando llegó San Martín, agasajar a los amigos con los torreznos provenientes del animal. Dicen que las intensas emociones que aderezaron este manjar, aliñado de llanto y versos, le confirieron un peculiar sabor, y que todo el que lo probaba se veía embargado por una inmensa tristeza y abandonaba emocionado la casa familiar. Desde aquel momento ese lugar se convirtió en un templo de nostalgias y del buen yantar, y tal efecto aún perdura, a lo largo de los años, en la pluma y en el recetario de las mujeres de nuestro linaje.


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