martes, 8 de febrero de 2011

Regreso a la esperanza

     

          Séptimo desafío en California. Una historia que cuenta la experiencia de alguien que, después de estar lejos de su casa durante mucho tiempo, vuelve con su familia y sus amigos. 

     

  
La vida es una prueba por la que hemos de pasar. El desafío está en hacer de ella una historia que merezca la pena cuando miramos atrás. Al menos eso pensaba John intentando resumir los últimos años de su existencia. Tenía la sensación de que sus vivencias en los primeros veinticinco años de su vida habían transcurrido a cámara lenta. Como si los meses y los años se hubieran deslizado con paso silencioso sobre el mundo, llenando espacios absurdos y carentes de sentido, convirtiendo su adolescencia y su juventud, en una etapa anodina en la que sus únicas prioridades eran sus amigos, la universidad y el baloncesto.

En el fondo no lo lamentaba. Aquella época formaba parte de él, y del hombre que luego sería. Sin embargo, de alguna manera inexplicable, había surgido, de lo más profundo de su alma, la necesidad de encontrarle un sentido a todas esas inquietudes que se agitaban en su interior pugnando por salir. Sin esperarlo, como una verdad inquietante que envuelve los sentidos, encontró el camino que tanto buscaba.

John supo entonces que el transcurso de los acontecimientos puede precipitarse a la velocidad del rayo. Los días, que en el pasado se hacían eternos, se vuelven fugaces, y cada suceso, cada experiencia, parece un sueño que apenas duró una noche. Eso era justo lo que sentía al pensar en los últimos diez años.    Una década que había vivido en el lugar más olvidado de la tierra, intentando darle sentido a su vida. Regresar desde África hasta su California natal había sido como viajar a un mundo que casi había borrado de su memoria. John sintió una punzada en el estómago. Regresar a sus orígenes iba a ser más difícil de lo que pensaba.

Al girar la última curva, un paisaje que le resultó enormemente familiar apareció ante sus ojos. Redujo la velocidad del coche mientras bajaba la ladera, intentando recuperar cada una de las imágenes que habían quedado guardadas en algún lugar de su mente. Abrió la ventanilla para dejar entrar un poco de aire. El olor a pino y a heno inundó cada uno de sus pensamientos. Ese aroma intenso, tantos años olvidado, despertó los recuerdos que había dejado dormidos en aquel lugar. Una mezcla de nostalgia y curiosidad le hicieron detenerse a mitad del descenso.


El bosque seguía impertérrito al paso del tiempo, como una frondosa barrera verde que abrazaba el pueblo desde la ladera norte. Por alguna extraña razón, el oscuro pinar no resultaba tan extenso como él recordaba. Pensó que todo cuanto podía ver desde allí cabía en un lienzo. Quizás la memoria actuaba así con el paso del tiempo, distorsionando los recuerdos.
     
Sintió que el corazón le golpeaba con fuerza dentro del pecho, causándole un dolor antiguo y atenuado por el paso del tiempo. Un dolor íntimamente ligado al lugar al que estaba regresando. La añoranza de los afectos que una vez acompañaron su vida, y que perdió durante el tiempo que permaneció fuera de casa. El calor de su madre, a la que nunca volvería a ver, y el afecto de su padre, quien había levantado un muro frente a él, como consecuencia de no haber estado a su lado cuando ella murió.
     
La última carta que recibió de él fue el trago más amargo que tuvo que pasar durante el tiempo que había estado fuera. No porque en ella hablara de la muerte de su madre, de la que ya había tenido noticia en una carta anterior, sino porque en sus palabras, escritas un mes después del fallecimiento, dejaba caer sobre él una rabia ciega que no había esperado. En aquel papel escrito encontró un hombre destruido y sin esperanza.

«…Aún intento comprender por qué no regresaste cuando tanto te necesitábamos, hijo mío. Cuando supiste que tu madre sufría este maldito cáncer que terminó por apagar su vida. Tú precisamente. Eras el único capaz de hacer luchar a tu madre. Ella buscaba siempre su consuelo en ti, y lo hallaba en tus palabras y en tu fuerza. Teníais un vínculo especial, yo siempre lo supe. Dijiste que tu sitio está en ese lugar lejano en el que te encuentras, que no puedes abandonar a quienes tanto te necesitan allí. Pero nosotros somos tu familia, al menos lo éramos, y yo, como un estúpido, creí que estarías aquí para acompañarnos, para acompañarla a ella. En tus cartas hablabas de que regresarías, que volverías a casa pronto, pero no lo hiciste. Tres años más esperándote fue demasiado tiempo. Demasiado tiempo para que ella pudiera resistir. Tres años en los que tus cartas apenas llegaron. Ella ya no está, nos dejó para siempre. Se resignó a no tenerte, quizás siempre te haya comprendido mejor que yo. Pero yo no soy como ella. Ahora que estoy solo, ya no te necesito. Si te escribo estas letras es para decirte que ya no tienes que regresar, que ya no espero a mi hijo ni a lo que tú representas. Todo eso ha quedado atrás, como el sufrimiento de tu madre. Ahora solo me resta permanecer sumido en su recuerdo, es lo único que me alivia este enorme peso del alma.»
     
John no había sido capaz de conservar aquella carta, pero las palabras que contenían, esas, habían quedado grabadas a fuego en su alma. Lloró amargamente de tristeza y de impotencia, y por primera vez dudó del camino que había escogido.
     
Cuando entró en el pueblo, una fina lluvia empezaba a empaparlo todo. John sintió que el tiempo acompañaba a su estado de ánimo. En unos minutos llegaría a la casa familiar. Aún no sabía si estaba preparado para aquel momento. Habían transcurrido dos meses desde que recibiera aquella desalentadora misiva, y había estado desde entonces buscando las palabras que le diría a su padre.
     
El vehículo atravesó con lentitud la avenida principal. Una larga hilera de casas de no más de tres plantas, casi ocultas por el espeso entramado que formaban las ramas de los enormes castaños, franqueaba ambos lados de la carretera. Aquella era la columna vertebral del pueblo. La calle más comercial. Sin embargo, apenas caminaba gente por la acera. John tuvo la sensación de estar adentrándose en un sueño. Aquella calle, infinitamente recorrida tiempo atrás, se le antojaba ahora extraña. Casi habían desaparecido los antiguos comercios que él recordaba, y ahora se reconocían modernas tiendas de ropa, algún McDonalds y un enorme Starbucks haciendo esquina al final de la avenida.

El progreso había llegado al pueblo, y obviamente había beneficiado al incipiente turismo que empezaba a florecer cuando se marchó de allí. La pesca de la trucha y el idílico entorno habían conseguido, como le había contado su tía Margaret en una de sus cartas, convertir aquel tranquilo lugar en un pintoresco destino turístico, que multiplicaba el número de habitantes por diez en verano. No eran los diez años transcurridos lo que John percibía en aquel momento, sino el tiempo que había pasado desde que dejó ese lugar para marcharse a la universidad. Toda una vida.
     
John miró el reloj. Ya era más de mediodía y pensó que el hecho de ser la hora de comer de un miércoles, en un triste día de otoño, explicaba la ausencia de viandantes. No le vendría mal tomar un café antes de llegar a casa. Aparcó el coche frente a la puerta de una cafetería que debía estar bien, a juzgar por el movimiento que se apreciaba en su interior. Unos enormes ventanales dejaban ver un local acogedor de paredes estucadas color ocre y muebles coloniales. Su iluminación cálida invitaba a sentarse en una de aquellas mesitas junto a los cristales, para ver caer las enormes hojas de los castaños. Un gesto instintivo le llevó a levantar la vista para leer el nombre del establecimiento: «MEGAN CARTER´S CHOCOLATE». No podía creerlo. Un acontecimiento perdido en algún lugar de su memoria se agitó hasta hacerlo tambalear.
     
Abrió la puerta de la cafetería, y un sonido tintineante, apenas audible en medio de la gente, avisó de su llegada. Una mujer de pelo oscuro y corto como de un chico, que había estado agachada tras la barra, se asomó y le hizo un gesto de bienvenida. John observó aquel rostro, que no le resultaba especialmente familiar. Intentó imaginarla con el pelo más largo, y con esos ojos, que ahora parecían tan vivaces, escondidos tras unas gafas de pasta. Era complicado, al fin y al cabo sólo la había visto un par de veces. Y hacía mucho tiempo de eso.
—Hola —dijo la mujer con una sonrisa—, ¿qué te apetece tomar?
—¿Megan? —John hizo caso omiso de la pregunta de la mujer, muerto de curiosidad.
—¿Nos conocemos? —Ella intentaba recordar si lo había visto antes. Tal vez un cliente. Alguien del pueblo. No, aquel rostro no le sonaba de nada. Un momento; o quizás sí. La expresión de sorpresa del rostro de aquel hombre tan alto, aquellas cejas enarcadas sobre unos profundos ojos color caramelo… ¿Dónde lo había visto antes?
—Megan, soy John Stevenson. ¿Me recuerdas? Estuvimos juntos en el instituto, aunque nos conocimos después…
—La chica se quedó con la boca abierta.—¡Vaya! ¡Dios mío, John! Claro que te recuerdo ―respondió ella, sin salir de su asombro―. Aunque creo que, si no me hubieras dicho tu nombre, jamás te hubiera reconocido. ¿Cómo estás? —Le tendió la mano, y ambos se saludaron sin dejar de observarse. Como si se hubieran quedado atrapados en algún lugar del pasado—. Lo que me sorprende —continuó— es que tú me hayas reconocido a mí. ―Al fin soltaron sus manos―. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿dieciocho años? Me consta que he cambiado mucho desde entonces ―dijo, abriendo mucho los ojos.
—Bueno, digamos que el nombre del establecimiento me ha ayudado un poco —confesó él, sonriendo.

Ella se echó las manos a la frente, consciente de su torpeza.
—Uff… Perdona que esté tan espesa. —Se disculpó, riendo—. Lo cierto es que el negocio no es mío, sino de mi madre. Yo me limito a echarle una mano siempre que puedo. Pero la verdad es que es un honor para mí que le pusiera mi nombre. ¡Mi madre hace los mejores pasteles del pueblo! Tengo una idea. ¿Por qué no te sientas en aquella mesa de allí un segundo? Preparo unos cafés, y enseguida estoy contigo. ―Ella continuaba mirándolo con incredulidad—. Me ha encantado que hayas entrado a saludarme. De verdad.
—Bueno —John se abstuvo de decirle que, en aquel momento, encontrar un pequeño hilo que lo atara a su pasado había sido un consuelo—, teniendo en cuenta que fuiste la persona que me salvó de arruinar mi vida me parecía imposible no darte otra vez las gracias ―dijo, aún pegado a la barra.
—No hay de qué, John Stevenson. —La chica se giró hacia la cafetera.
     
Sentado en la pequeña mesa, John se preguntaba qué habría pasado si, al acabar el instituto, Megan no hubiera ido a buscarlo para avisarle de lo que aquella novia suya, Susan, intentaba hacerle. Fingir un embarazo para evitar que fuera a la universidad habría sido una trampa mortal para su futuro. Si la que había sido amiga de Sue, a quien él apenas conocía, no le hubiera advertido de la obsesión enfermiza de su pareja por controlar su vida, quizás todo habría sido diferente.
     
No había vuelto a ver a Megan desde la tarde en que le contó todo aquello. Simplemente había desaparecido. Lo último que supo de ella era que había ido a otra universidad, en otro Estado. Después de tanto tiempo sentía que, de alguna manera, aún estaba en deuda con ella. La observó durante unos minutos. Pensó en qué habría llevado a aquella mujer, todavía joven, a volver a un pueblo tan pequeño para terminar sirviendo bebidas y pasteles en la cafetería de su madre.
     
—En fin… Debo decirte que se me hace un poco raro que estemos los dos aquí sentados ―dijo mientras dejaba las tazas sobre la mesa―. Al fin y al cabo, seguimos siendo dos perfectos desconocidos. ―Hizo el comentario con abrumadora sinceridad―. Sin embargo ―continuó―, de algún modo estuvimos conectados por un problema común del que finalmente escapamos. ¡Madre mía! ¡Susan daba miedo de verdad! ―dijo, simulando un escalofrío―. Por cierto, ¿volviste a saber algo de ella?
—No mucho. Creo que se marchó a Los Ángeles con su madre. ―Curiosamente, John no contaba con regresar a Susan del pasado en su vuelta a casa―.

Uno nunca sabe hacia dónde te llevan tus pasos ―pensaba, mientras contemplaba a la menuda chica que tenía frente a él. —Espero que pudiera encontrar la ayuda que necesitaba ―dijo finalmente.
―Eres muy noble ―afirmó ella con seriedad―. Aunque, francamente, a mí lo único que me importaba era que desapareciera de mi vida.
John asintió, comprendiendo.
―Por cierto ―preguntó él, cambiando de tema―, ¿hace mucho que volviste al pueblo?
―¡No, qué va! Regresé hace seis meses –Megan volvió a sonreír―. He estado viviendo en San Francisco todos estos años, pero hacía tiempo que necesitaba un cambio. Volver aquí me pareció una buena opción. Al principio me costó un poco hacerme de nuevo a esta forma de vida. Me sentía como una extranjera en tierra extraña. Todo estaba cambiado: el pueblo, la gente... Aunque al final he descubierto que la verdadera diferencia estaba en mí. Era yo la que había cambiado. Es curioso ―la mirada de Megan se perdía más allá de los ventanales―, las experiencias que vives hacen que ciertas cosas, a las que antes no prestabas atención, de pronto cobren sentido y se conviertan en algo importante. Las prioridades van cambiando según vas madurando. Te das cuenta de que vale la pena sacrificar parte de tu vida por luchar por un ideal.
     
John la escuchaba en silencio. Reconocía cada una de las palabras que Megan acababa de pronunciar como si fueran suyas. Eso era justamente lo que él sentía cuando ponía en una balanza los últimos años de su vida. Todo lo vivido compensaba los pequeños obstáculos que ahora debía salvar.
     
―Estoy completamente de acuerdo contigo. ―Él tuvo la sensación de que el café y la compañía eran justo lo que necesitaba en aquel instante. Tal vez la señal que estaba implorando desde que había cogido el coche aquella misma mañana―. Igual hay quien piensa que estás tomando una decisión equivocada ―dijo, encogiéndose de hombros―. Pero hay algo más fuerte que tú mismo, que te arrastra y te lleva por caminos que nunca habías imaginado.
―Bueno, algo menos místico quizás ―rió ella, sorprendida del nivel que estaba adquiriendo aquella conversación―, pero sí, digamos que es eso, más o menos.
―Incluso, aunque el lugar donde te lleve sea detrás de una barra, ayudando a atender un negocio ―concluyó él.
―Bueno, no exactamente ―dijo ella, enarcando las cejas―; en realidad ese no es el objetivo ni el motivo que ocupa mis días, si es lo que estás pensando. En realidad…
―¡Mamá!
Un chico de pelo castaño y nariz pecosa entró como un huracán en el establecimiento, y las palabras de Megan se vieron ahogadas en un aparatoso abrazo infantil.
―¡Mami! ¡Mami! ¡Cuánto te he echado de menos! ―El niño permanecía encaramado sobre las piernas de su madre y amarrado a su cuello.
―¡Pero, tesoro! Si sólo has estado seis horas fuera de casa ―contestó su madre con una risa ahogada―. Mira, Ryan ―dijo, cuando al fin pudo zafarse cariñosamente del niño―. Este es John, un amigo de cuando mamá era pequeña.
     
El chico, que no aparentaba más de seis o siete años, saludó alzando levemente la mano. Parecía estar dándole vueltas a algo mientras lo escudriñaba con la mirada.
―¿Tú tienes los mismos años que mi mamá? ―preguntó, intrigado.
―Creo que sí ―respondió él, dudando.
―¿Y por qué tienes el pelo blanco? ―inquirió.
―Imagino ―dijo John soltando una sonora carcajada― que treinta y seis años no pasan igual para todo el mundo.
―¡Ryan! ¡No seas impertinente, hijo! ―regañó ella, llamándolo al orden―. Anda, ve a buscar a la abuela y pídele un poco de pastel de manzana.
     
El niño salió como una exhalación rumbo a la cocina.
―Tienes un hijo muy guapo, Megan.
―Lo es, ¿verdad? Se parece mucho a su padre.
―¿Entonces, os habéis venido todos aquí?
 ―No, John ―por primera vez, el rostro de la chica se ensombreció―. Hace cinco años que me separé del padre de Ryan. La idea inicial era compartir su custodia, pero le ofrecieron una plaza en un hospital de Canadá. Es cardiólogo ―hizo una pausa intencionada―, y la oferta fue mucho más tentadora que ver crecer a su hijo. ―El segundo de tristeza pasó y volvió a recuperar la sonrisa―. En fin, ya sabes lo que dicen: «Madre no hay más que una». ―De repente la expresión de su rostro cambió como si aquellas palabras le hubiera recordado algo―. ¡ Vaya, John! Lo siento. Lo siento mucho.
―¿Qué te ocurre?
―¡Qué fallo el mío! Me enteré del fallecimiento de tu madre hace unos meses. Lo leí en el periódico. Siento no haberme dado cuenta antes. Verte me ha dejado tan sorprendida, que no me había venido a la cabeza hasta ahora.
―No te preocupes ―dijo, intentando aliviar su contrariedad.
―Tampoco se me ocurrió ir al funeral. No tenía mucho sentido. En realidad tú y yo no nos conocíamos apenas.
―No tienes que lamentarlo. Ni siquiera yo estuve en su funeral ―confesó bajando el tono de su voz.
―¿No viniste al funeral de tu madre? ¿Por qué? ―preguntó asombrada.
―Estaba lejos ―respondió sin más.
―¿Cómo de lejos? ―su curiosidad iba en aumento.
―En Mozambique.
―Me estaba preguntando desde que llegaste por qué estabas tan moreno. Perdona mi indiscreción. ―Parecía avergonzada―. Ya ves a quién ha salido el niño.
―No te preocupes. No me ofende tu curiosidad. Es lo justo. Tú has sido muy sincera al hablar de ti.―John suspiró. No era fácil aceptar que no había podido despedirse de su madre.
―¿Qué hacías en África, entonces?
―Supongo que darle sentido a mi vida… y colaborar en la excavación de pozos.
―¿De petróleo?
―No. Pozos de agua.
―Vaya… ―Megan no podía ocultar su sorpresa―. Es impresionante. ¿Eres ingeniero?
―Entre otras cosas… Aunque esa no fue la razón que me llevó allí ―dijo, mostrando una amplia sonrisa.
―Perdona que sea tan directa, John, pero en los tiempos que vivimos, qué clase de trabajo te obliga a permanecer tres, cuatro…
―Diez ―ayudó.
―¿Diez? Pues eso, diez años de tu vida atado a un lugar sin poder volver a casa para estar con la familia, o para acudir a un funeral. Eso es devoción y lo demás son tonterías.
     
John la miró con calma. Pensó que era la primera vez, después de tantos años, que tenía que explicar qué lazos lo habían mantenido unido a aquella tierra. Había sido tan obvio en el lugar del que venía… Su vida estaba tan ligada al dolor o a las alegrías que había experimentado allí…
―No es un trabajo, Megan. En realidad yo…
     
La brusquedad con la que la puerta de la calle se abrió dejó en silencio a todos los presentes. Una mujer gruesa, entrada en años y con la cara completamente desencajada, entró pidiendo ayuda.
―¡Megan! ¡Ven rápido! ¡Es Ben! En la calle… Salíamos del supermercado con la compras… y entonces él… él se ha mareado. ―Apenas le salía la voz del cuerpo a aquella pobre señora―. No reacciona… no me dice nada. ¡Corre!
     
Aquella última palabra apenas fue necesaria. Para entonces, Megan había salido disparada en dirección a la calle, con la mitad de los clientes (que debían ser del pueblo) siguiendo sus pasos. A escasos metros se volvió para gritarle a su madre, que observaba pasmada el griterío.
―¡Mamá! Sube a casa y coge mis cosas. ¡Date prisa! ¡Y llama a una ambulancia!
     
John no entendía nada, pero también se fue tras el grupo que seguía a Megan, acuciado por la curiosidad. A pocos metros de allí, un anciano yacía sobre la acera; las bolsas de la compra habían desperdigado su contenido por todas partes. Megan se arrodilló junto a él llamándolo por su nombre, pero el hombre permanecía inconsciente. Entonces comenzó a realizarle una maniobra cardiorrespiratoria. Parecía muy segura de sí misma. Sorprendentemente serena y segura.
     
―¿Quién es ese hombre? ―preguntó John en voz baja.
―Es Ben, tiene una librería una manzana más abajo. Su corazón nunca ha marchado demasiado bien ―contestó uno de los hombres que formaban el corro de curiosos.
―¿Y ella lo conoce? ―dijo señalando a Megan, que seguía presionando sin tregua el pecho del hombre.
―¿La doctora? ―el hombre se volvió para mirarlo como un bicho raro―. Naturalmente. Ben es paciente de la doctora Carter, como la mayoría de los que estamos aquí.
     
John se quedó boquiabierto. Aquello sí que lo había pillado de sorpresa. De modo que Megan no era camarera. Era médico. Probablemente eso era lo que ella había estado a punto de contarle cuando llegó su hijo ―pensó para sí. Obviamente había malinterpretado los hechos. Eso no era habitual en él.
        
La madre de Megan llegó sin aliento hasta su hija con un maletín. Pero ella hizo un gesto claro con la mano. Ya no necesitaría todo aquello. Megan estaba agotada por el tremendo esfuerzo. Dirigió su mirada hacia la pobre mujer que no había dejado de sollozar e hipar durante aquellos interminables minutos.
―Lo siento, Cathy ―Parecía profundamente apesadumbrada―. Esta vez ha sido demasiado para él. Su corazón… no ha podido más. Lo siento mucho… ―Se acercó para abrazar a la mujer que parecía al borde del colapso―.  No se ha enterado de nada. Se ha marchado sin sufri ―decía a modo de consuelo.
     
John pensó que, de algún modo, ambos se parecían mucho. Al menos en la manera de expresar sus respectivas vocaciones. Se acercó a la inconsolable señora, mientras Megan se sentaba en el bordillo de la acera a esperar a la ambulancia.
―Disculpe, Cathy; ¿son ustedes creyentes? ―la mujer asentía sin ser capaz de hablar. Ni siquiera de mirar de dónde provenía la voz.
     
Entonces John se dirigió directamente hacia el hombre que parecía dormido sobre el suelo. Se santiguó y se inclinó sobre él. Murmuró unas palabras y le hizo la señal de la cruz sobre la pálida frente. Entonces pronunció una breve oración.
―Gracias, padre ―dijo la esposa con la voz trémula.
     
John  fue a sentarse junto a Megan. Ella había estado observándolo durante aquellos breves minutos. Lo miró como si lo viera por primera vez.
―Creo que nuestra conversación solo lo ha sido a medias. ¿Debo llamarte padre John?
Él esbozó una leve sonrisa. Escuchar que le llamaban así, siempre le hacía sentirse reconfortado.
―Puedes llamarme John, no te preocupes. Y tienes razón. Han faltado muchas cosas que contar. Encontraremos el momento.
     
La casa familiar estaba tal y como John la recordaba. Las paredes blancas tapizadas de buganvillas rojas que trepaban hacia el piso superior. Allí seguía el enorme ciruelo chino que apoyaba sus ramas sobre el alféizar de la ventana del desván. El cenador cubierto de las flores de glicina, casi oculto tras las vallas del jardín delantero. Y las rocallas sabiamente colocadas salpicadas de margaritas salvajes. Todo parecía estar como siempre. A excepción de los rosales. Esas plantas, que su madre con tanto mimo cuidaba, estaban mustias y apagadas. Saltaba a la vista que no habían sido podadas en mucho tiempo, y sus ramas se habían tronchado por el peso de las rosas que no habían sido recogidas a tiempo, y ahora se estaban pudriendo, secas y deshojadas. John pensó que su padre no había sido capaz de acercarse a ellas porque eran un recuerdo demasiado vivo de la ausencia de su madre.
     
Cuando llamó a la puerta, nadie contestó. Imaginó que, si su padre había salido, no tardaría en regresar. Nunca había sido muy amigo de las tormentas, y el cielo seguía oscureciéndose a pasos agigantados, Las nubes no tardaría en descargar.
     
Se sentó en los escalones del porche a esperar. Tenía el corazón en un puño y los pensamientos sumidos en una plegaria. Ansiaba encontrarse con su padre, con la misma intensidad con la que temía que ese momento llegara.
―Estoy aquí ―pensaba―. Dios proveerá.
     
Fue un viejo perro labrador el primero en aparecer. Olisqueó los zapatos del intruso, para apartarse después con total indiferencia soltando dos ladridos sordos al aire. A pocos metros, hizo su aparición un hombre caminando a paso ligero, que frenó en seco al descubrir un visitante sentado en sus escalones.
     
El rostro de su padre le recordó a una foto estropeada y descolorida por el tiempo. Hasta aquel momento no había pensado que el hombre que tendría frente a sí sería el resultado de una lucha contra los duros embates de la vida. Pero aún así, en su vejez, John reconoció los ojos de su padre, que lo observaban en medio de la incredulidad más absoluta.

―Papá…
Su padre seguía mirándole, intentando reconocer en aquel hombre de piel morena y pelo blanco a un hijo que pensó perdido. No solo en la distancia, sino en los años de ausencia y de dolor. El corazón de John rezaba, mientras veía temblar el delgado cuerpo del hombre que tenía frente a él. Necesitaba unas palabras, fueran cuales fueran su naturaleza. Pero, sobre todo, deseaba que aquel instante detenido abriera una puerta a la esperanza.
     
Y la esperanza se abrió paso. En el momento en el que su padre le abrazó en medio de las lágrimas. Entonces John supo que las heridas abiertas aún podían ser sanadas.

3 comentarios:

  1. La madre que te parió, lo largo que es... ya me podías hacer un resumen jajajajaja espero que den suficiente tiempo para las votaciones, porque del tuyo me he leído dos párrafos y porque me ha pillado aquí, voy fatal de tiempo con lo otro.

    ¿John quién era? que no me acuerdo, oiga.

    Anda porfi, ponme al día para no tener que investigar los anteriores :) Es que hemos tardado tanto en publicar que estoy en blanco. Mañana prometo terminarlo!
    Besotes

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  2. jajaja.... ya sabía yo que os iba a dar un sopipando cuando tuvierais que leer el séptimo desafío de la ronda. Cuando lo leas ya te acordarás de quien es John. Pero te adelanto que el prota es el chico que se salvó en el pasado de la loca por los pelos ¡¡¡ Animo con lo tuyo!!! Quien la sigue la consigue Sarita!!

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  3. ¿Un cura? jajajajaja ¿Has metido un cura? no me lo puedo creer me parto contigo Maria jajajajajajaa Escribe esta novela, por favor, que al paso que vas no le va a faltar un perejil para que te compren los derechos los americanos para una peli...

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