martes, 20 de octubre de 2020

Libertad

 


En el convento de las clarisas andan como locas buscando a sor María. Desde que la señorita de la casa grande entregó a su hija como ofrenda por sus pecados, las monjas han tenido a la criatura en guarda y custodia. La desaparecida tiene diecisiete años, cara de ángel y unas manos que huelen a almendra y canela.

Cuando es ella la que elabora el bienmesabe, la comarca entera desfila por el torno para comprar el dulce. Dicen que un don de cuatro siglos se ha concentrado en una sola alma. Ahora el bizcocho de plantilla ablanda los corazones más duros, y el almíbar de cidra emborracha los sentidos. Cada ingrediente parece caído del cielo. Salvo los huevos. Solo la madre superiora sospecha que es el mismo diablo quien los ha traído, tentado por el manjar de la clausura.

No debió dejar que fuera María la que abriera la puerta de la cocina a los proveedores. Desde hace días hay un aroma que no casa con el postre: una sutil fragancia a aceituna que impregna el pelo de la chiquilla.


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