sábado, 17 de octubre de 2020

Nuevos caminos


Foto de Juan Ibáñez, 2013


El viento de la modernidad callejeaba por las cuestas empedradas silbando bajo las puertas de las casas; todos habían acudido a la asamblea. Un espeso bosque rodeaba el pueblo, y las ramas de los árboles agitaban sus hojas con fuerza a modo de protesta. Dentro del salón, el alcalde saludaba ufano a los vecinos que iban desfilando frente a la diosa del progreso: un modelo a escala de la nueva central eléctrica. Los forasteros invitados hablaban sin parar de los beneficios de su proyecto, y con cada palabra llovían promesas que suavizaban las manos agrietadas, arrumbaban los aperos, y asfaltaban los caminos. Se observaban unos a otros y asentían complacidos, aguardando que llegáramos los últimos asistentes.

Cuando Nicasio, el viejo pastor, cruzó el umbral, llevaba consigo el olor del campo, su cayado, y una manzana verde de los campos de frutales. Todos sabían de dónde venía. El hombre contempló la maqueta, meneando la cabeza. La madre naturaleza no tenía voz ni voto, pero sí la fuerza de los guijarros que atoraban a su antojo la bajada del arroyo a los riegos. La mitad de la reunión torció el gesto; la otra se miró impaciente. Las dudas flotaban en el aire, mas la prosperidad avanzaba cubriéndolas con una fina manta de oro y deslumbrándolos a todos.

Aguardaban mi llegada, la del miembro más joven de la comunidad, confiando en que el prometedor ingeniero les situara ante una verdad que todos intuían, pero que nadie quería admitir. Cuando hice mi entrada, el edil apretó los puños y el anciano ovejero sonrió. Sin embargo, aquel día guardé silencio. Las ambiciones  que se forjaban en el Ayuntamiento me resultaban ya ajenas, casi tanto como los intereses de un puñado de viejos.

Ahora sé que la tierra que me vio nacer vibró de rabia bajo mis pies, pero entonces apenas pude sentirlo. Mis pensamientos ya habían alzado el vuelo más allá de las lindes de mi pueblo, en una ciudad que me esperaba para ser alguien importante. Todo aquello era mi pasado, y la suerte parecía estar echada. A esas alturas lo que sucediera me era indiferente, de modo que me encogí de hombros y murmuré una excusa para escapar. No me quedaba mucho tiempo que pasar allí y deseaba ocuparlo pescando, pues no había nada que me hiciera disfrutar más.

Nicasio me alcanzó junto a la ribera. Su mano en mi hombro me hizo detener el paso; su rostro reflejaba pura decepción.

―Nunca hubiera imaginado que el hijo de mi mejor amigo renegara así de sus orígenes ―me espetó.

―No creo que merezca la pena enfrentarse con el alcalde. Yo ni siquiera voté a ese tipo, no es asunto mío que ahora os quiera enredar a todos. Mi vida está ya en otro sitio. De cualquier forma, el progreso terminará abriéndose paso, intervenga yo o no.

―Vivir significa tomar partido, aunque no sea para cambiar las cosas que nos beneficien a nosotros mismos. Si no le paras los pies a esa gente con tus argumentos, todo estará perdido para este pueblo―. El anciano se quedó un momento en silencio y prosiguió:  ―Mírame, Antonio, probablemente sea el hombre menos instruido de estos lares; solo tengo mi rebaño y el monte y, sin embargo, hace tiempo que entendí que no hay mayor analfabeto que quien se mantiene mudo y ciego ante las decisiones que le rodean.

Entonces no entendí las palabras de aquel hombre, y simplemente opté por seguir mi camino.

―No quiero líos ―concluí. Esa tarde fue la última vez que vi al pastor.

Los años fueron pasando lejos de mis ancestros; prosperé y me convertí en un hombre influyente y, peleando por alcanzar mis sueños, logré mi mayor triunfo: erigir un puente sobre el mar que acercara pueblos y culturas. El tiempo pintó canas en mi cabeza y dio paso a los recuerdos. Me los devolvió una mañana de labios de mi hijo más pequeño.

―Padre, de mayor también quiero construir futuro, porque eso me dará la posibilidad de cambiar las cosas como haces tú.

Aquellas palabras removieron mi conciencia, haciendo que el mundo se tambaleara a mis pies. Añoré mi infancia y mi juventud, y el olor a campo que inundaba los caminos. Y recordé que una vez fui neutral, me desentendí y dejé de ser voz para otros. Miré a mis hijos y tomé la decisión de volver las cosas a su lugar antes de que la vergüenza borrara de mi mente los acontecimientos del pasado.

Regresé al pueblo y lo encontré distinto. Las casas habían crecido al mismo ritmo que menguaron los terrenos de cultivo. La central acercó la riqueza y alejó los aparejos de labranza, igual que trajo a los especuladores y se llevó a los ancianos, que desaparecieron con los huertos y el ganado. Convertido en una sombra de lo que fue, me propuse remendar la herida infligida a la tierra, y me postulé para alcalde.

Estos días el bosque se levanta más verde, regresan los niños a las calles y corre de nuevo la vida en la fuente de la plaza. Hoy empiezan las obras para desmantelar la central y llevarla al otro lado de la montaña. Al fin, voy de nuevo a pescar; me siento parte del paisaje y de la historia que se empieza a escribir en este lugar. Y así, con el espíritu sosegado, lanzo el anzuelo al agua. Mas ¿a quién pretendo engañar? Maldigo el día en que no dejé actuar a mi conciencia ni me involucré con la verdad. Me duele el alma al comprobar que la corriente es turbia y que los peces dejaron de crecer en este arroyo.

 En la otra orilla me parece distinguir al viejo Nicasio con sus ovejas. Meneando la cabeza, como siempre.

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