martes, 26 de octubre de 2021

Acuarela de una mañana de verano

 


Un tintineo acuoso de cantos rodados y conchas marinas resuena en el bolsillo de Miguel. Lleva desde bien temprano recogiendo tesoros en la playa, y celebra sorprendido el hallazgo de una caracola del tamaño de su mano. La ha guardado con cuidado en la mochila y, con los brazos en jarras, deja que la brisa le revuelva el pelo y empape de sal el tornasol de su piel morena. Desde el paseo, un forastero dispara su cámara cautivado por la estampa a contraluz, convencido de que el cenachero de bronce, que dejó en el parque minutos atrás, ha escapado de su pedestal al reclamo de las olas.

El tiempo apremia en los ojos del chiquillo, que se baja las perneras enrolladas del pantalón y camina hacia su bicicleta. Una nuble solitaria y blanca, desorientada en la inmensidad azul, vigila sus movimientos. A vista de pájaro, la actividad de una ciudad que despierta se mezcla con el graznido de las gaviotas que vuelan hacia el mar. Y más abajo, junto a una catedral huérfana de una de sus torres, descubrimos a Miguel pedaleando con energía.

El aire huele a salitre y a café, y a la tierra tostada que anuncia la entrada del terral. Una lengua de calor lame los montes en dirección al puerto, aunque aún no ha alcanzado la urbe. A estas horas, la calle Larios permanece fresca bajo sombras inventadas, y recibe señorial el asalto del chico desde una de sus callejuelas laterales. Este es el mejor momento del día, sin el ajetreo de paisanos y turistas que todavía no han ocupado terrazas y tiendas. Solo los sonidos de las voces procedentes del mercado interrumpen los pensamientos del joven ciclista que, con la vista puesta en los adoquines, acude fiel a su cita de cada sábado.

Un nuevo quiebro lo adentra en la bulliciosa vida del barrio y, casi alcanzado su destino, se detiene en el corazón de una plaza que le espera para un nuevo ritual. En ese lugar, las horas parecen seguir soñando.

Si nos acercamos con sigilo, podemos ver cómo de las ramas de un enorme árbol cuelgan libros igual que valiosos frutos; y observaremos a Miguel girar a su alrededor buscando un ejemplar que haya alcanzado su punto de maduración.

―Llévale este ―le dice el hombre que los custodia―. Estoy seguro de que le gustará.

Sobre sus manos sostiene un libro herido. Un fuego reciente ha quemado alguna de sus esquinas y le ha dado el aspecto de un viejo pergamino, pero los poemas han sobrevivido intactos en su interior.

Diez campanadas marcan puntuales sus pasos escaleras arriba y, junto al ventanal del amplio salón, una anciana de mirada perdida inunda un lienzo de pinceladas azules.

―Ya estoy aquí, abuela ―susurra el muchacho mientras le besa la mejilla.

Ella lo mira confundida, pero en seguida cambia el gesto al recibir en su regazo el puñado de joyas que su nieto le ha traído. Con las manos temblorosas lleva instintivamente la caracola hasta su oído y cierra los ojos.

Nadie lo percibe, pero en su memoria han despertado las mañanas de espuma y sal de su niñez. Las mismas que jamás dejó de pintar con su paleta de colores mientras una vejez prematura le robaba sus recuerdos.

Porque hay luces, y horizontes, y sueños, que quedan impresos para siempre en la retina de quien vio amanecer alguna vez en la Costa del Sol.

Sobre los tejados de Málaga sobrevuela la voz tenue de un muchacho lanzando al aire los versos de Jorge Guillén.


Relato finalista en el I Concurso de Relatos Cortos «Verano Malagueño», de «Made in Málaga».


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