martes, 9 de noviembre de 2021

Igor A. Normal

(Inspirado en la película «El jovencito Frankenstein»)


Mi padre, Igor Antonio Normal Pérez, era un tipo poco agraciado: de aspecto patibulario, quitahipos y jorobado; con ojos saltones y mirada panorámica. Trabajaba de mancebo en una farmacia regentada por un matrimonio joven, sin otro menester que limpiar y ordenar fórmulas magistrales, porque, de feo que era, el dueño no lo dejaba salir a atender para no incomodar a la clientela. Pero el buen hombre supo gestionar el déficit de hermosura con otra gracia. Y, mientras el farmacéutico despachaba recetas a destajo, él se trajinaba a su mujer en la rebotica con su única lindeza.

Parece ser que de ella heredé mi sonrisa pícara y el bamboleo de mis seductores andares; de padre, huelga decirlo.

Siempre estuve convencido de que algún día donarían su cerebro a la ciencia. O lo otro.

Se me acaba de ocurrir una idea.


 

domingo, 7 de noviembre de 2021

Manos de arrullo y costurero


El caserón se ha llenado de una luz inusitada, y un balbuceo infantil inunda las estancias. La llegada de una criatura nueva despierta la ternura de la vieja niñera que tararea una nana para velar su sueño. Pero no puede tocar el cuerpecito con olor a pan mientras el llanto de una madre aterrada quiebre los cristales de las ventanas y haga crecer telarañas en su delantal de encaje.

Paciente, le recordará cada noche que está ahí para cuidar de su bebé. Al final, la locura siempre hace ceder a los vivos.

Y ella podrá regresar a la torre para poder coser sus ojitos de botón, como a todos sus niños.

 

viernes, 5 de noviembre de 2021

Pescadores

 


En su eterna competición por ver quién lo tiene más grande, Alfonso le ha mostrado la foto del último atún que ha pescado. Un ejemplar de doscientos kilos que le restregará por la cara durante el resto de su vida. Mateo, negro de envidia, no para de despotricar de su rival e insiste en que la imagen está trucada.

Esta mañana, tras un estruendo apocalíptico, ha caído del cielo un descomunal escualo destrozando el tejado de su casa. Su mujer grita que ha sido el karma y no un hidroavión del Infoca transportando un polizón, como informan las noticias. Y, mientras la mujer lamenta su mala suerte, Mateo sale feliz al exterior con su cámara, dispuesto a desbancar a «ya sabemos quién».


miércoles, 3 de noviembre de 2021

La larga siesta de mi princesa

 


El día del accidente, las manecillas se desplomaron en tu reloj de pulsera para marcar eternas las seis y media. Y el tiempo, con su obscena crueldad, ha seguido avanzando impasible. Até cada aguja que encontré al instante señalado con los lazos de tu pelo, y he dejado encerrado en tu dormitorio infantil al pájaro cuco, que, desconcertado, ya no puede cantar las horas en punto. Hoy he intentado subir hasta la torre del ayuntamiento para silenciar el carillón que devora los minutos que no controlo, pero tu padre me lo ha impedido.

Yo le he gritado que, aunque me cueste la vida, mantendré intactos tus sueños donde los dejaste dormidos.

Hasta que consigas despertar.


lunes, 1 de noviembre de 2021

La última ronda

 


El viejo Antonio, farol en mano, sube la cuesta del cementerio inglés. Bajo sus pasos cansados solo crujen las flores secas de la buganvilla y, cubiertas por la hojarasca, duermen las lápidas de almas extranjeras enterradas en suelo sacro. Ya son cincuenta los años que el mismo guarda custodia los fuegos fatuos del camposanto abandonado, pero hoy el eterno silencio ha mudado en un murmullo blando y dulzón que lo acompaña en su paseo.

Le escuchó decir a la castañera que la Parca se anuncia con olor a flor marchita, y que uno adivina su hora final cuando observa a los fantasmas vagar al ocaso.

El bueno de Antonio anticipa su muerte con la vista aguada de nostalgia y una soledad íntima que lo ha acompañado durante años, desde que su hermosa Jane le dejó para siempre. La locura hace ceder a los vivos, por eso lleva un rato caminando entre los mausoleos y poniendo rostros a los inquilinos olvidados del lugar, que lo saludan con respeto y gratitud.

Al alcanzar la ansiada tumba, su corazón estalla como un volcán y se quiebran sus piernas. Pero su cuerpo ni siquiera roza el suelo, el abrazo cálido de su amada esposa ha sostenido al vuelo su caída.


Relato ganador del Monstruoscopio 2021, de «Esta Noche Te Cuento».


martes, 26 de octubre de 2021

Acuarela de una mañana de verano

 


Un tintineo acuoso de cantos rodados y conchas marinas resuena en el bolsillo de Miguel. Lleva desde bien temprano recogiendo tesoros en la playa, y celebra sorprendido el hallazgo de una caracola del tamaño de su mano. La ha guardado con cuidado en la mochila y, con los brazos en jarras, deja que la brisa le revuelva el pelo y empape de sal el tornasol de su piel morena. Desde el paseo, un forastero dispara su cámara cautivado por la estampa a contraluz, convencido de que el cenachero de bronce, que dejó en el parque minutos atrás, ha escapado de su pedestal al reclamo de las olas.

El tiempo apremia en los ojos del chiquillo, que se baja las perneras enrolladas del pantalón y camina hacia su bicicleta. Una nuble solitaria y blanca, desorientada en la inmensidad azul, vigila sus movimientos. A vista de pájaro, la actividad de una ciudad que despierta se mezcla con el graznido de las gaviotas que vuelan hacia el mar. Y más abajo, junto a una catedral huérfana de una de sus torres, descubrimos a Miguel pedaleando con energía.

El aire huele a salitre y a café, y a la tierra tostada que anuncia la entrada del terral. Una lengua de calor lame los montes en dirección al puerto, aunque aún no ha alcanzado la urbe. A estas horas, la calle Larios permanece fresca bajo sombras inventadas, y recibe señorial el asalto del chico desde una de sus callejuelas laterales. Este es el mejor momento del día, sin el ajetreo de paisanos y turistas que todavía no han ocupado terrazas y tiendas. Solo los sonidos de las voces procedentes del mercado interrumpen los pensamientos del joven ciclista que, con la vista puesta en los adoquines, acude fiel a su cita de cada sábado.

Un nuevo quiebro lo adentra en la bulliciosa vida del barrio y, casi alcanzado su destino, se detiene en el corazón de una plaza que le espera para un nuevo ritual. En ese lugar, las horas parecen seguir soñando.

Si nos acercamos con sigilo, podemos ver cómo de las ramas de un enorme árbol cuelgan libros igual que valiosos frutos; y observaremos a Miguel girar a su alrededor buscando un ejemplar que haya alcanzado su punto de maduración.

―Llévale este ―le dice el hombre que los custodia―. Estoy seguro de que le gustará.

Sobre sus manos sostiene un libro herido. Un fuego reciente ha quemado alguna de sus esquinas y le ha dado el aspecto de un viejo pergamino, pero los poemas han sobrevivido intactos en su interior.

Diez campanadas marcan puntuales sus pasos escaleras arriba y, junto al ventanal del amplio salón, una anciana de mirada perdida inunda un lienzo de pinceladas azules.

―Ya estoy aquí, abuela ―susurra el muchacho mientras le besa la mejilla.

Ella lo mira confundida, pero en seguida cambia el gesto al recibir en su regazo el puñado de joyas que su nieto le ha traído. Con las manos temblorosas lleva instintivamente la caracola hasta su oído y cierra los ojos.

Nadie lo percibe, pero en su memoria han despertado las mañanas de espuma y sal de su niñez. Las mismas que jamás dejó de pintar con su paleta de colores mientras una vejez prematura le robaba sus recuerdos.

Porque hay luces, y horizontes, y sueños, que quedan impresos para siempre en la retina de quien vio amanecer alguna vez en la Costa del Sol.

Sobre los tejados de Málaga sobrevuela la voz tenue de un muchacho lanzando al aire los versos de Jorge Guillén.


Relato finalista en el I Concurso de Relatos Cortos «Verano Malagueño», de «Made in Málaga».


martes, 19 de octubre de 2021

Nunca dejes la puerta abierta


Juraría que he visto pasar la sombra de un animal en dirección a la escalera. Pero, al salir de la cocina, la criatura aún sigue ahí, acechando en el pasillo. Un perro desconocido, de pelaje encrespado y negro, me observa desde la oscuridad. Ha debido de colarse en casa cuando he salido a tender al jardín. No ladra. No gruñe. Solo parece esperar mis movimientos.

Con el pulso golpeando en mi sien y el incesante temblor de mis manos, alcanzo el paraguas que cuelga del perchero y me enfrento a él. Un inesperado chasquido activa el dispositivo y, como un fogonazo, mi arma se abre de golpe. Mientras el pánico se apodera de mí, la bestia escapa hacia la puerta. De un empujón, la cierro.

El ruido ha despertado a Miguel. Lo encuentro temblando sobre el colchón y lo abrazo para calmar su respiración agitada. Ha mojado las sábanas.

―Mamá, hay un monstruo bajo mi cama ―lloriquea.

―No hay nadie ahí, cariño ―contesto mientras siento la sangre congelarse en mis venas.

El perro sigue aullando en el porche. Solo deseo que no esté esperando a su amo.


lunes, 18 de octubre de 2021

Papá Vesubio


Para cuando el volcán entró en erupción, ya teníamos la sonrisa de ceniza y tiznada el alma. El estruendo hizo que los tabiques de casa temblaran y el reloj de pared cayera al suelo, grabando la hora en nuestras retinas.

Esta vez su furia nos cogió desprevenidos, y mamá se interpuso para marcar mi camino de huida. Pero una lengua de lava ardiente le alcanzó la piel, dejando una nueva quemadura.

Y, aunque aquella mañana volvimos a amanecer petrificados, pasó mucho tiempo hasta que el sol nos descubrió abrazados bajo la cama en nuestra pequeña Pompeya.