jueves, 14 de octubre de 2010

Reserva del 53 (2ª Parte)


   


A veces sentimos que el mundo nos pertenece y tejemos sobre él nuestro propio camino. Si conociéramos el futuro, sería más sencillo enfrentar el destino y preparar el corazón para sus juegos y embates. Pero, quizás entonces, nunca aprenderíamos a levantarnos y seguir avanzando fortalecidos por la caída.


California, 1995.

Robert atravesó, con paso agitado, el corto recorrido que separaba el cobertizo de la casa y se detuvo antes de entrar. Se quedó mirando la punta de sus zapatos mientras intentaba tranquilizar su ánimo. Tenía el semblante serio. Se sentía tremendamente contrariado por la escena que acababa de presenciar e intentaba controlar un sentimiento que era incapaz de definir. Desde donde estaba, podía ver su imagen reflejada en una de las cristaleras que daban al jardín. Reparó en las canas, que empezaban a blanquear sus sienes, y en sus ojos, que ahora parecían algo más pequeños y apagados. ¿Y había ocurrido aquello en los últimos cinco minutos? Respiró hondo un par de veces antes de girar la cabeza para descubrir que su padre lo observaba con curiosidad desde el otro lado del jardín.

—¿Te encuentras bien, hijo?
Peter Saint-James conocía bien a su hijo, y sabía que en aquel momento intentaba contener su enfado por alguna razón; quizás porque no estaba justificado, o bien porque la razón de su existencia andaba de por medio.
—¡Por todos los demonios, papá! ¡Acabo de pillar a tu nieta besándose con Gabriel en el cobertizo! ―Anunciarlo en voz alta pareció serenar su irritación.
—¿Carol? —El abuelo había acertado en su apreciación inicial—. ¿Con el hijo de nuestro capataz? Vaya, después de todo parece que tu madre tenía razón. Siempre ha sido especial para detectar esas cosas.
—¿Para detectar qué? —Sofía salía en aquel momento de la casa en dirección hacia los dos hombres. Se hubiera alarmado al ver la crispación de su hijo, sino hubiera sido por la tranquilidad con que su marido le estaba hablando.
—Peter ha sorprendido a Carol y a Gabriel en el cobertizo. Besándose. —El hombre la miró con cierta admiración—. Tenías razón, cariño, esos chicos se traían algo entre manos.
—¡Pobres chicos! ¡Menudo susto les habrás dado! ―dijo la anciana, sonriendo.
—¡Pero, mamá! ¡Tiene diecisiete años! No me parece justificable que ande por ahí besándose con cualquiera. ―La miró aún más enfadado—. ¿Y tú lo sabías? No voy a admitir que aplaudas su comportamiento ni que apruebes un acto así como si fuera una chiquillada. No voy a consentir…
—¡Para, hijo! —El anciano hizo un gesto con la mano frenando sus palabras—.  Ten cuidado con lo que dices. Gabriel no es cualquiera; y dudo mucho que tu madre, conociendo a Carol como la conoce, permitiera que tu hija hiciera algo que pudiera herirla, o incluso herirte a ti. No deberías hablarle en ese tono.
 
Sofía cogió la mano de su hijo de manera conciliadora, como tantas veces había hecho. Conocía el carácter temperamental de Robert, igual que sabía de su brusquedad a la hora de reaccionar ante situaciones sobre las que no tenía control. En ese momento, aquel hombretón alto, de ojos azules, estaba enfrentando una situación por la que cualquier padre tenía que pasar.
—Carol ya no es una niña, Robert. Puedo entender que tu orgullo de padre se sienta herido e incluso atacado. Pero es ley de vida. Todos hemos pasado por eso. —La mujer lo miró con una sonrisa blanca que resaltaba sobre su piel morena surcada de minúsculas arrugas—. Lo que más me sorprende es que hayas olvidado tu propia historia, hijo ―dijo ella con una mirada intencionada—.  Si fueras capaz de ver la vida de tu hija con los ojos de tu propia experiencia, quizás serías mucho más abierto de miras.
—Digamos —dijo finalmente su padre— que si nosotros somos capaces de ver estas cosas desde otra perspectiva, no es precisamente por nuestra edad, sino por lo que tú mismo nos forzaste a comprender y a aceptar en su momento.

Robert los miró,  para inmediatamente asentir ante sus palabras. Unas palabras que cayeron sobre su memoria como una verdad indiscutible. Sus padres entraron en la casa. Aquel era un dilema que habría de meditar y resolver directamente con su hija. Se imponía una conversación que tal vez había retrasado demasiado tiempo. Se sentó en el jardín. Estaba atardeciendo,  y la luz rojiza que llenaba el cielo fue calmando sus pensamientos. Se vio a sí mismo dieciocho años atrás, de pie frente a la puerta principal de esa misma casa, aferrado a la mano de Jane. Aquella tarde de otoño Robert temblaba de pies a cabeza y no era, precisamente, el frío de noviembre lo que le hacía sentirse así. Iba a enfrentar su futura permanencia en Real Montealto  a una realidad aplastante en la que la chica que le acompañaba tenía mucho que ver.

Sus padres esperaban su regreso a la hacienda para incorporarse a la gestión del viñedo. Sabía la alegría que había supuesto para su padre que alguno de sus hijos hubiera decidido seguir con la tradición familiar. Seis meses después de aquella noticia, había finalizado sus estudios y el momento de la vuelta había llegado. Solo que, para ignorancia de estos, venía acompañado. Era la primera vez que Peter y Sofía Saint-James se encontraban con su novia. Aquel momento sería decisivo. Decisivo por una razón fundamental. Jane estaba embarazada de seis meses.

Si Robert no había sido capaz de decirles nada era porque temía que su progenitor le hiciese renunciar a su decisión de trabajar junto a él. Estaba convencido de que, de haberle hablado de su relación con Jane y del hijo que ambos esperaban, hubiera interpretado la vuelta a casa como una huida de su responsabilidad. Su padre siempre había sido un hombre dialogante y comprensivo, pero en muchas ocasiones había dudado de su madurez y se lo había hecho patente en varias ocasiones. Tal vez motivadas por las múltiples veces que había cambiado de opinión en cuanto a sus estudios, y la constante indecisión que lo había llevado de un proyecto a otro durante el tiempo que había pasado en Stanford. Necesitaba decirle frente a frente que, si estaba allí, era porque aquel lugar tenía el poder de hacerlo sentir seguro, que adoraba aquella tierra y que sentía que Real Montealto era el hogar perfecto para la que pronto sería su mujer y para el bebé.

Llevar a Jane consigo, y presentarse de sorpresa, había sido una pequeña trampa que había tendido de manera premeditada. Sabía que la idea de un bebé, viviendo en la hacienda, sería una tentación para ellos. Especialmente para su madre. Al fin y al cabo, ese mismo efecto había causado su propio nacimiento en el corazón de su abuelo Leonard.

La presencia de Jane y su abultado vientre los dejó paralizados. La sorpresa dio paso a la mirada interrogante de Sofía y la expresión decepcionada de Peter. No fue una presentación fácil. La explicación de lo evidente no fue agradable para nadie. Especialmente para aquella chica pelirroja que se encontraba lejos de todo lo que conocía, y que apretaba la mano de Robert como si fuera el único vínculo con su mundo real. La calidez de Sofía hizo que la situación se suavizara,  pero no evitó que Peter pidiera a su hijo que le acompañara hasta el despacho. Robert sabía que, cuando volviera a salir de aquella habitación, su futuro en aquella casa estaría decidido.

—¿Me puedes explicar que significa esto? —Su padre miraba por la ventana sin mirarle a la cara. Su voz sonaba sin fuerza—. No espero que me digas cómo has llegado a esta situación. Es tu vida, y no debería entrometerme. Pero el hecho de que te hayas presentado aquí con esa chica me afecta directamente. —Finalmente se volvió hacia él, esperando una respuesta.
—Jane es mi novia, papá —dijo Robert sin dilación—. Llevamos juntos un año. Lo cierto es que al principio no sabía muy bien hacia dónde me llevaba mi relación con ella, y por eso no os había dicho nada. Después… —Robert bajó la cabeza. Nunca había hablado de esos temas con su padre y se sentía algo violento—, después se quedó embarazada y no me sentía capaz de hablaros de ella sin mencionar ese punto. Esperaba encontrar el momento…
—¿Y crees que este ha sido el mejor momento para hacerlo? ¿Qué esperabas exactamente presentándote así en casa? ¿Qué crees que estará pensando tu madre ahora mismo?

Robert tenía la sensación de que aquellas preguntas se las estaba haciendo su padre a sí mismo. De pronto se dio cuenta de que no había sopesado cuáles serían los efectos colaterales de aquella situación. Sus padres tenían bastante que decir al respecto, y en ese preciso instante sintió que su padre estaba más asustado que él mismo.
     
—Lo siento, papá. Temía que creyeras que te había fallado y no quisieras que viniera a trabajar contigo. Pensé que, si conocías a Jane y veías lo bien que estamos juntos, aprobarías que nos quedásemos aquí. Solo intento que me veas como un hombre. ―Buscó los ojos de sus padre para decirle―: Sé que nos has educado a mis hermanos y a mí en la rectitud, y que esperabas que mis futuros hijos se engendraran en el seno de una familia tradicional. Pero esta es mi realidad, y voy a enfrentarme a ella, aquí o en cualquier otro lugar.
—¿Tienes intención de casarte con esa chica?
—Lo siento, papá. Temía que creyeras que te había fallado y no quisieras que viniera a trabajar contigo. Pensé que, si conocías a Jane y veías lo bien que estamos juntos, aprobarías que nos quedásemos aquí. Solo intento que me veas como un hombre. ―Buscó los ojos de sus padre para decirle―: Sé que nos has educado a mis hermanos y a mí en la rectitud, y que esperabas que mis futuros hijos se engendraran en el seno de una familia tradicional. Pero esta es mi realidad, y voy a enfrentarme a ella, aquí o en cualquier otro lugar.
     
—Robert —Peter se acercó a su hijo y apoyó las manos sobre sus hombros—, eres un estúpido si crees que lo que piense la gente, o nuestros clientes, me importa más que mi propia familia. Tal vez algunos padres esperamos que nuestros hijos sigan el camino trazado sobre nuestras propias expectativas. Me niego a pensar que lo que te sucede sea fruto de la improvisación. La vida nos da un amplio margen para cometer errores, hijo —el hombre parecía seguro de sus palabras—, pero eso no significa que no nos vayamos a lamentar en el futuro de haberlos cometido.
—Jane, no es ningún error.  —Su voz sonaba firme—. Tengo fe ciega en nuestra relación y pienso luchar por aquello en lo que creo, cueste lo que cueste.
Robert notó cómo su padre se estremecía. Por alguna extraña razón aquellas palabras habían causado un profundo efecto en él.

Cuando salieron del despacho, las dos mujeres charlaban en el salón. Jane parecía relajada a pesar de la tensión inicial con la que había sido recibida. Ese era el efecto extraordinario que solía producir su madre en las personas. Tenía la virtud de suavizar cualquier situación, por muy tirante que ésta fuera.
     
Jane lo miró y le regaló una sonrisa. Robert pensó, por enésima vez, que el embarazo la hacía estar más hermosa aún. Recordó la primera vez que contempló a aquella chica de pelo cobrizo y nariz respingona. La descubrió en el otoño del setenta y seis, mientras estaba en la universidad. Ella trabajaba en la tienda de cerámica que había justo debajo de su piso en Haight-Ashbury, el antiguo apartamento donde habían vivido sus padres años atrás. Solía parar en la tienda con la única intención de acercarse a ella y verla moverse de un lado para otro con aquellas pintorescas faldas estampadas y las cintas de colores prendidas en el rojo de su pelo. Eso lo había llevado a acumular de manera absurda una inusual cantidad de productos artesanos en todos los rincones de su casa, que no encajaban, en absoluto, con la decoración minimalista, de moda en aquel momento.

Aquella chica tenía un ángel especial. De ella emanaba un aire neo-hippy algo anticuado. Llegó a San Francisco con dieciséis años de la mano de unos padres de origen canadiense y tendencias bastante alternativas. Precisamente, cuando aquel barrio se convirtió en el centro neurálgico del movimiento hippy durante el verano del amor, diez años atrás.

Ese año miles de universitarios, que rechazaban de pleno la guerra de Vietnam, se unieron a aquel emergente movimiento contracultural que luchaba de manera pacífica contra el consumismo, y optaba por un estilo de vida más ecológico. Esa filosofía, que era ahora parte del pasado de Haight-Ashbury, había quedado impregnando de alguna manera el aire bohemio que se respiraba en sus calles. No era extraño que haber pasado tanto tiempo en una familia de ideas liberales  hubiera dejado en Jane unas creencias bastante peculiares. Lo cierto es que aquellos padres, un buen día, regresaron por donde habían venido, dejando que la chica decidiera su futuro por sí misma. No debía haber sido fácil salir adelante sola.

Lo que atrapó a Robert cuando la conoció no fue su gusto por el estilo psicodélico de los Beatles, ni sus extrañas ideas sobre el amor libre, ni siquiera el haber probado el hachís sentado en aquella tienda de aromas extraños. Se enamoró de la sencillez con la que era capaz de contemplar el mundo y su propia vida. Aquella mujer, dos años mayor que él, y de mentalidad tan distinta a la suya, había entrado en su vida arrasando con todos los prejuicios de su acomodada sociedad. Devorando su entregado e inquieto corazón de “rubio burgués”, como ella solía llamarlo.
     
Nada había llenado tanto su vida como perderse con ella en eternos debates existencialistas y terminar amando cada centímetro de su piel, un piso más arriba. Así le daban sentido a las palabras y a las emociones. Ella era su mundo, su felicidad. Una felicidad que se multiplicó por dos al saber que esperaba un hijo. Fue curioso para Robert descubrir que, bajo las ideas liberales que Jane sacaba a pasear con frecuencia para escandalizarlo, se escondían mil dudas sobre los sentimientos de él.
     
—¿Eres feliz, Robert? —le preguntaba una y otra vez.
—¿Acaso lo dudas, pelirroja? —Él no comprendía su inquietud—.  Me tienes justo donde deseabas. Comiendo de tus manos. —La besaba en la mejilla para susurrarle—. Te quiero más que a mi vida.
—¿Y estarás siempre conmigo? —insistía.
―Estaré con los dos ―decía mientras acariciaba su vientre suavemente curvado―. ¿Necesitas algo más que la certeza de mi amor para estar segura? ―Robert estaba más sorprendido que molesto―. Pensé que rechazabas cualquier tipo de compromiso formal.
     
Ella no contestaba. Un silencio que él interpretó con total claridad.
—¡Dios mío, Jane! ¡No sabes cómo me has estado haciendo sufrir! Me quita el sueño pensar en esa desastrosa idea tuya sobre las relaciones humanas y el amor libre. ¿Acaso pensabas que liberarme de cualquier responsabilidad en cuanto a nosotros me iba a hacer más feliz? —Él la abrazó con fuerza, acariciando sus cabellos.

Ella lo miraba esperanzada, como si lo viera por primera vez. Robert la descubrió vulnerable como nunca antes la había visto.
—Jane, tú eres mi vida. No quiero separarme jamás de ti. Dime que serás mi esposa, que te casarás conmigo.
—No lo sé, Robert. —Ella dudaba—. Déjame pensarlo un poco….
     
Y mientras ella lo decidía, a Robert se le ocurrió llevarla a conocer a su familia. Sabía que si llevaba a Jane a Real Montealto y le mostraba cómo era el mundo en el que él había crecido, sucumbiría a la tentación de formar parte de aquello. Era imposible que no sucediera.
     
Robert se incorporó y dejó el jardín en dirección al cenador. Se detuvo sobre uno de los escalones de piedra para desprender una de las flores amarillas que colgaban de la glicinia. Aquel lugar era el favorito de Jane. Estar allí siempre le hacía sentirse cerca de ella. En realidad todos los rincones de la hacienda estaban llenos de su luz y en ellos siempre le resultaba fácil encontrarse consigo mismo.

Mirando atrás podía sentir que había tenido la vida que había deseado. Jane era quien había contribuido a ello. Quizás porque podía descubrir esa misma felicidad en sus ojos siempre que sus miradas se cruzaban. Él había conseguido que aquella mujer se convirtiera en su esposa y ella le había dado su bien más preciado, Carol. Nunca pudo sospechar que esa tierra, testigo de su enorme alegría, sería la que enjugaría sus lágrimas en el mayor de sus sufrimientos. La muerte de Jane.

Nadie puede imaginar cómo es el dolor de una pérdida hasta que siente cómo el corazón se consume y deja de latir en cuestión de segundos. Cuando la policía vino a buscarlo,  fue su padre el primero en recibir el impacto de la noticia. Pero no tuvo que decirle nada. Él ya se hallaba a pocos metros, y el dolor reflejado en sus ojos se lo dijo todo. Recordaba cómo el mundo se había parado y el aire se había vuelto irrespirable. Las palabras se agolpaban en sus oídos, incapaces de llegar hasta su cerebro. Todo su cuerpo era una barrera al paso de aquella verdad. No era él quien estaba allí de pie, inmóvil, con el alma sangrante. Él se encontraba a infinitas horas de aquel instante. En el tiempo detenido. Abrazando su cuerpo y besando su boca.

—Ten cuidado, Jane —le decía mientras ella se zafaba de sus brazos e iba en busca de sus botas de goma—. La tormenta no parece amainar y el arroyo del valle amenaza con volver a desbordarse.
—Cariño, tengo que ir. Las clases no pueden detenerse porque la maestra haya decidido no mojarse. ―Cogiéndole la cara entre las manos, lo besaba de nuevo—. Tendré cuidado al entrar en el pueblo. No te preocupes. En unas horas estaré de vuelta.
Él la abrazaba intensamente, como cada mañana al despedirse. Le gustaba respirar el olor a flores frescas que desprendía su pelo.
—No olvides darle el biberón a la niña cuando despierte. —Se giró sonriente para decirle—: Ya habré regresado para la siguiente toma.
Pero ella ya no volvió. Una curva peligrosa y una calzada empapada la retuvieron para siempre. En aquel momento pensó que nada ni nadie podría sacarlo de aquella oscuridad en la que se había sumergido.

Una familiar punzada de dolor le devolvía a la realidad de su presente. Era curioso cómo la pequeña Carol había hecho renacer en él las ganas de luchar y seguir adelante. La inocencia de su hija, unida al suave consuelo del tiempo, había curado poco a poco el vacío de su alma. Se preguntaba si su adorada Carol habría sido una chica diferente de haber crecido junto a su madre. Probablemente no. Sus padres habían sido una pieza fundamental en su desarrollo. Especialmente su madre. Sofía había jugado un papel esencial en la vida de la niña. Aquella mujer formidable había sido la compañía maternal que Carol necesitaba cuando él se encerraba en su trabajo. La chica era un fiel reflejo de su abuela. Le debía una disculpa a su madre por cómo había reaccionado con ella hacía un rato.

Robert escuchó llegar a los dos chicos, pero ya era demasiado tarde para levantarse de aquellos escalones sin ser visto. Decidió permanecer inmóvil. No deseaba poner al descubierto su posición, eso haría enfrentar de manera precipitada una situación que no deseaba. No en aquel momento. Por otro lado, temía tener que volver a presenciar la escena del cobertizo. O, lo que era peor, que lo descubrieran allí. No sabía qué hacer.

—Será mejor que te marches ya, Gaby. No creo que sea buena idea que mi padre te vea aquí.
—¿Crees que está muy enfadado? —La voz del chico sonaba preocupada.
—Yo diría más bien que bastante cabreado. Tiene que ser un palo encontrar a tu hija besándose con un chico ―dijo ella.
—¿Quién se iba a imaginar que apareciera por allí? ―preguntó él, encogiéndose de hombros—. ¡Menudo corte!
—A mí todavía me arde la cara de la vergüenza ―respondió ella, tocándose las mejillas.
—Espero que no haya represalias. —Gabriel miraba al suelo.
— ¿A qué te refieres? No ha sido tan grave. Solo ha sido un beso. Imagino que no le habrá hecho ninguna gracia, pero no sabría decirte quién se ha sorprendido más.
—Pero tu padre ha sido siempre muy protector contigo, Carol. Como se lo diga al mío, se me va a caer el pelo.
 —Él no va a hacer eso, Gaby. Mi padre no es así. —La chica guardó silencio un instante—. Creo que en estos momentos estará devanándose los sesos, intentando averiguar qué decirme.
     
Robert sonrió para sus adentros, muy a su pesar.
—Se habrá imaginando que vamos por ahí metiéndonos mano —dijo el chico, alarmado.
—Nosotros no nos metemos mano. Es bastante improbable que nos encuentre así. Te lo digo por si guardabas la secreta esperanza de hacerlo ―contestó  ella riendo.
“Esa era su chica”, pensó su padre, triunfal.
—En cualquier caso, rubita, él puede haber imaginado cualquier cosa.
—¿Es que piensas que mi padre va a descubrir América con nosotros? Seguramente nos dé vueltas a ti y a mí juntos. ¿O es que crees que yo he nacido del Espíritu Santo? ¿Sabías que mis padres se casaron de penalti?
—¡No fastidies! —dijo Gabriel, asombrado.
—No le vayas a decir a nadie que te lo he dicho. Le prometí a mi abuela que no lo contaría. La verdad es que creo que le dan demasiada importancia a esas cosas.
—Entonces no te podrá decir nada grave, ¿no?
—Te equivocas. Un padre siempre es un padre. La bronca está asegurada. Sé que el mío nunca ha pretendido ser un modelo para mí, pero le respeto y le admiro mucho. Ha debido ser difícil hacer su papel de padre solo. Sé que quiere lo mejor para mí… –ella suspiró—, aunque a veces no tenga ni idea de cómo hacerlo.
—Eres una buena chica—dijo él, cogiéndole la mano―. Tal vez por eso me gustas tanto.
—Tú también me gustas. Siempre me has gustado. Pero no te emociones demasiado, Gaby. Vamos a pasar este verano  juntos, y después nos volveremos a separar como cada año. No tengo ninguna intención de pasarme el próximo curso llorando por tu ausencia. Soy demasiado joven para eso.
—No seas tan dura conmigo, Carol. Las vacaciones dan mucho de sí.
Robert pensó que aquel chico era un diablo con las hormonas disparadas.
—No sé por qué sospecho que la pillada de mi padre no ha sido suficiente para ti —dijo con una carcajada—.  Anda, márchate. Será mejor que entre en casa cuanto antes.

Ambos chicos se separaron en direcciones opuestas. Por suerte para Robert, con un casto beso en la mejilla. Se alegró de haber permanecido en aquel lugar y, mucho más, de no haber sido descubierto. Hubiera perdido los puntos exactos que lo hubieran bajado de aquel recién descubierto pedestal en el que lo había colocado su hija.

Tal vez, al contrario de lo que él pensaba, Carol estaba aprendiendo a manejar bien los avatares de su adolescencia. Quizás él no lo había hecho tan mal después de todo,  y aquella conversación pendiente podría esperar un poco más. Probablemente eso no había sido nada comparado con las vicisitudes de tiempos pasados y, por qué no, con los designios de un futuro aún por llegar.

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