jueves, 31 de diciembre de 2015

Reparar un corazón


La tela es delicada y hermosa. Su creadora trabaja sin descanso, hasta que una granizada la rasga sin piedad. Se balancea prendida de un frágil hilo, pero en seguida reanuda la tarea. Cuando cese la tormenta, el rocío ocultará el remiendo. Ese será el punto más fuerte de la telaraña.

martes, 29 de diciembre de 2015

Invisible


              Cuando fueron en mi busca para la cena, no me encontraron. A punto de darme todos por perdido, el mayor de mis nietos exclamó: «¡Aquí está el abuelo!»
Quién me mandaría a mí levantarme de mi sillón y sentarme en otro lado.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Mensaje en una galleta


       
    Juan difuminó en su memoria el sabor de unas fechas entrañables, y la vida llenó su corazón de ausencias que se desbordaban cada veinticuatro de diciembre. Si un destello del pasado surgía en forma de parabién, encendía la televisión para empaparse de las injusticias que azotaban la humanidad. Mas los hombres saben mucho de dolor y poco de fe.
Cuando conoció a Sofía, el mundo se volvió más amable, y decidió entregarle toda su existencia. Pero seguía aislándose en esa época especial, mientras ella permanecía fiel a sus tradiciones. Sin embargo, siempre se respetaron su manera de sentir.
En su aniversario, él le regaló un cachorro de labrador.
―¿Dejarás que le ponga el nombre?
―Es tuyo.
―¿Seguro?
―¡Te lo juro por mi honor! ―respondió, riendo.
―Entonces se llamará Navidad.
Jamás imaginó que, en pleno agosto, su mujer osaría llamar así al animal; pero le había dado su palabra. Se pasó el verano invocando la odiada festividad en sus paseos, ante la atónita mirada de la gente.
Dos años más tarde, Sofía enfermó. Al llegar la noche más difícil, ella le besó con amor, acarició el lomo de su perro, y los dejó perdidos en una absoluta oscuridad. Esa Nochebuena, cuando el frío arreciaba, el interior de Juan empezó a congelarse. Navidad se levantó de su rincón para templar los pies de su nuevo amo. El calor ascendente despertó las nostalgias, que hicieron regresar a su esposa horneando aquellas galletas de jengibre que él siempre se negó a probar. Se encaminó despacio hacia la cocina en busca de harina y huevos.
―Vamos ―confortó al animal―. Nada muere del todo, y tú eres la señal que me ha dejado para darle vida a mis recuerdos. Hoy la necesitamos cerca.
Esa noche, una luz diferente brilló en sus ojos.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Estaba escrito


         
           En la ciudad de los expulsados, todos poseen alguna marca que los identifica: la huella de una mordedura de un perro en la muñeca, un arañazo en el rostro de una mano desesperada; incluso heridas aún abiertas en los nudillos por los golpes que asestaron. Pero la mayoría de ellos porta una señal indeleble que trasciende la piel, bajo un corazón oscuro y pétreo: la vergüenza de haber sido rechazados por quienes viven al otro lado de la frontera. Finalmente, se cumplió la profecía.
Las mujeres que se aferraban a las correas de sus defensores de cuatro patas como a la propia vida, dejaron de hacerlo; los gritos que clamaban auxilio encontraron otras voces que acudieron a la llamada, y las personas de bien lograron romper el silencio cómplice y alzaron el rostro para acusar a los feroces criminales. Cesó el miedo, y la luz se abrió paso.
No hubo héroes, ni nuevas leyes, ni siquiera una fuerza sobrenatural que hiciera reaccionar a las víctimas.  Fueron los niños los que pronunciaron el primer «No».  Con palabras frágiles y miradas llenas de preguntas interpelaron al mundo. Ninguno de sus congéneres les contestó; solo la vida les dio respuestas dejándolos crecer y ser hombres y mujeres de verdad. Se convirtieron, con su valor, en escudos de sus madres y hermanas, de sus amigas y vecinas, y todas ellas aprendieron a vestirse con el espíritu de la dignidad. Ningún puño encendido volvió a rozar el cuerpo de una mujer.
Los despreciados fueron exiliados de la sociedad, condenados a mostrar su estigma. Y solo a veces, muy de tarde en tarde, algún chiquillo consigue cruzar movido por la curiosidad y, apenado, les deja una caricia o una sonrisa transparente. Nadie sabe que esa añoranza que despierta en ellos es ahora su peor destierro.


sábado, 19 de diciembre de 2015

La estación del olvido




Un guiño del destino me permitió compartir con mi abuela Carmen el camino hacia la universidad. Coincidíamos en el trayecto hasta su mercería en Teatinos, y llenaba aquel vagón con sus historias. Retazos de su vida traían el sonido de las olas hasta la misma estación y, mientras cruzábamos las entrañas de la tierra, sus recuerdos dibujaban un mar que bañaba toda mi infancia. Tiempo después, la enfermedad del olvido atrapó su memoria.
A veces, voy a buscarla para volver a viajar juntos  y, aunque ella no comprende nada, le devuelvo con besos todas las palabras que me regaló. 

Accésit I Certamen de Microrrelatos "100 palabras en el metro", convocado por el Metro de Málaga.

viernes, 18 de diciembre de 2015

El jardín



Amado esposo:

Nunca debí pedirte que abrieras las puertas del jardín abandonado. Durante estos días sin ti, una oscura sombra se ha instalado en nuestro hogar. Algo crece entre las ramas de los árboles, y se adentra en el camino de madreselva de ese laberinto: un veneno de maldad que se alimenta con el alma de nuestra hija. No es ella; sus pupilas se han dilatado, y su mirada es extraña y sombría, casi cruel. Ayer, hallamos al cachorro de labrador ahogado en el pozo. Mientras lo sacaban, ella se mantuvo indiferente.
Alicia vuelve allí cada tarde y, si intento detenerla, me golpea con una fuerza inusual. Hoy, con una voz dulce y desconocida que me erizó la piel, me pidió que la acompañara. Me he negado, aterrada. Mas debo ir presta. Puedo verla desde la ventana. Lleva al pequeño Samuel entre sus brazos.
Finalmente sabré qué la está devorando.

Seleccionado y publicado en la Antología del I Concurso de Microrrelatos de Terror en honor de Gustavo Adolfo Bécquer y sus Leyendas, de Hipujo Libros.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Silencio, la Reina duerme




El calor de la noche prende llamas en la frente de Isabel. Ni siquiera la frescura de la ribera alivia los muros del Alcázar. En junio, Córdoba no entiende de realeza. Un desvelo interrumpe su sueño, mas no lo causan ni las demandas del genovés ni las tribulaciones de Granada. Lo que amenaza su cordura es el incesante golpeteo de una rueda de molino. Al amanecer, no se despierta muy católica, y ordena desmontar la noria que abastece de agua los jardines.
Mientras la arboleda sufre la escasez, Su Majestad considera que el agua, según para qué usos, está sobrevalorada.

Finalista en el III Certamen de Microrrelatos de Historia “Francisco Gijón”, y publicado en la “Antología de Microrrelatos de Historia 2015”, de Ediciones ML.