domingo, 20 de diciembre de 2015

Estaba escrito


         
           En la ciudad de los expulsados, todos poseen alguna marca que los identifica: la huella de una mordedura de un perro en la muñeca, un arañazo en el rostro de una mano desesperada; incluso heridas aún abiertas en los nudillos por los golpes que asestaron. Pero la mayoría de ellos porta una señal indeleble que trasciende la piel, bajo un corazón oscuro y pétreo: la vergüenza de haber sido rechazados por quienes viven al otro lado de la frontera. Finalmente, se cumplió la profecía.
Las mujeres que se aferraban a las correas de sus defensores de cuatro patas como a la propia vida, dejaron de hacerlo; los gritos que clamaban auxilio encontraron otras voces que acudieron a la llamada, y las personas de bien lograron romper el silencio cómplice y alzaron el rostro para acusar a los feroces criminales. Cesó el miedo, y la luz se abrió paso.
No hubo héroes, ni nuevas leyes, ni siquiera una fuerza sobrenatural que hiciera reaccionar a las víctimas.  Fueron los niños los que pronunciaron el primer «No».  Con palabras frágiles y miradas llenas de preguntas interpelaron al mundo. Ninguno de sus congéneres les contestó; solo la vida les dio respuestas dejándolos crecer y ser hombres y mujeres de verdad. Se convirtieron, con su valor, en escudos de sus madres y hermanas, de sus amigas y vecinas, y todas ellas aprendieron a vestirse con el espíritu de la dignidad. Ningún puño encendido volvió a rozar el cuerpo de una mujer.
Los despreciados fueron exiliados de la sociedad, condenados a mostrar su estigma. Y solo a veces, muy de tarde en tarde, algún chiquillo consigue cruzar movido por la curiosidad y, apenado, les deja una caricia o una sonrisa transparente. Nadie sabe que esa añoranza que despierta en ellos es ahora su peor destierro.


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