domingo, 5 de julio de 2015

Alkímya






Conozco un lugar donde se atesoran las nostalgias de historias antiguas. Regreso aquí a diario para entender la ensoñación que me guía hasta esta figura: un ciervo de bronce con boca de pez que parece percibir mi proximidad. Su exterior ya no devuelve los reflejos que lo cubrían, siglos atrás, cuando el agua lo salpicaba mostrándolo al mundo como un delicioso surtidor. Por alguna razón llevo su forma dibujada en mis palmas y el tacto del metal tatuado en mi memoria.
Al caer la noche, paseo en sueños por desconocidas callejas, y el sonido de una fuente me conduce hasta un jardín cuajado de naranjos, junto a un palacio. Bebo del líquido que mana de uno de los cérvidos de este venero y, al apoyar mi mano, percibo el delicado grabado. Me siento sobre el mármol que los sostiene, y espero.
Despierto al amanecer con la certeza de que alguien acudió a mi encuentro, y vuelvo a este museo en busca de las respuestas que la vigilia me roba; pero el impasible animal de bronce me niega una verdad que nunca llega.
Perdida la mirada en esa búsqueda, una visión me envuelve hasta hacer desaparecer la sala. El grueso vidrio se ha transformado en una celosía y, al otro lado, un joven de tez oscura trabaja con su buril. Reconozco este taller; recuerdo haber deambulado por él en sueños, pero entonces no podía sentir los aromas de las especias. El chico que labra las hojas sobre el lomo del ciervo levanta la mirada y me sonríe. Nos conocemos. El fuerte latido de mi corazón me lo ha revelado.
El mundo se me antoja una falacia de horas inciertas. Cuando me adentro de nuevo en la inconsciencia de este sopor nocturno, desciendo desde el salón califal en su busca. Adoro esta fuente y al ciervo que ornamenta el fluir de sus aguas. Esa es su obra. Después de mil preguntas, al fin puedo tocar sus manos y entregarle mis besos. Y, por primera vez, siento esta vida como algo tangible.
El tiempo transcurre lento en la vigilia. Añoro los momentos de irrealidad perdidos en algún lugar del pasado, porque su magia propicia mis encuentros con él. Por esa razón acudo al museo en horas cada vez más tempranas a buscar el hechizo de la figura tallada y ver brotar el manantial que cada noche calma mi sed.
Hoy, con los ojos clavados en su boca, la visión me ha estremecido. La primera gota surge teñida de un intenso carmesí, y las paredes se desploman convertidas en una cortina de humo que me transporta hasta el salón oriental.
Escucho escondida el eco de la voz iracunda del Califa, que planifica su venganza contra el ingrato súbdito que ha osado poner su mirada en la princesa. Una verdad se derrama sobre mí empapando cada una de mis células. Salima es mi nombre.
El terror me paraliza y provoca un chasquido en mi cabeza que me devuelve al mundo real. Tiemblo mientras conduzco a casa y, con la vista puesta en la sierra, contemplo angustiada las ruinas de la antigua medina.
Un somnífero abre la puerta que mi corazón desbocado mantiene cerrada. Debo cruzar al otro lado y alcanzarlo antes de que lo hagan ellos. Avanzo hasta nuestro rincón secreto y detengo mis pies, cuando el primer trozo de cielo se desploma sobre mí. Él está allí. Ha acudido, como cada noche, al reclamo de mis besos. El dolor de la escena me quiebra las piernas.
El cuerpo de guardia ya le ha hecho prisionero y lo mantiene maniatado y de rodillas. Me mira con el valor inundando sus ojos, mientras los míos vierten lágrimas de desesperación. Apenas un parpadeo, una promesa de amor eterno, y la cimitarra cae sin piedad sobre el cuello del hombre que amo.

Ahora nada puede calmar el desconsuelo que me invade y me quema por dentro. No regresan las ensoñaciones que me devuelven a mi existencia anterior. El corazón sabe lo que mis pensamientos niegan, y es que este amor habrá de esperar otra vida para que mi espíritu se reencarne. No importa cuántos siglos hayan de pasar. La mágica figura de cobre sobrevivirá al paso del tiempo y, de nuevo, acudiré a su llamada.

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