jueves, 1 de enero de 2015

Alma de sal



Cuando la enfermedad del abuelo alcanzó a sus recuerdos, mis padres decidieron traerlo a Madrid; pero no mejoró. Había sido capitán de barco, y aún tenía el azul del mar impregnando el iris de sus ojos. Hace unos años apenas, yo solía sentarme a sus pies para jugar con su vieja brújula, mientras él observaba, impasible, el enorme árbol de nuestro jardín.
Los días nubosos, su mirada se perdía en medio de una tormenta que nadie más podía ver. En casa decían que, cuando la vejez lo separó de las olas, un arrecife de coral creció alrededor de su mente, y su memoria desapareció para nunca regresar. Añoraban el genio bravío y el buen humor que imperaba durante el tiempo que permanecía junto a ellos cuando vivían en la costa.
Había sido un buen padre, pero su felicidad siempre estuvo en la promesa fiel que le había hecho a las mareas. La abuela nunca se molestó con ello y, cuando falleció, él la convirtió en su estrella polar, y seguía saliendo del puerto cada día para compartir con ella su mayor pasión. 
Aquel otoño el abuelo se apagaba. Sin encontrar remedio a su aislamiento, mi familia pensó que estaría bien viajar unos días, todos juntos, a la playa. Aunque nadie decía nada, algo dentro de nosotros nos hacía presentir que aquello era una especie de despedida. La esperanza de ver un atisbo de lucidez en su rostro se había desvanecido hacía tiempo, pero mamá pensó que acercarlo a la costa serenaría su espíritu silencioso. 
El hotel donde nos alojamos esos días se situaba frente al mar; desde que el abuelo se vino a vivir con nosotros, no habíamos vuelto a ir de vacaciones a la Costa Blanca. En aquel tiempo era el verano con su luz el que nos daba la bienvenida. Resultaba extraño estar allí, frente a aquel enorme ventanal de la habitación, contemplando unas aguas tan grises como las nubes que las cubrían.
Fue en ese instante en el que una inesperada ráfaga de aire del litoral levantó las cortinas, cuando el anciano a quien tanto quería pronunció las primeras palabras en años. 
—¡Páseme el catalejo, marinero! ¡Se avecina tormenta por babor!
Nos miramos perplejos unos segundos, para después entender lo que estaba sucediendo. La vida volvió a recorrer sus venas y le dio brillo a sus ojos. Buscó a mamá con la mirada, y ella se acercó emocionada. La llamó por su nombre y, cogiendo su mano, le besó la palma rozando su piel con aquella barba de Neptuno.
Ella lo abrazó con cariño, y se quedó unos minutos junto a él observando el ir y venir de las olas. 
—Volveremos —le susurró al oído.

Ganador del I Concurso de Microrrelatos 40 Aniversario Hotel Meridional.

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