lunes, 27 de mayo de 2013

Cuando olvidas


—No sé —murmura Manuela, compungida. Entonces se da media vuelta y camina despacio en dirección a su cuarto, preguntándose por qué mamá siempre se enfada con ella cuando se pierde algo en casa. 
Sentada delante del tocador, abre el cajón y descubre que las pastillitas azules están allí. Ahora mamá se pondrá muy contenta cuando sepa que las ha encontrado.
Al levantar los ojos, el espejo le devuelve la imagen de una anciana de pelo cano, que no reconoce. Un llanto infantil contrae su frágil cuerpo.


domingo, 26 de mayo de 2013

El pozo de los deseos


El único lugar pintoresco del pueblo era una plazoleta con un pozo en el centro. Un día, el alcalde mandó ponerle un nombre. Entonces, visitantes e ilusos dejaban caer monedas cargadas de sueños. Aquel fue el primer año que el edil se fue al Caribe.


Dulce tentación


        La debilidad de los ángeles quedó al descubierto cuando Dios les concedió un día de mortalidad. Uno tras otro fueron ardiendo en las llamas del infierno. 


domingo, 14 de abril de 2013

El hechizo


He recorrido océanos de tiempo para encontrarte. Me despojé de mi inmortalidad para adentrarme en tu mundo, y no me reconociste. Yo te presentí, como se respira la tierra húmeda antes de que llegue la lluvia. Fue  un hechizo de luna el que cruzó nuestras palabras y atrapó tu mirada.
Al fin alzaste los ojos y me encontraste  esperando tu voz, tu sonrisa... Y respondiste embrujado, demandando deseos jamás imaginados de aventura, vértigos y placer. Así me hallaste, tramposa y bruja, reclamando afectos en tu ciega necesidad y yo, ignorante de la naturaleza humana, vencida a los reclamos de la piel y los sueños. Eras tú entregado. Anestesiado de conjuros. Pero eras mío.
Maldigo el instante en que fui tentada por la humanidad  de mis ojos y de mis manos, que aprendieron a adorarte. Te creí libre para sujetar tu vida a la mía sin más armas que el corazón encendido. Pero al final del día, evaporado el veneno,  tus ojos ya no me vieron y me devolviste a las sombras del olvido.
Inspirada en la frase de El Cuentacuentos: "He recorrido océanos de tiempo para encontrarte."




domingo, 24 de febrero de 2013

Conectados



Al fin pude encajar las piezas de una historia que quedará incompleta. Tengo todas las respuestas y una horrible punzada de  dolor me atraviesa el estómago. Puedo sentir el latido de mi propio corazón, la respiración profunda que acompaña mi cuerpo cuando pienso en él. He abierto la ventana de par en par, y las gotas de lluvia han entrado con furia dentro de la habitación, empapándome la cara. Necesito que el agua despierte al fin mis pensamientos y me muestre la realidad tal y como es.
La mañana es gris, desangelada, y llueve a cántaros. Casi es como mirar dentro de mí. Ahora sé que solo había sido un juego del destino. Pensé que los sentimientos se abrirían paso en la distancia y lo traerían  hasta mí. Olvidé que siempre estuvo lejos, que mis palabras no lo alcanzaron. Ya jamás le entregaré aquel beso que soñábamos a escondidas del mundo, porque la vida ya ha jugado sus cartas.
Él se quedará en casa, protegido de tentaciones y de sueños imposibles. A estas alturas, es probable que ya me haya borrado de su memoria. No. No puede haberlo hecho. Una vez me dijo que me amaba... Las lágrimas me queman la cara, como chispas furiosas que evitan ser apagadas con el agua. Todo se para en este instante. De nuevo este extraño silencio…
Él espera paciente.  El mundo es transparente y limpio bajo un cielo de cristal, como la lente del objetivo de su cámara. Escucha el crujido de la nieve bajo sus pies, el chasquido de una rama al quebrarse. Después, la mañana se hace estática y muda. Sabe que  la foto buscada no llegará. El frío ha detenido la vida, y los árboles apenas respiran bajo el peso de la nieve.       Permanece inmóvil, sus pensamientos están lejos y, cuando intenta hacerlos regresar, no vuelven solos; la traen a ella. El pulso se acelera y calienta sus venas hasta hacer arder su piel. La ha perdido, y su ausencia le ha dejado a oscuras. Pensó que sería más fácil. Sólo un recuerdo al que volver en sus sueños. Pero ella es real. Puede verla con nitidez frente a él, provocando cada una de sus células. Aprieta los puños intentando alejar el vértigo, pero no puede. Añora su voz y las palabras que llegaban cada día inundándolo todo, atrapando su voluntad. Renunciar a ella había sido lo más sensato, lo más honesto. Unas virtudes que se alejan en dirección opuesta a sus deseos cada día que pasa. Le entregó su verdad y ella la hizo suya, aceptando la distancia a cambio de un beso. Un beso que no llegó porque tuvo miedo. Miedo de amarla...
Ha empezado a nevar. Los copos caen despacio, deshaciéndose sobre su rostro, con una humedad inusualmente cálida, como lágrimas. Su corazón se detiene. De nuevo ese extraño silencio...

Foto: A. Molinero

Inspirada en la frase de El Cuentacuentos: "Al fin pude encajar todas las piezas."

miércoles, 13 de febrero de 2013

El día después


Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las más rápidas, ni las más inteligentes, sino aquellas que se adaptan mejor al cambio. Eso era lo que se repetía Óscar cuando llegó al final del camino.
Volvió la vista atrás, y descubrió que el trayecto andado era más ancho de lo que recordaba. Durante el tiempo que lo recorrió, se le antojó estrecho y empedrado. Ahora, desde aquella perspectiva,  la seguridad del terreno le resultó tentadora, y deseó volver atrás. Pero sabía  que eso ya no era posible.
Entonces recordó que aún llevaba la mochila en la mano. No. Todo lo que necesitaba estaba ahí dentro. Alzó la vista y encontró un enorme precipicio frente a él, y se sentó en el borde para reflexionar sobre la situación. De nuevo se encontraba en el filo del abismo, y sin saber muy bien qué hacer.
En el fondo no se estaba tan mal.  Al menos podría descansar durante un rato y disfrutar de todas las experiencias que había vivido hasta llegar allí: el sabor del éxito, los problemas superados, el vértigo del primer amor, las tentaciones vencidas, y las que lo hicieron sucumbir. Pensó que tal vez todo aquello había sido suficiente para satisfacer su existencia.
Acomodó la postura dispuesto a permanecer en aquel lugar de manera indefinida y, al dejar caer de sus hombros la pesada mochila, esta resbaló en dirección hacia la nada. Un acto reflejo hizo que un rápido movimiento de sus dedos lograra frenar el descenso.
 Óscar sintió que el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho. Pensar en la pérdida de aquella posesión alejó de un plumazo toda aquella pereza. La abrió con rapidez para asegurarse de que todo estaba en orden. No había duda, el Tiempo permanecía intacto en su interior.
Aquello era una señal sin duda. Si no aligeraba la carga, terminaría perdiendo todo su Tiempo. Metió la mano en el interior de la bolsa y sacó un puñado de arena blanca, lo sopesó y calculó que le daría un nuevo margen; un año tal vez. Sopló con fuerza sobre la palma de su mano, y un sendero sinuoso y árido apareció frente a él.
Sí, un año sería suficiente. Se puso en marcha y, a medida que avanzaba, iba notando cómo las nuevas ideas que proyectaba sobre su futuro aligeraban el peso sobre sus hombros y ensanchaban el camino. Mientras iba dejando los minutos en las huellas de sus pies, no dejaba de pensar que los cambios, en el fondo, no eran tan malos.

Inspirada en la frase de El Cuentacuentos: "Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las  más rápidas, ni […]",  de Charles Robert  Darwin.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Mi nombre es Gabriel

 
He ejercido muchas profesiones a lo largo de mi vida. Fui pastor en la región de Galilea, cultivé tierras a las faldas del monte Tabor, y recorrí el sur de Israel poniendo mis manos y mi trabajo al servicio de quienes lo necesitaban. Parece que esta vida agradó a mi último jefe y, cuando en mi aliento final temí por mi alma, Él me dio unas alas y la eternidad. A cambio, sólo debía acompañarlo en una importante misión.

Pensó que alguien con mis cualidades sería un buen candidato para anunciar buenas nuevas. Al principio supe desenvolverme con soltura en las tareas encomendadas. Mas, poco después, fue obvio que me había sobrevalorado. Pero es que nadie me advirtió del riesgo al que me exponía. No supe del verdadero peso de mis alas, hasta que María me sonrió.

Eso me costó el puesto de trabajo. He de reconocer que aquel percance me abrió nuevos horizontes: me asocié con un tipo extremadamente listo y, de unos siglos a esta parte, soy el responsable del departamento de recursos humanos. Mi nuevo puesto supuso un leve cambio de imagen: un oscurecimiento progresivo de mis alas y, cómo no, convertirme en una deseable tentación para la predecible debilidad humana. 



Inspirada en la frase de El Cuentacuentos: "He ejercido muchas profesiones en mi vida."

lunes, 10 de septiembre de 2012

Tiempo detenido


Lorea espera, como cada día, sentada sobre las rocas. Los dedos de sus pies apenas rozan la superficie del agua,  dejando suaves ondas concéntricas que se expanden hasta desaparecer. El tiempo se detiene en ese lugar; por eso no le pesan los minutos ni las horas transcurridas junto al mar. Sabe que, más adelante, él regresará. Solo al ocaso, las alas de Lorea apagan su luz y ella se vuelve casi terrenal.

Es en ese breve instante cuando siente con más fuerza la ausencia de su viejo amigo. Añora las intensas conversaciones llenas de preguntas.  Los eternos silencios,  pacientes, sin respuestas, sentados en la cima del mundo. Ella mira al fondo del océano intentando leer en su azul y, a veces, adivina sobre las olas escenas de su vida, y lo siente feliz. La naturaleza libre del Calamarada se sumergió plácida en las rutinas del mar; derrochando  su cálido encanto sobre los seres marinos que, atrapados en su magia, conviven en perfecta sincronía.  

Adormecida en un sueño mortal, permanece su posada abisal,  y en ese mundo  él entrega cada jirón de su piel. Aprende a nadar en un mar en calma,  mientras Lorea  aún se agita con las mareas, sin atreverse a sumergirse en su busca. Los seres del aire temen empaparse más allá de la cintura por miedo a dejar de volar. Quizás él lo recuerde, y extrañe, por un segundo, respirar de nuevo junto a ella. Lorea sonríe; presiente que hoy el chapoteo de sus pies desnudos conseguirá alcanzarlo, donde quiera que esté.