jueves, 8 de enero de 2015

La noche más larga


Un haz de luna atraviesa mi costado y dobla mis piernas. El dolor de una contracción me quiebra el paso, pero las ancianas acuden prestas a sujetarme. Atravesamos el claro y entramos en la Casa Sagrada. El fulgor de la lumbre transforma el interior, y las mujeres trajinan alrededor del caldero. Me esperaban. 
Las ventanas abiertas permiten que entren las ramas de los álamos, y las hojas plateadas vuelan por la estancia para morir en el fuego. Otra punzada en el vientre me deja de rodillas. Ha llegado la hora. Sobre un cálido lecho, mis pensamientos ceden al canto hipnótico de las hechiceras, que me hacen beber una poción amarga. 
Mi cuerpo absorbe los sonidos del exterior y se aleja de allí. Escucho el crujido de la nieve en el deshielo y el soplo gélido de los vientos del solsticio. Vuelvo a esta habitación, donde meses atrás, bajo la atenta mirada de las brujas, entregaba mi naturaleza virginal cabalgando sobre el varón elegido. Su simiente sería nuestra perpetuidad, y su sangre el sacrificio. El goce de aquel instante se transforma en los gemidos de un desgarro. 
Voy a morir; no puede existir agonía semejante. Bramo por un conjuro que ellas me niegan. Conozco el ritual; me preparé para este momento, pero ignoraba la dureza con la que  Madre Tierra exige el pago de sus favores. Cierro los ojos e invoco a Yule. Las voces de las congregadas apenas son ahora un murmullo, y las sombras que proyecta la hoguera se retraen para coger impulso. Debo empujar.
El hielo de las cornisas se derrite como la cera sobre los candiles y, mientras el invierno muere con los segundos, la vida se abre paso con el primer rayo de luz. Es una niña. La protegida del Rey Sol.

Seleccionado y publicado en el I Certamen de Microrrelatos Solsticio de Invierno, de “El diván del escritor”.


2 comentarios:

  1. Asiste la lectura a la calidad que nace, sucesión umbelical de palabras envueltas en rico vocabulario la llevan consigo en todo momento. Un grito de belleza

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  2. Partos complicados para advertir de que en la vida hay que aprender a abrirse paso desde el primer momento y ante cualquier decorado.

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