jueves, 26 de marzo de 2015

El círculo de Afrodita



         Clara se detuvo un instante frente al escaparate de la tienda, junto al portal de su casa. Contempló decepcionada su reflejo, y observó sus cada vez más pronunciadas ojeras y su pelo descuidado. Desde que Lucas nació, apenas tenía tiempo para mirarse al espejo, y sentía que su feminidad se había dado a la fuga hacia algún lugar entre la falta de sueño y el cambio de pañales. No era de extrañar que Martín hubiera perdido interés por ella; llevaban meses sin tener sexo y, aunque él seguía siendo un hombre cariñoso, la pasión se había evaporado igual que el agua caliente de los baños que ya no compartían.
No se lo reprochaba, teniendo en cuenta lo absorta que había estado con su maternidad, pero empezaba a echar de menos la intensidad con la que solían buscarse al principio. Cuando regresó de sus pensamientos y centró la mirada, descubrió los objetos esotéricos que se desperdigaban tras el cristal. Llevaba seis meses viviendo en aquel edificio, pero era la primera vez que había reparado en la actividad real de aquel comercio. Siempre había pensado que allí se dedicaban a hacer tatuajes.
«La Mandrágora. Tarot y rituales», rezaba el cartel de la puerta. Un escalofrío le recorrió el cuello, y tuvo la sensación de que estaba siendo observada. Una chica, en el interior, tenía la mirada clavada en ella. El rostro le resultaba familiar: era la muchacha de ojos verdes que vivía en el piso de abajo, y con la que en alguna ocasión se había cruzado en el ascensor. Esta le desplegó una maravillosa sonrisa y le hizo señales con la mano para que entrara. Como atraída por un imán, giró el pomo y pasó al interior. Un suave tintineo siguió al crujido de la puerta al cerrarse.
—Hola. ¿Estás bien? Te has detenido ahí delante y parecías preocupada. Nunca te había visto pararte, por eso pensaba que...
—Sí, estoy bien, solo un poco cansada. —Clara sintió la necesidad de excusarse—. Y perdona si no he pasado anteriormente por aquí. Es que, no sé, me asustan un poco las cosas de bruj... —se detuvo antes de acabar la frase. 
—¡No te cortes! —dijo ella riendo—, la brujería es para mí lo que para otros la religión. Y no pasa nada porque no hayas entrado antes. Ser vecinas no te obliga a comprarme un amuleto. —Entonces, se quedó callada escudriñando el rostro de Clara, que se sintió desnuda por completo. 
—Y dime —le preguntó al fin—, ¿qué te hace falta?
—¿A mí? Pensé que me habías llamado tú ―respondió desconcertada. 
—Bueno, es posible que yo te haya invitado a entrar. Pero es obvio que necesitas algo. ¿Qué es?
—Pues la verdad es que estoy agotada, y creo que me vendrían bien unas vitaminas —mintió, intentando escapar de aquella conversación—, pero será mejor que busque una farmacia; me parece más apropiado. 
Ni por asomo pensaba contarle a aquella mujer los pensamientos que minutos antes habían cruzado su mente. En seguida supo que no hacía falta.
—¿Para ti o para tu marido? —Enmarcados en la espesa cabellera oscura, aquellos ojos se volvieron asombrosamente felinos. Soltó una carcajada, al ver la cara descompuesta de Clara—. Además de ser bruja, vivo bajo tu casa y conozco el trasiego que provoca tu hijo por las noches. 
El intenso olor a hierbas aromáticas adormecía sus sentidos. «¿Y si fuera una hechicera de verdad?». La pregunta rebotaba en su cabeza. Tal vez aquel encuentro estaba predestinado; nunca se dejaba llevar...
—¿Haces pócimas? —soltó, sin pensar. 
La joven volvió a sonreír. La densa atmósfera que se respiraba allí hacía que la realidad se difuminara por momentos.
—¿Para alguna invocación en especial?
—Quiero volver a ser atractiva para los hombres. En concreto ―rectificó—, para mi esposo. 
La bruja sopesó a su futura clienta con mirada experta, y se dirigió hacia la oscura trastienda. Apenas tardó un minuto en regresar, portando un pequeño frasco.
—Aquí tienes. Creo que esto te servirá. Solo tienes que ponerte este aceite en los labios y besar a quien desees. El sortilegio hará el resto.
Clara miraba con cierto escepticismo el líquido, pero su curiosidad era enorme. 
—¿Cuánto es? —preguntó. 
—La voluntad.
Extrañada por la respuesta, hizo ademán de buscar en su bolso. 
—No me has entendido, Clara. ¿Es tu nombre, verdad? Yo no cobro por mis hechizos de esa manera. A cambio de ellos, mi cliente se compromete a devolvérmelos con una pequeña porción de su "voluntad" ―puso especial énfasis al pronunciar la palabra por segunda vez—. No te asustes, la manera en la que suelo cobrar no tiene ninguna intención perversa. Solo se trata de una cadena de favores. Me harás una concesión a la que no podrás negarte, porque me habrás entregado tu firme intención de llevarla a cabo; así se cierra el círculo.
—¿Pero dañará a alguien? —Empezaba a preocuparse por el cariz que estaban tomando los acontecimientos. 
—Generalmente provoca el efecto contrario ―respondió con una sonrisa misteriosa. 
Clara no terminaba de comprender, pero, por momentos, ese frasco transparente se le antojaba una necesidad. Asintiendo con la cabeza, aceptó la transacción. 
La hechicera se acercó a ella, le apartó un poco la blusa hacia un lado y colocó el dedo índice a la altura de su corazón. Presionó con suavidad, hasta que una extraña huella color púrpura quedó marcada sobre su piel. 
—Es el sello de nuestro contrato —susurró—. Cuando hagamos el cambio, desaparecerá de ahí. Ya sabes, favor por favor. 
Al abandonar la tienda y sentir el aire fresco en la cara,  tuvo la sensación de haber despertado de un sueño. 
Era tarde ya. El niño al fin se había dormido, y Clara decidió darse una ducha para relajarse. Ya estaba secándose, cuando escuchó la puerta de la entrada. Martín acababa de llegar. Fue a buscarla, la saludó con un beso en la mejilla y siguió hacia el dormitorio, ensimismado en sus pensamientos. Ella volvió a contemplar su reflejo frente al espejo por segunda vez aquel día; sentía que se estaba volviendo invisible. El recuerdo del frasco que guardaba en el bolso hizo que se fijara en la pequeña marca del pecho: seguía intacta. No tenía nada que perder, de modo que, aún desnuda, fue a buscar el botecito y deslizó un dedo empapado de aquel ungüento por sus labios. 
Él se quitaba la ropa sentado sobre la cama cuando ella se acercó despacio y, con toda la naturalidad de la que fue capaz, le besó. Mientras un frío extraño adormilaba su boca, una quemazón inusual le hacía llevarse la mano al pecho. Fue tan rara la sensación, que por unos segundos no se dio cuenta de que los dedos de su marido se deslizaban ascendiendo por sus piernas. Sin pronunciar una sola palabra, la atrajo hacia él y la tumbó sobre el colchón. No recordaba la última vez que la había poseído de una manera tan salvaje, pero la hizo sentir intensamente deseada.
Complacida con las agradables emociones que aún le provocaban las caricias de Martín, pensó que, después de todo, esa ayuda adicional que le había proporcionado la magia terminaría despertando sus cuerpos tanto tiempo dormidos. En la penumbra de la habitación, recostada sobre él, distinguió, desconcertada, dos huellas de color púrpura en el pecho de su aún jadeante esposo. Al parecer, la chica de abajo había hecho más de un cliente entre los habitantes del vecindario.
Quiso ignorar la desazón que le provocó aquel descubrimiento. Se puso una camiseta para esconder la peculiar rúbrica, y decidió que hasta el día siguiente no indagaría acerca de las peticiones que él le habría hecho, por dos veces, a la bruja. Pero esa noche, por mucho que lo intentó, no pudo conciliar el sueño.
Después de darle muchas vueltas, Clara llegó a la conclusión de que sería mejor no pedirle explicaciones. Hasta su cabeza llegaron los recientes acontecimientos que habían transformado el talante pesimista de su esposo en un optimismo desbordante: la publicación de su segunda novela, y el incremento de las ventas de su obra en el último mes. Aquellos tenían que haber sido los deseos que había cambiado por dos fracciones de su voluntad. Tal vez solo debía esperar un poco a que ambos saldaran sus deudas. Era posible que, si él descubría lo que ella ambicionaba, se sintiera utilizado, de modo que decidió mantenerlo en secreto. 
—Esta mañana estás preciosa —le dijo al encontrarla en la cocina—. Hoy llegaré tarde, tengo una reunión con mi editor a última hora —le comentó. Antes de salir se volvió para darle un apasionado beso.
Las reminiscencias de la noche anterior le produjeron a Clara un suave cosquilleo en la espalda. Definitivamente, era una suerte haberse cruzado con...
—¡Martín! —le gritó antes de que cerrara la puerta de casa—. ¿Tú sabes cómo se llama la vecina de abajo? 
—María —respondió ya fuera. 
«Qué nombre tan poco sugerente para una hechicera», pensó, levantándose para buscar a Lucas. Mientras, al otro lado de la puerta, el rostro de Martín mostraba preocupación. La pregunta de su mujer le había pillado desprevenido.
Aquel día, las obligaciones y la rutina se le antojaron menos pesadas. Ardía en deseos de volver a experimentar las emociones de la noche pasada, y pensó que tal vez ya no necesitaría tener que recurrir al brebaje milagroso. Sin embargo, el aspecto cansado y la mirada esquiva de Martín le hicieron presagiar que él no venía muy dispuesto a saciar sus expectativas. Apretó el pequeño recipiente en su puño, y con gesto cariñoso rodeó a su marido con los brazos. En cuanto colocara el aceite en sus labios, sería suyo de nuevo. Intentando liberarlo del agotamiento, empezó a aligerar su carga desabrochando poco a poco su camisa, y con el último botón sintió que el corazón se le paraba. Una de las marcas ya no estaba allí. 
Si bien había podido olvidar durante unas horas las razones que habían dibujado aquellas huellas ovaladas en su piel, ahora era incapaz de borrar de su mente la oscura idea de que su desaparición era un mal augurio. Tuvo la sensación de que una enorme grieta se abría entre ellos, y que su profundidad la iba horadando una incipiente mentira. Se miraron durante un instante y, mientras ella esperaba que le contara la verdad, él la besaba en la frente dejando una excusa en sus oídos y mil preguntas en el aire. Decidió guardar el frasco en el cajón de la mesilla. 
Clara no había dormido nada y, a pesar de que Martín había amanecido comportándose con total normalidad, el miedo de la incertidumbre se había instalado en su interior. Necesitaba saber, pero él no parecía dispuesto a decir nada. Tenía que encontrar otra manera: María. Ella podría explicarle qué estaba sucediendo y, si se negaba a contárselo, le ofrecería cuantos favores le pidiera. Pero no podía seguir con esa desazón; la inquietud por no conocer cuál era el precio que su marido pagaba por sus deseos cumplidos la iba a volver loca. «¿Y si la bruja le había mentido? ¿Y si terminaba dañando a Lucas o a ella? ¿Y si...?». En cuanto todos salieron a la calle y hubo dejado al niño en la guardería, hizo el camino de vuelta hasta la tienda para resolver sus dudas. 
La encontró cerrada; apoyó la frente en el cristal, pero no parecía haber nadie dentro. Tal vez la chica estuviera aún en casa. Probaría suerte. Mientras subía, intentaba ordenar sus ideas. Aún no tenía demasiado claro qué le iba a decir cuando estuviera frente a ella. Si la situación hubiese sido a la inversa, no le habría gustado que la maga le confesara a su marido de qué iba aquella historia. Quizás se ablandase cuando la viera en aquel estado; se había mostrado muy comprensiva la primera vez que se encontraron. 
Cuando llegó al piso y tocó el timbre, le sorprendió comprobar que estaba desconectado. La puerta, ligeramente entornada, alertó sus sentidos. La llamó por su nombre, pero nadie parecía responder. Una fuerza desconocida la impulsó hacia el interior, y se quedó quieta unos segundos en la entrada. El pasillo estaba en penumbra y un suave parpadeo rojizo se filtraba desde una de las habitaciones. Clara avanzó con sigilo; la curiosidad que la arrastraba en aquella dirección era demasiado poderosa. Ya en el umbral de aquel cuarto, pudo escuchar los gemidos persistentes de una mujer. Empujó la puerta. 
Lo que vio la dejó blanca como el papel. Entre la tenue luz de unas velas rojas, María disfrutaba en el dormitorio, a horcajadas sobre un hombre. Su larga melena caía hacia delante moviéndose al vaivén de los rítmicos jadeos. Clara contempló la creciente excitación de unos cuerpos que se precipitaban hacia un clímax inminente. Se quedó paralizada. La hechicera, situada frente a ella, levantó la cabeza y la miró sonriente. Llevó su dedo índice hacia los labios, ordenándole silencio. La exclamación de placer que surgió de su compañero de juegos se cruzó con el grito desgarrador de Clara. 
—¡Hijo de puta!
Martín se incorporó desconcertado. Ya no quedaban restos de marca alguna en su pecho. Ella sentía unas inmensas ganas de vomitar, y las piernas le temblaban. Se negaba a creer que aquellos fueran los favores que esa víbora se hubiera cobrado de su marido. Había sido engañada como una estúpida, aunque algo en su interior le decía que la culpa había sido suya, por ingenua. 
Deseaba que la tierra se abriera bajo sus pies y se la tragara. Veía a su marido infiel vestirse con precipitación, pero su mente se empeñaba en ralentizar la escena, desgarrándole poco a poco el corazón. Se miraron a los ojos; él con la culpa dibujada en los suyos, y ella con una decepción indescriptible.
—Clara —apenas le salía la voz—, lo siento, yo…
Se giró sobre sus talones, dispuesta a salir de aquel infierno; pero la mano de la bruja se lo impidió, aferrándose a su brazo.
—No lo culpes —exigió con total determinación—. No tenía muchas opciones. Nunca se debe subestimar el poder de la magia. Él estaba obligado a ceder a mi petición, y nada podía impedir que lo hiciera. Esa porción de voluntad era mía. 
—¡Me aseguraste que no nos dañaría! —le escupió llena de ira—. ¡Y nos has destruido!
—No te mentí. Te dije que mi intención no era perversa. Todo depende de lo abierta de miras que puedas ser —se quedó observándola un instante—, y obviamente no lo eres mucho. En cualquier caso, te expliqué que esto es una cadena de favores.
—¡Eres una maldita...!
—Bruja. Sí, lo sé; tú también lo sabías. Ambos aceptasteis las condiciones. También te aseguré que esto no tenía que herir a nadie. 
—¿Cómo puedes decir eso? —Estaba a punto de echarse a llorar.
—Aún tienes pendiente de saldar tu deuda conmigo ―contestó. 
Clara rogó para sus adentros que aquella pesadilla acabara cuanto antes, y que el pago le provocara tanto dolor a su esposo como él acababa de causarle a ella. Martín se había colocado a su lado, no parecía saber qué hacer. Lo odiaba. Jamás borraría de su mente la escena que acababa de presenciar.
Solo le quedaba esperar el golpe de gracia que debía asestarle la mujer que permanecía, aún desnuda, frente a ella.
—Quiero que me hagas un favor —susurró María, dulcemente. Se detuvo pensativa un instante sopesando las posibilidades; al final concluyó—: Debes perdonar a tu marido. 
El aire en la habitación resultaba asfixiante, y Clara pensó que la cabeza le iba a estallar. El estigma de aquella trampa empezó a quemarle en el pecho, justo sobre la huella de aquel dedo endemoniado. 
La indignación, al escuchar las palabras de la bruja, ascendía por sus venas en dirección al corazón, hasta que, sin saber cómo, un nuevo latido la hizo descender, inexplicablemente, vencida por un sentimiento de compasión. Algo que no pudo identificar hizo que volviera la mirada hacia Martín y descubriera en sus ojos un sincero arrepentimiento. La mancha púrpura de su pecho se había desvanecido.
—Vámonos a casa, por favor —le rogó ella—. Necesito dejar atrás todo esto. 
Él la cogió con suavidad de la mano, y salieron juntos de la casa. 
La hechicera, ya a solas, fue apagando una a una las velas. Un gato negro se acercó silencioso y ronroneó entre sus tobillos. Ella se agachó a acariciarlo.
—No ha estado mal, ¿verdad, minino? Es una pena que ella haya resultado ser una estrecha; lo hubiéramos pasado muy bien los tres juntos. Estos mortales siempre olvidan que en todos los conjuros somos nosotras las que cerramos el círculo, y que siempre hay un plan B. 
El felino dio un salto sobre una estantería, e hizo caer con estrépito dos de las figuras de alabastro que había sobre ella, que acabaron destrozadas en el suelo. 
En algún lugar, no muy lejos, un frasco de cristal se hacía añicos dentro de un cajón. Ahora todo volvería a la normalidad.

Seleccionado para su publicación en la Antología del “ III Concurso homenaje a John William Polidori” de Ediciones Saco de Huesos.

1 comentario:

  1. ¡Enhorabuena por esa selección, María! Jugar con la magia es muy peligroso, aquí un ejemplo, aunque claro en este relato se ofrece otra opción que, según cómo se mire, no es mala del todo. En fin, que las brujas son muy peligrosas.

    En distancias largas también te desenvuelves muy bien.

    A seguir.

    Abrazos.

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