martes, 2 de diciembre de 2014

Dejad que los niños se acerquen a mí












Desde el asiento del copiloto, miro a papá. Está blanco como el papel y parece haber envejecido muchos años de pronto. El ruido del coche subiendo a toda velocidad por el sendero de tierra llena todo el aire, pero apenas lo notamos. El silencio viene desde dentro y hace que me piten los oídos. Sé que a él le ocurre lo mismo. El mundo ha desaparecido ahí fuera. Un pensamiento oscuro nos está devorando. Estoy mareado.
Hace solo unas horas que subimos por esta misma cuesta por primera vez, pero ahora me parece que han pasado días. Cuando llegamos a media mañana,  el olivar ya nos esperaba a los lados de este camino lleno de arena; íbamos levantando un polvo tan seco y amarillo como los rastrojos de trigo que habían sido amontonados para ser quemados al atardecer. Casi atropella a un par de niños que se cruzaron de golpe en mitad de la subida.
Papá maldijo su estampa; estaba nervioso. Hacía una semana que había encontrado en Internet un trabajo temporal de topógrafo en aquella finca. Nunca había aceptado un encargo de esa manera, y no se fiaba,  pero hacía demasiado tiempo que no le salía nada, y mamá le dijo que había que agarrarse a un clavo ardiendo.
Ella le puso la mano en el hombro para calmarlo, y lo consiguió;  siempre tenía ese efecto sobre él. Todos teníamos los nervios de punta; llevábamos dos horas metidos en el vehículo, Elena había vomitado y, cuando al fin llegamos a lo alto de la loma, no teníamos claro si aquello de pasar todos juntos un fin de semana en el campo había sido buena idea. Al bajarnos, una bofetada de calor me dejó sin aliento. Agosto abría grietas en la tierra y también secaba los pulmones; en aquel cortijo perdido en medio de ninguna parte, aún más.
Un tipo alto al que no sabía calcularle la edad, con la piel oscura y ojos pequeños, nos esperaba en la puerta del caserón. Tenía la piel del rostro cuarteada por el sol, igual que la de las manos, que eran enormes, y sostenían un puñado de llaves de hierro.  El hombre nos miró de arriba abajo con desconfianza, pero, cuando descubrió a la pequeña Elena tras las faldas de mamá, dibujó una mueca parecida a una sonrisa. 
—Debe de ser el guarda —dijo papá—. El propietario ya me advirtió que no llegaría hasta esta noche. Imagino que empezaremos mañana con las mediciones. Vamos dentro. 
La casa tenía los muros gruesos, y en su interior la temperatura descendía bastante. La penumbra alivió la sequedad de nuestros ojos, aunque el olor a cerrado hizo que mamá buscara inmediatamente una ventana para ventilar. La claridad dejó al descubierto un enorme salón con chimenea, y había cuernas de venado colgadas por todas partes. No me gustaban nada, pero me alivió ver que no había ninguna cabeza disecada. Los dormitorios ya estaban preparados para nosotros: un cuarto para los mayores y una habitación de niños con tres camas. Elenita se lanzó de inmediato sobre un arcón de muñecas de trapo. A mí todo me olía a mueble rancio y tela apulgarada. El guarda apenas abrió la boca. Solo lo hizo para despedirse, levantando un poco la mascota de fieltro que le cubría la cabeza.
—Sean bienvenidos —soltó con voz grave y áspera―. Si necesitan cualquier cosa, no tienen más que llamarme. Vivo en la casa que hay justo a la vuelta. Estamos pared con pared. Les escucharé. 
—¿Cómo ha dicho que se llama? —preguntó mamá cuando nos quedamos solos.
—No tengo ni idea —contestó papá. Y se echó a reír.
Pero en seguida cambió el tono, y soltó una blasfemia cuando descubrió que no había cobertura en el móvil. Yo comprobé algo aún peor: en aquel sitio la electricidad funcionaba de pena y no tendría manera posible de cargar la batería de mi consola. Aquello era una mierda. El cabreo me sacó a trompicones de la casa y me dejó sentado bajo el porche de ramas de álamo que cubría la entrada. Las chicharras parecían haberse vuelto locas. El ruido que hacían desde los árboles era capaz de aumentar aquel calor sofocante. Entonces tuve la incómoda sensación de que me estaban observando.
Frente a la casa, al otro lado de la era, había un viejo molino de aceite y, pegado a este, lo que parecía un corral,  porque a través de una trampilla a nivel del suelo se veían entrar y salir gallinas. Al otro lado se levantaba un edificio con pinta de establo, cerrado con un enorme portalón de madera. Justo a mi derecha había una cochera de tractores y, un poco más lejos, un silo de trigo. A partir de ahí, solo se veía la campiña llena de olivos. 
Esperé, concentrado, algún movimiento a mi alrededor. Apena tardé unos segundos en distinguir unas cabezas agachadas detrás de la rueda de una segadora. Sabían que los había descubierto, y empezaron a asomar. Eran dos chicos. Los mismos que papá había estado a punto de llevarse por delante un rato antes. Se acercaban despacio, casi acechando.
Yo los iba estudiando a medida que se aproximaban. Nunca había visto unos niños tan sucios; era como si todo el polvo de aquel paraje se hubiera quedado pegado en sus cuerpos con el sudor. No podía distinguir si su piel era morena o blanca bajo aquella capa color chocolate. Parecían no atreverse a acercarse del todo, y yo no estaba seguro de querer que lo hicieran. 
El mayor adelantó el paso y se quedó a unos metros de mí. 
—¡Oye, tú! —me gritó— ¿Te vienes a jugar? 
Yo contemplé esa posibilidad bastante inquieto, como si la invitación fuera para darme una paliza. Entonces vi algo en sus ojos: auténtica emoción. Tal vez sí que querían que fuera a jugar con ellos. Miré mis botas de campo, recién estrenadas, y sentí una punzada de envidia al ver sus pies descalzos mientras los míos se cocían a fuego lento.
—¡Mamaaaá! ¿Me puedo ir a jugar con estos niños?
Ella se asomó tras la puerta, los observó  y puso gesto de preocupación; cruzó la mirada con papá, que en ese momento salía hacia la calle.
—Déjalo, mujer. Deben de ser los hijos del guarda. Le vendrá bien dejar un rato la dichosa máquina y relacionarse con seres humanos —dijo, con el tono de reproche de siempre. 
—Está bien, Alejandro, vete un rato —aceptó mamá―, pero no te alejes demasiado. 
Me acerqué hasta ellos para presentarme, no muy convencido todavía.
—Yo soy Antonio —dijo entonces el chico alto—. También tengo trece años. Y este es mi hermano Josete. 
El pequeño sonrió dejando al descubierto una enorme mella en las paletas superiores.  Igual que la que tenía Elena. 
Me giré para llamarla y que viera a los niños, pero ella ya nos había escuchado y estaba rezagada unos metros más atrás, aún bajo el porche. Mantenía la mirada en un punto más alejado, y saludaba con la mano. Entonces la vi: una niña, con el pelo largo y oscuro, llamaba a mi hermana desde la puerta del molino. 
—¿Quién es esa?—pregunté.
El chico miró a su hermano y luego a mí. Dudaba. 
—Es nuestra hermana Tere —dijo al fin—. Pero ella nunca juega con nosotros. Vámonos ya! ―apremió. 
Salimos los tres en dirección al establo. Mi hermana corría detrás de nosotros y se agarró a mi mano. 
—Yo también me voy a jugar —chilló, entusiasmada.
—No, Ele, tú te quedas en la casa con mamá —le pedí, poco convencido de que mi ruego tuviera algún efecto.
—Por favor,  yo quiero ir con esa niña —dijo, suplicante.
Pero la chica ya no estaba. 
—Solo los chicos —interrumpió Antonio. 
Elena estaba a punto de romper a llorar,  y lo miré buscando un poco de aceptación.
—¡Déjala venir! —animó el pequeño —. Papá ha dicho que lleváramos a la niña con nosotros.
El hermano mayor se acercó un poco más a mí, y colocó con fuerza su mano sobre mi hombro; bajó tanto la voz, que me costó un poco escucharlo. Pero sus palabras se abrieron paso en mi cabeza y noté una extraña punzada en el estómago: —No dejes que nos acompañe.
No fue lo que dijo, sino cómo lo dijo. Un escalofrío me recorrió la espalda. Me volví hacia mi hermana y le ordené que regresara.
El sonido de su llanto recorrió toda la explanada, pero fue ahogado de inmediato por un tremendo portazo a nuestras espaldas y el estrépito al romperse los cristales de uno de los ventanales del molino. 
—Tere se ha enfadado —murmuró Josete. 
—Vámonos a jugar —ordenó Antonio.
Los niños de campo no juegan como los de ciudad; pude comprobarlo enseguida. Cuando llegamos al establo, empujaron la enorme puerta de madera apoyando sus cuerpos contra ella; esta cedió un poco, dejando un estrecho espacio por el que nos fuimos colando uno a uno. Dentro olía a humedad. Mis ojos se fueron adaptando poco a poco a la penumbra, salpicada por algunos rayos de luz que entraban como podían por los enormes ventanales semicerrados. Dos largas hileras de pesebres de cemento llegaban hasta el fondo de la enorme nave, pero no había ningún animal. Solo algunas palomas volaban de un lado a otro haciendo un extraño sonido con las alas, como si cortaran el aire; después, se posaban en los hierros que parecían sujetar las grandes vigas de madera del techo. 
Los vi subir con agilidad por una enorme pila de pacas de paja almacenadas unas sobre otras en uno de los laterales. Había cientos de ellas. Formaban una gigantesca pirámide que se alzaba hasta lo más alto. Allí arriba empezaron a retirar los alambres que le daban la forma rectangular, y a lanzarlas deshechas hacia abajo. Entonces observé que ya tenían un enorme montón de paja suelta en el suelo, casi de mi altura. Subí con ellos, y me quedé pasmado cuando vi que se colgaban de los gruesos hierros que ahora quedaban a la altura de sus cabezas para coger impulso, y se lanzaban al vacío para ir a parar sobre la blanda cama que habían hecho allá abajo. En plena caída gritaban eufóricos. 
—¡Salta! ¡No tengas miedo! —me animaban—. ¡Es muy divertido! 
Me asomé desde el borde para sopesar la altura, y sentí mucho vértigo. Me agarré al hierro con fuerza para equilibrar mi cuerpo, que se aflojaba por momentos. Estaba demasiado alto. Y ellos estaban muy lejos. Lejos y expectantes. Quería saltar, demostrarme a mí mismo que era un chico valiente, pero tenía los pies clavados sobre la inestable superficie. 
Un aire frío a mi espalda congeló las gotas de sudor de mi nuca.
—¡Salta! —dijo ella con voz suave.
El sobresalto hizo que perdiera el equilibrio y cayera. Fue una sensación increíble. Los chicos aplaudieron mi acrobacia. Después, volvimos a escalar para repetir la hazaña.
La vi bajar a escondidas por el lado contrario de una manera extraña. Estaba demasiado oscuro, pero me pareció que descendía a cuatro patas, cabeza abajo, como lo haría  una araña. Aunque iba demasiado rápido, no la distinguía bien. Se ocultó metiéndose por uno de los huecos que dejaba la enorme torre de pacas. Mientras esperaba mi turno de salto, me acerqué con curiosidad. Su juego también parecía divertido.
Me asomé dentro del agujero por el que había desaparecido. Se había formado una galería en el interior de la estructura de paja; los chicos debían haberla hecho desplazando aquellos fardos rectangulares. Ella me esperaba unos metros hacia el fondo; había una extraña claridad que venía de su lado. Pude ver lo pálida que estaba. Comencé a seguirla en línea recta y, durante apenas un minuto, caminé reptando tras sus pasos por el improvisado túnel, subimos y bajamos hasta que me desorienté del todo. A medida que avanzaba, las voces de fuera sonaban cada vez más amortiguadas, como si estuvieran a kilómetros de distancia.
Me detuve a respirar, noté que necesitaba hacerlo más fuerte. Entonces me di cuenta de que me faltaba el aire. Intenté dar marcha atrás, pero mi cuerpo apenas me permitía hacer esa maniobra para girar. Me dolía el pecho y estaba mareado.
—¡Tere! —grité—¡Ayúdame!
Cada vez había más oscuridad, solo podía ver el ligero resplandor de la niña cada vez más lejos. Sentí pánico. De repente, ella se volvió contorsionándose sobre su propio cuerpo,  y se colocó frente a mí a una velocidad aterradora. Sus ojos, a unos centímetros de los míos, eran completamente negros, y su mandíbula desencajada se abrió a punto de engullirme.  Su grito se tragó el mío. Y todo se apagó.
Las mismas manos que habían tirado de mí hacia el exterior, ahora me zarandeaban para que reaccionara. Me costó un poco recordar dónde estaba, la cabeza me dolía y comencé a llorar sin poder controlarme. Los chicos se miraban desconcertados, sin saber qué hacer. 
—Quiero ir con mis padres —supliqué. La última imagen de mi consciencia se mantenía zumbando sin querer desaparecer. No podía dejar de temblar. 
Miré a los dos niños buscando ayuda. 
—Estaba con vuestra hermana; o creo que era ella ―titubeé. 
—Tampoco nosotros sabemos si es ella ―respondió Antonio, preocupado―. Tere no es como nosotros la recordábamos. Creíamos que nadie más podía verla así, como es ahora. 
La piel se me erizó aún más. 
—¿Y cómo es ahora? —pregunté, arrepintiéndome al instante de haberlo hecho. 
—Es una muerta —escupió Josete. 
—¡No es una muerta! —le corrigió su hermano—. Es un fantasma. Pero ella no sabe que lo es.
—¡Sí lo sabe! ¡Por eso está enfadada! —gritó el pequeño―. Porque no puede regresar a casa, y está atrapada en el molino. Quiere sus muñecas.
Asistía como ausente a la conversación. Yo no estaba allí. Cerré los ojos con fuerza deseando que fuera un mal sueño, pero seguía escuchándolos. 
—Madre quiso ir a buscarla para que no estuviera sola. Pero no lo logró. Padre dijo que los niños que mueren en un accidente van a lugares distintos al que van los mayores que se quitan la vida. Por eso madre llora cada noche y él toma esas pastillas para dormir. Le pide que se lo lleve con ella, pero sabe que no puede dejar a mi hermana sola. Nunca se lo perdonaría, ni siquiera muerta —Josete se echó a llorar—, pero a ella no podemos verla; solo a la tonta de Tere, que siempre está enojada. 
—¡No es tonta,  enano! —le dijo su hermano, empujándolo.— Es que está sola y se aburre. No tiene con quién divertirse. Solo estamos nosotros, pero no sabemos jugar a sus juegos. 
—Ella no quiere jugar conmigo —balbuceé—, intenta hacerme daño. 
Tenía tanto miedo que en medio de la penumbra de aquel establo no era capaz de ubicarme. Los chicos corrieron hacia la puerta, pero el pequeño espacio que habíamos dejado al entrar se había cerrado. Era imposible tirar de aquella mole desde dentro. Me agarraron de la camiseta y les seguí hasta una puerta lateral de chapa, que se abrió chirriante al descorrer el cerrojo. La luz me cegó y la flama de la calle me quemó la piel, pero al menos era aire puro. Estábamos en el interior del corralón. De nuevo encerrados.
Miré el portillo por donde entraban y salían las aves, pero era demasiado pequeño para colarnos por él. Entonces, en mi desesperación, comencé a llamar a papá a voces.
—Si están en la casa no te oirán. Los muros son demasiado gruesos y estamos en la parte baja de la era―. Antonio me miraba con lástima. 
—¿Estás seguro? —insistí. 
—Lo hemos comprobado muchas veces. Antes, nosotros vivíamos allí. Cuando pasó lo de mi hermana y mamá, nos fuimos a la casa destinada al guarda. 
Yo lo miraba sin comprender, preguntándome quién diablos era entonces su padre. La observación de Antonio, segundos después,  hizo que mis alarmas saltaran en otra dirección:
—Podemos entrar por la puerta de atrás del molino. ―Se quedó pensando unos segundos―. No ―negó finalmente―, padre siempre lo cierra con llave.
—¡Cuando veníamos hacia aquí estaba abierta! ―chilló el otro―. Escuchamos cómo se cerraba de un portazo, no tiene la llave echada. 
La sola posibilidad de atravesar aquel lugar para salir de allí me aflojó las piernas. Ellos me miraban esperando mi reacción. No parecía que hubiera muchas opciones.
Cuando nos adentramos en la parte posterior de la almazara, comprobé que era un lugar sombrío, como mi estado de ánimo. Un penetrante olor a podredumbre se instaló en mi nariz y me anuló el olfato. El suelo estaba resbaladizo y nos íbamos apoyando en unos tubos con roscas en forma de hélice que atravesaban la sala, tan oxidadas y sucias que manchaban nuestras manos de una pringue desagradable. En la sala contigua estaban las piedras de moler, enormes e inmóviles, sobre una superficie llena de esteras impregnadas de aceite. 
Josete se detuvo junto a la puerta de un pequeño almacén. 
—Aquí se ahogó nuestra hermana —anunció, como hipnotizado. 
Yo observaba aquel cuarto pestilente, de paredes oscuras y suelo de hormigón, sin entender cómo alguien podía morir ahogado allí.
Antonio se agachó a recoger un pedazo de cristal y lo lanzó en el interior de la habitación. El suelo pareció arrugarse bajo el peso del objeto y este se hundió engullido por una masa espesa y parda.
—Es un pozo de alpechín —dijo—. Tere cayó en él el verano pasado. 
Un escalofrío me recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Yo la había visto, había sentido su presencia; no era posible que estuviera muerta. Y, sin embargo, toda mi lógica se deshacía recordando aquella imagen horrible de su rostro desfigurado. No conseguía ver en ella a un ser humano. Eso era: podía sentir al monstruo que encerraba su espíritu.
Completamente atontado, escuché a los chicos forcejear con la puerta, y me volví hacia ellos rezando para que pudieran abrirla. Solo me giré un segundo, apenas un parpadeo. Pero me alcanzó.
La mano que surgió, de pronto,  bajo el nauseabundo líquido, agarró con fuerza  mi tobillo derecho y tiró de mí hacia la alberca. Cuando el terror inmovilizó mis músculos y sumergió del todo mi cabeza, paré de luchar contra el miedo, y me dejé arrastrar.  Pensé en mamá, deseé que me salvara como hacía siempre que me asustaba de algo.
A punto de estallarme los pulmones, algo me impulsó desde el fondo, sacando la mitad de mi cuerpo fuera de la balsa. Había sido esa pesadilla con forma de niña.
—¡Déjame en paz! ―le chillé con todas mis fuerzas―. ¡Aléjate de mí! 
Me miraba fijamente, empapada en la misma mugre pringosa que yo. Sonreía con la repugnante sustancia oscureciendo sus dientes. Una baba oscura y pastosa empezó a chorrear de su boca deformada. 
—¿Qué quieres de mí? —grité, desesperado.
—No quiere nada de ti —me respondió su hermano mayor a mi espalda—. Por eso no te ha llevado con ella ―siguió—. Está enfadada porque no has dejado que tu hermana pequeña viniera hasta aquí. La quiere a ella. 
Entonces el verdadero terror se apoderó de mí. Y vomité.
La vieja puerta cedió finalmente a nuestros empujones, y huí de allí tan rápido como pude. Tenía que avisarlos.
Cuando mamá me vio llegar, se asustó mucho; puso su mano en la boca para ahogar una arcada. Mi aspecto no era más horrible que el fétido olor que desprendía.
—¡Dios santo! Alejandro, ¿qué te ha pasado? ―gritó papá, cogiéndome en brazos justo antes de que cayera al suelo.
Mientras el agua de la bañera me espabilaba, yo intentaba contarles lo sucedido, pero la angustia que sentía paralizaba mi garganta, me cortaba la respiración y solo me dejaba balbucear palabras incomprensibles. Mamá me besaba sin parar, pero nada me calmaba. No me sentía a salvo en absoluto. Miraba a mi hermana que, agarrada a la  pierna de papá, me observaba con cara de preocupación.
—¡Hay un fantasma que quiere llevarse a Elena! ―dije al fin, sollozando.
Mamá comenzó a llorar también.
—Tenemos que llevarlo a un hospital. ―Estaba muy nerviosa—. No sabemos dónde se ha caído, ni si ha tragado algo.
Papá miró el reloj.
—¡Maldita sea!, este hombre debería haber llegado ya para organizar el trabajo de mañana. ―Hablaba para sí; luego se fue―. ¡Voy a buscar al guarda! ―gritó desde la calle. Tardó apenas tres minutos en regresar.
—¡Joder! ¡En esa casa no hay nadie! Está todo apagado. Debe de ser él quien está quemando los rastrojos allá abajo. ―Se quedó unos segundos pensando―. Vamos a hacer una cosa: voy a ir a buscarlo y a decirle lo que ha pasado, si es que no se ha enterado ya. Quizás en el camino haya algo de cobertura y pueda hablar también con el dueño de la finca. Cariño, recoge las cosas; en cuanto regrese, nos vamos. Alejandro ―dijo impaciente―, termina de vestirte, hijo, necesito saber qué ha pasado.
Dentro del coche nos dimos cuenta de que yo seguía apestando.
—Papá, ¿tú crees en fantasmas? ―le pregunté cuando hubo arrancado. Durante el corto trayecto hasta donde estaban aquellos montones ardiendo, le conté la pesadilla de la que aún no había regresado. 
—Hijo, esos chicos son unos gamberros, y han estado jugando contigo de una manera bastante  peligrosa. Te podía haber costado la vida.
—Pero ellos decían que su hermana muerta se sentía sola y que quería a Elena con ella. ¡Hasta su padre quería que la lleváramos al molino!
No me creía. Buscaba en sus ojos un poco de entendimiento, pero estaba lejos de comprender nada de lo que le decía. Fingiría un horrible dolor de estómago si era necesario,  pero teníamos que salir de allí como fuera.
El dispositivo de manos libres soltó un pitido. Había vuelto la cobertura. El primero de los mensajes saltó en el buzón de voz:
—Buenas tardes, Fernando. Llevo dos horas esperándole en la finca y empiezo a preocuparme. Espero que no hayan tenido problemas para llegar, o que no se haya arrepentido en el último momento. Por favor, póngase en contacto conmigo en cuanto le sea posible.
Noté que sus manos se tensaban. Detuvo el coche y, sin escuchar el resto de los mensajes, comenzó a marcar en el móvil. Un desconocido respondió por el altavoz. 
—¡Por fin da señales de vida, hombre! ¿Dónde se ha metido?
—No entiendo muy bien lo que está pasando. Creo... creo que nos hemos perdido. ―Papá parecía tremendamente confuso―. Seguí todas sus instrucciones. ¿Es posible que estemos en otro lugar? No lo entiendo. El encargado parecía esperarnos y...
—¿Quiere decir que están en otro cortijo? ―interrumpió la voz al otro lado—. ¿Pero dónde?
—¡No lo sé! —contestó, nervioso.
—Descríbame el sitio ―pidió. 
Como si estuviera intentando recordar un paisaje olvidado hace años, iba dando la información a pequeñas dosis, de modo que empecé a apuntar detalles del lugar, que papá repetía a continuación como un autómata. 
—¡Por todos los santos! ¡Está usted en "El Socarral"! Debió pasarse el primer desvío; están a unos veinte minutos del camino de servicio que le indiqué. ―Se hizo un breve silencio—. Tiene usted que salir de allí. El propietario de la finca no está en sus cabales ―soltó a bocajarro―. El año pasado perdió a su mujer y a su hija en un accidente; bueno, en realidad fue la pequeña la que murió ahogada, la mujer apareció colgada de una viga en...
Papá desconectó el manos libres y cogió el móvil.
—No, estoy solo con mi hijo. Ellas siguen arriba. ―Tiré de la manga de su camisa con gesto apremiante―. Mire, tengo que subir a buscarlas... Sí, por favor, encárguese usted de llamarlos, me sentiré más tranquilo si me manda a los civiles.
Papá no se molestó siquiera en apagar el teléfono. Sudaba. Arrancó de nuevo el vehículo, y giró bruscamente dando la vuelta. Tuvo que encender las luces; en unos minutos,  el sol había desaparecido en el horizonte. 
—¿Me crees ahora? ―pregunté con un nudo en la garganta.
—Hijo, en este momento temo más a los vivos que a los muertos, créeme.
Ya estamos arriba. La ansiedad dispara los latidos del corazón, que suben hasta la sien golpeando sin piedad. Detiene el coche con brusquedad, y deja los faros alumbrando directamente sobre la fachada del molino. No sé qué ha visto. Entonces, yo también me sobresalto ante la figura que grita arrodillada frente a la puerta. Es mamá, que llora y  golpea desesperada. Papá sale a la carrera.
—¿Qué ha pasado? ¡Dime! ―La zarandea, intentando hacerla reaccionar. Tiene un golpe en el rostro, y le sangra la nariz.
—¡Se ha llevado a la niña! ¡Ese hombre se ha llevado a Elena! ―Su llanto es un gemido. 
Papá la suelta y se lanza contra el portón,  embistiendo la agrietada madera.
—¡Suelta a la niña, bastardo! ―chilla fuera de sí― ¡Elena!
Los alaridos de mi hermana resuenan en el interior, rebotando en las paredes. 
Me acerco despacio, el tiempo se ha detenido y todo va a cámara lenta. Apenas percibo un leve zumbido a mi alrededor. Junto a la ventana sin cristales, los dos chicos se abrazan en el suelo formando un nudo de brazos y piernas. Están asustados. Mis ojos, secos, miran suplicantes.
—Decidle a vuestro padre que me devuelva a mi hermana ―me oigo rogar. 
Ellos no se levantan. El mayor me habla; no le escucho,  pero puedo leer sus labios.
—Padre va a cumplir su promesa. Ya puede ir con nuestra madre. Tere no está sola.
El zumbido cesa. Un crujido me rasga los oídos. Elena ya no grita, ni se escucha el chapoteo dentro; papá y mamá también han enmudecido. Yo no los miro, pero sé que están observando cómo me hago pis encima. Mis ojos están clavados en el interior del viejo molino, en el movimiento oscilante de unas botas de campo a la altura de mi cabeza.

Publicado en la VIII Antología “Calabazas en el trastero (Aparecidos)”, de Ediciones Saco de Huesos.



1 comentario:

  1. Este texto revela una nueva faceta en tu trayectoria, la del relato de mayor extensión, en la que vas plasmando madurez expresiva, añadida a tu ya más que comprobada riqueza de lenguaje, y a esa imaginación desbordante que te caracteriza. La historia es original y consistente; las descripciones, sugerentes y plenas de realidad; el lenguaje, muy cuidado; y consigues manejar con maestría la tensión en el lector hasta el broche del desenlace final. Soberbio relato, en definitiva.

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