sábado, 22 de noviembre de 2014

Mi hermana menor


Se me hace difícil verla en la pantalla, con la melena suelta, unas botas altas de charol  y una minifalda de esas que dan vértigo. Mis amigos miran embobados la película, mientras yo no puedo evitar una punzada en el estómago cuando empieza a enseñar sus vergüenzas. Sin sus pestañas postizas y esos rabillos que se pinta en los ojos, vuelve a tener veintiún años. 
—No seas antiguo —me dice ya en casa, enfundada en su pijama de franela—. Estamos en los setenta, y España está cambiando.
Me entran ganas de decirle que, mientras el país se libera, los hombres siguen presos de los mismos instintos; pero, ahora, visualizarlos solo cuesta una peseta. 

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