miércoles, 22 de enero de 2014

La noria de la Albolafia


La vida de Manuel siempre estuvo ligada a la vieja noria. Cuentan que nació con ella y que, en cada reencarnación, fue el encargado de velar por que nunca dejara de funcionar. Solo cuando el río bajaba su cauce y se detenían sus cangilones, el tiempo se paraba; entonces él desaparecía hasta la nueva crecida. Nadie sabe que sus manos construyeron la rueda de madera bajo el mandato de un emir, y que la fuerza de sus palas impulsó un molino papelero. Así se fabricaron las hojas sobre las que se imprimieron bibliotecas llenas de la historia de Al- Ándalus. 
Solo el capricho de una reina cristiana, irritada por el constante golpeteo de sus giros, consiguió detenerla aquel verano. Manuel la entregó a la Iglesia como un preciado tesoro, hasta que el destino decidiera devolverla a su lugar. 
Igual que regresaron las aves, a los Sotos de la Albolafia volvió la noria,  junto a su guardián,  a girar con la corriente. El precio a pagar: privilegiados lugares de enterramiento y misas "in memoriam" que bien valieron la inmortalidad de Manuel. 
Dicen que cuando la modernidad llegó, otras fuerzas impulsaron al mundo, y la noria se detuvo; la lluvia dejó de caer y el agua apenas rozaba la agrietada madera.
Pero los tiempos cambian, las ideas se transforman y regresan convertidas en nuevos retos. Eso dice Manuel, cuando contempla su obra recién restaurada, regando los deliciosos jardines del Alcázar. 

Finalista en el II Certamen de Relatos "Por aquí pasa un río", convocado por el Ayuntamiento de Córdoba, y publicado en el libro del mismo título editado por dicha institución.

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